El llanto de una ciudad en duelo

Rafael Ángel Gómez Choreño

¿Cómo dejar de pensar en los muertos de esta pandemia cuando las sirenas de las ambulancias no dejan de sonar a todas horas? Lo cierto es que a la menor provocación preferimos pensar en las complejas tramas de la enfermedad y el contagio, del encierro y la sana distancia, con tal de evitar o disimular que el sonido de las ambulancias se ha ido convirtiendo, con el paso de los meses, en un inconfundible y angustiante signo de enfermedad y muerte debido a las paradójicas circunstancias que ha ido generando la pandemia.

La función significativa de la sirena de una ambulancia siempre ha sido anunciar la urgencia de atención médica para evitar la posible muerte de una persona. Pero nuestros crecientes niveles de indolencia en las grandes ciudades —como la Ciudad de México y su inmensa área conurbada— nos habían permitido inventarnos diversas estrategias mentales para ignorarlas, para no prestarles demasiada atención o de plano para disimular o disminuir la alarma que representan con tal de no trastornar más de la cuenta nuestra vida cotidiana. Esto, sin embargo, ha cambiado de manera drástica en estos largos meses de encierro pandémico, pues el sonido de las ambulancias ha recobrado poco a poco su poder alarmante originario con ayuda de todo tipo de suposiciones y conjeturas vinculadas a las imaginaciones que nos inventamos a partir de la información circulante sobre el traslado cotidiano de enfermos de COVID-19 a los hospitales. Nunca lo sabemos de cierto, para ser completamente francos, y es muy probable que de hecho la mayoría de las veces estemos equivocados, pero es innegable que muchas personas agobiadas por el flujo ininterrumpido de noticias terminamos relacionando esa alarmante estridencia, que interrumpe repentinamente tanto los sonidos como los silencios de nuestro cotidiano encierro sanitario, con las mortales complicaciones de salud de alguno de los contagiados de ese maldito bicho.

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No es que no seamos conscientes de que las sirenas de las ambulancias siempre han anunciado todo tipo de urgencias médicas que requieren atención hospitalaria, y que esto no ha dejado de ser así ahora debido a la pandemia, tan sólo sucede que, desde lo más profundo de nuestro inconsciente, se forman y nos asaltan las más terroríficas imágenes sobre todas aquellas personas que, debido a las complicaciones específicas de esta pandemia, hoy entran en los hospitales para nunca más volver a salir. Esa es la conjetura que nos estremece cuando escuchamos una ambulancia, aunque no lo digamos a nadie, ni siquiera a nosotros mismos.

Se trata, pues, de una extraña convicción completamente irracional, no cabe duda de ello; mas no por eso hay que suponer que sea injustificada. No importa que en muchas de esas ambulancias ni siquiera vayan enfermos de COVID-19, ni que muchos de los que efectivamente sí están contagiados con síntomas graves y fuertes complicaciones médicas logren recuperarse en los hospitales donde ahora los llevan para atenderlos. De cualquier forma, lo que actualmente predomina como una obsesión difícil de controlar es nuestra silenciosa inquietud provocada por esas tristes noticias que recibimos cotidianamente sobre todos aquellos contagiados que, tras haber logrado ingresar en algún hospital, han muerto solos, aislados, intubados; sin ninguna mejoría ni consuelo, con sus cuerpos maltratados de múltiples maneras por los agresivos efectos de la misma enfermedad, completamente extenuados e impotentes, sin siquiera poder despedirse de sus seres queridos. Semejante escena, aunque no sea más que el producto de una imaginación atormentada por sus propias fantasías y no por hechos o acontecimientos realmente atestiguados, es lo que genera y alimenta ese extraño o poco frecuente temor a la muerte que propicia inesperadas —y hasta inconscientes— reacciones de compasión y conmiseración. ¡Nadie quiere morir así! Tampoco le deseamos una muerte así a otras personas. Pero, sobre todo, nadie quiere verse obligado a entregar a una muerte así a ningún ser querido. No sé si esa espontánea, aunque compleja compasión sea capaz de llevarnos a formas más elaboradas de una pasión común o de una auténtica pasión compartida, pero, por lo menos, con toda seguridad se trata de un movimiento de afectos muy capaz de derrotar a la terrible indolencia que suele ser tan dolorosa e irritantemente predominante en nuestros tiempos. Y su acontecimiento, por lo tanto, sin importar lo extraño que sea, es algo que debemos apreciar y valorar adecuadamente.

No tengo la menor duda de que el irritante sonido de las sirenas de las ambulancias, que atraviesan con inusual urgencia las calles de la ciudad, se ha convertido en el detonante de una inusitada preocupación por los muertos y por los moribundos de la ciudad por causa de la pandemia. Lo que me resulta especialmente interesante es el hecho de que, gracias a esta inusual preocupación, poco a poco hemos ido considerando y sintiendo como a los muertos y los moribundos de todos. Poco importa ahora si a través de este tipo de experiencias los estemos asumiendo específicamente como los muertos o moribundos de una ciudad, de una nación o de toda la humanidad; lo que importa aquí y ahora es que de esta manera, al parecer, se ha estado activando una poderosa forma de compasión colectiva que nos ha estado moviendo hacia la experiencia más inmediata y concreta de lo que podemos ir asumiendo —sin temor a equivocarnos— como un duelo compartido, uno que tarde o temprano se convertirá en el importantísimo duelo común de toda una ciudad, de toda una nación y —por qué no— de la humanidad entera.

Por lo pronto, parece como si mