Los muertos y el número en pandemia

Arturo Aguirre Moreno

El año 2020 será recordado por futuras generaciones como el periodo en el cual la pandemia  reclamó la emergencia, detención y alteración de modos de hacer y formas de ser en común en un mundo particularmente acelerado en su fluir y voraz en su ambición capitalista. Este punto de inflexión, no solo excepcional por el suceso, sino, sobre todo, por el amplio horizonte de incertidumbres históricas que deja expuestas y por aquellas que detona. Aunque epidemias hay muchas en la historia, cada cual -y la actual no es la excepción- son hijas de su tiempo. En ésta hay seguimiento y registro inmediato, hay simultaneidad en la comunicación de sus estragos, existe la acción conjunta por organismos internacionales que intentan reducir las secuelas y hay procesos geoestratégicos en materia de bioseguridad desde la movilidad global del virus, los vanos cercos sanitarios, el reparto de insumos, el acceso a las vacunas para el 2021.

La pandemia del coronavirus resalta, así, por la velocidad de cuantificación en el periodo de la gran cifra, en el cual toda desproporción es domesticada al interior del proceso mismo de la información que aspira a neutralizar las desmesuras posibles de los contenidos al hacerlos mesurables. Hija de este tiempo, en efecto, puesto que este  

es el dominio por excelencia de los grandes números, de los cambios a escala, de los excedentes con relación a los medios, de los inconmensurables, etc.

(…)

Tener en cuenta la “desmesura” de los grandes números viene entonces tanto a establecer simplemente una conveniencia privada de sentido de la “desmesura” consigo mismo (tales son las curiosidades de almanaque, los libros de récords, o la posición puramente espectacular de las dimensiones del universo, la ciencia y la verdad para los curiosos), como a poner al día una responsabilidad. Cada uno de estos gestos se halla al reverso de los otros, y la proliferación de los grandes números en nuestra cultura, nuestros intereses y nuestras necesidades (…) define igualmente el crecimiento exponencial de la responsabilidad.[1]

En el contexto de la pandemia, tanto la georreferencialidad, las estadísticas y tasas (contagio, letalidad, control), así como las recesiones económicas hablan de una enfermedad del número, no son únicamente reflejo de la pandemia sino de una racionalidad pragmática que sin dar razón de nada exige el registro y aspira al descenso de los números; esto es, una pandemia no de virus y de enfermos, sino de la numeración y el conteo en el dominio espectacular y el consumo de la cifra.

Ya en 1947, con una visión crítica sobre lo que sucede como mal de esta racionalidad epocal, hegemónica, Albert Camus ponía al protagonista (al doctor Rieux) de La peste a rumiar un pensamiento cercano:

Mirando por la ventana su ciudad que no había cambiado, apenas si el doctor sentía nacer en él ese ligero descorazonamiento ante el porvenir que se llama inquietud. Procuraba reunir en su memoria todo lo que sabía sobre esta enfermedad. Ciertas cifras flotaban en su recuerdo y se decía que la treintena de grandes pestes que la historia ha conocido había causado cerca de cien millones de muertos. Pero, ¿qué son cien millones de muertos? Cuando se ha hecho la guerra apenas sabe ya nadie lo que es un muerto. Y además un hombre muerto solamente tiene peso cuando lo ha visto uno muerto; cien millones de cadáveres, sembrados a través de la historia no son más que humo en la imaginación. El doctor recordaba la peste de Constantinopla, que según Procopio había hecho diez mil víctimas en un día. Diez mil muertos hacen cinco veces el público de un gran cine. Esto es lo que hay que hacer. Reunir a las personas a la salida de cinco cines, conducirlas a una playa de la ciudad y hacerlas morir en un montón para ver las cosas claras. Además, habría que poner algunas caras conocidas por encima de ese amontonamiento anónimo. Pero, naturalmente, esto es imposible de realizar y, además, ¿quién conoce diez mil caras?[2]

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En efecto, la anonimidad numérica de la peste contrasta con los dramas que la singularidad de cada cuerpo enfermo afronta y el drama colectivo (en el entramado familiar y de afecto comunitario que ello puede dañar). La gravedad de la epidemia o peste no radicaría, así, solo en el número, sino en el debilitamiento paulatino de las fuerzas, dinámicas, vínculos y energías, tanto individuales como colectivas; lo mismo que no únicamente en la vulnerabilidad humana (propia de todo organismo) frente a un virus emergente y desconocido, sino ante la vulneración en circunstancias sociales o en las prioridades políticas (en los juegos más mezquinos del poder que se priorizan antes que los sufrimientos sociales evitables).

La abstracción del número, de tal forma, no deja ver las cosas claras en este humo de la imaginación, pues ¿qué son, hablando claro, 1,8 millones de personas muertas por SARS-COV-2 (cifra al 30 de diciembre de 2020)? ¿Cuántos grandes cines se necesitarían, cuántos estadios de fútbol llenos, para representarnos realmente, siquiera en aproximación, la mesura de 1,8 millones de personas muertas en un año?

Las epidemias refieren a un aumento inusual de cierta enfermedad conocida o inédita que afecta a un número de personas superior al esperado, en un mismo lugar y durante un mismo período. Desde aquí, requerimos esclarecer filosóficamente las problemáticas sociales, políticas y de sanidad, que la pandemia actual genera, aunada a otros fenómenos que ya se tenían en nuestras realidades complejas. Como hija de su tiempo, esta plaga tiene por lugar el mundo y por periodo la simultaneidad: es una peste global sin precedentes en su despliegue vertiginoso en centros urbanos densamente poblados y colmada de multifactores de transmisión epidémica; pero, además, comparte otro rasgo común con los eventos sociales contemporáneos: evidencia la limitación de nuestros esfuerzos filosóficos y la falta de experiencias categoriales que permitan generar marcos conceptuales atinados.[3] Conceptos como anatomopolítica o biopolítica, tecnologías del poder sobre los cuerpos y sus relaciones, son aproximaciones ingratas de marcos de comprensión que no alcanzan a dar cuenta, a pesar de que se las estira, machaca y extraen sus alcances filosóficos. La idea de un Estado íntegro manipulando los virus, a los laboratorios y en contra de una sociedad bondadosamente pasiva que resiste, deja de lado la multiplicidad de agentes, los entrecruces de poderes fácticos, de omisiones y renuncias sociales en la espectacularización y tecnologías de entretenimiento,[4] la manipulación de la información, pues no en su secrecía sino en la transparencia de datos y números que se contradicen, replican o simplemente son absolutamente disímiles generando confusión. Queda, entonces, por delante el reto de pensar esta pandemia en su singularidad epocal, y advertir la fragilidad perene de lo humano frente a otros protagonistas, minúsculos, de dimensiones nano.

Pensemos por un momento en las epidemias de corte bubónico, que junto con otras delinean una intrahistoria en Occidente de eventos catastróficos de sanidad.[5] Ya sea la peste durante el periodo de Cipriano en el siglo III n. e., o la primera gran pandemia del siglo VI n. e., durante el periodo de Justiniano y que duró 60 años, la gran Peste negra del siglo XIV que cobró la vida de 25 millones de personas; la peste bubónica del siglo XVI en Italia y Alemania; o bien, la Inglaterra y Viena del siglo XVII.[6] Precisamente fue hasta el siglo XVIII, con los instrumentos de observación microscópica, que la humanidad se enteró del causante de la peste bubónica (bacteria yersinia pestis). Con todo, ni en la concepción tripartita de la realidad antigua (inanimado, animado y divino) ni la pentarquía medieval (inerte, animado, humano, inteligencias y Dios) se detuvieron a pensar en las dimensiones micro ni mucho menos en la dimensión nano, propias del virus SARS-COV-2, que altera de facto las relaciones humanas con la naturaleza, las cartografías de las ciudades, los saberes y sujetos de saber médico, etcétera.

En tal sentido, las epidemias han dejado registro histórico que permite delinear no solo la capacidad de transmisión de cepas, sino también las formas de padecer y agenciar por parte de comunidades políticamente organizadas. Ejemplarmente en la intrahisoria de las pandemias está la peste de Atenas, a la que Tucídides prestó atención con la esperanza de dar cuenta y dejar registro para que fuese identificado el mal y no tomase por sorpresa a futuras generaciones (según antropólogos y arqueólogos de Atenas la causante fue la tifodeia para algunos, ébola para estudios más recientes). Testimonio gráfico detallado y adánico de la peste del 430 a.n.e. en la relación entre epidemia y política, se presenta así:

comenzó a declararse por primera vez entre los atenienses la epidemia, que, según se dice, ya había hecho su aparición anteriormente en muchos sitios, concretamente en la parte de Lemnos y en otros lugares, aunque no se recordaba que se hubiese producido en ningún sitio una peste tan terrible y una tal pérdida de vidas humanas. Los médicos nada podían hacer, pues desconocían la naturaleza de la enfermedad y además fueron los primeros en tener contacto con los enfermos y, por tanto, en morir. La ciencia humana se mostró incapaz; en vano se elevaban oraciones en los templos y se dirigía ruegos a los oráculos. Finalmente, todo fue olvidado ante la fuerza de la epidemia.[7]

Habrá que recordar aquí el limitado saber científico de los médicos, quienes con una teoría de los humores combinaban el remedio casero con el poder curativo (mágico) de las palabras y en los procesos rituales;[8] una limitación que al igual que la actual ciencia biológica, el desarrollo de estudios epidemiológicos y prácticas médicas, son rebasados al desconocer la naturaleza de la enfermedad. Como aquellos atenienses decepcionados por las prácticas curativas a su alcance, las sociedad global pandémica de hoy ha descubierto el reducido alcance de sus logros en comparación con la diversidad de agentes epidémicos conocidos y desconocidos.

Entonces, cuando la interpretación causal fue definitivamente lejana a los contemporáneos de Tucídides, ante la confusión e impotencia aparecieron los señalamientos sobre un castigo divino a la desmesura de Pericles y a la soberbia del pueblo ateniense: la culpa debía recaer sobre un tercero causante del mal que azotaba a la ciudad;[9] estratagema constante en toda epidemia.

En Atenas la devastación fue integral y queda como dramático antecedente para las futuras civilizaciones: no hay institución, rito ni vínculo lo suficientemente fuerte ante los cuerpos enfermos, moribundos y muertos que deja el escenario de la peste. La desesperación y no un superfluo sentimiento de redención prevalece en el fin de la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides:

Todas las costumbres que antes observaban en los entierros fueron trastornadas y cada uno enterraba como podía. Muchos recurrieron a sepelios indecorosos debido a la falta de medios, por haber tenido ya muchas muertes en su familia; en piras ajenas, anticipándose a los que habían apilado, había quienes ponían su muerto y prendían fuego; otros, mientras otro cadáver ya estaba ardiendo, echaban encima el que ellos llevaban y se iban. También en otros aspectos la epidemia acarreó a la ciudad una mayor inmoralidad. La gente se atrevía más fácilmente a acciones con las que antes se complacían ocultamente, puesto que veían el rápido giro de los cambios de fortuna de quienes eran ricos y morían súbitamente, y de quienes antes no poseían nada y de repente se hacían con los bienes de aquellos. Así aspiraban al provecho pronto y placentero, pensando que sus vidas y sus riquezas eran igualmente efímeras. Y nadie estaba dispuesto a sufrir penalidades por un fin considerado noble, puesto que no tenía la seguridad de no perecer antes de alcanzarlo. Lo que resultaba agradable de inmediato y lo que de cualquier modo contribuía a ello, esto fue lo que lo que pasó a ser noble y útil. Ningún temor de los dioses ni de la ley humana los detenía; de una parte juzgaban que daba lo mismo honrar o no honrar a los dioses, dado que veían que todo el mundo moría igualmente, y, en cuanto a sus culpas, nadie esperaba vivir hasta el momento de celebrarse el juicio y recibir su merecido; pendía sobre sus cabezas una condena mucho más grave que ya había sido pronunciada, y antes de que les cayera encima era natural que disfrutaran un poco de la vida.[10]

En efecto, azotada por enemigos invisibles durante toda su historia, la humanidad ha mostrado la incapacidad de maniobrar o hacer las cosas precisas frente dominio de los seres micro y nano dimensionales; porque las dimensiones de lo que pasa en las pandemias supera todo acto, todo cálculo y toda previsión.

Pericles ayer y los políticos de hoy (de todo cuño) han mostrado que no hay vías claras y seguras de acción frente a las epidemias. Lo que resta es el ensayo fallido: la decisión menos costosa para el caudal político, neutralizar la muerte y la amenaza de contagio con la versión numérica del daño, como hemos visto. [11]

Cholula, 21 de abril de2021.


[1] Nancy Jean-Luc, Ser singular plural (Madrid: Arena, 2006), pp. 194-195.

[2] Camus, Albert, La peste (Barcelona: Orbis, s.f.), pp. 37-38.

[3] Sobre la noción de “marcos”, véase Butler, Judith, Marcos de guerra. Las vidas lloradas (Barcelona: Paidós, 2010), pp. 24 y ss.

[4] Baudrillard, Jean, “El éxtasis de la comunicación” en Foster, H. (coord..), La posmodernidad (Barcelona: Kairós, 2006), p. 193.

[5] Véase Hardy McNeill, William, Plagas y pueblos (Madrid: Siglo XXI, 2016); Macip, Salvador,  Las grandes plagas modernas (Madrid: Destino, 2010); Cipolla,  Carlos M., Contra enemigo mortal e invisible (Barcelona: Crítica, 1993).

V Véase Ledermman Walter, “El hombre y sus epidemias a través de la historia”, en Revista chilena de infectología, 2003, vol. 20, pp. 13-17.

[7]  Thucydides. Historiae in Two Volumes (Oxford: Oxford University Press, 1942). Consultado en http://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus:t

[8] Véase Entralgo, Pedro Laín, La curación por la palabra en la Antigüedad clásica (Barcelona: Antrophos, 2005). https://www.milenio.com/cultura/laberinto/curar-por-la-palabra-el-origen-poetico-de-la-medicina

[9] Sennett Richard, Carme y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental (Madrid: Alianza, 1997), pp. 89-92.

[10] Thucydides. Historiae in Two Volumes, op. cit.,

 

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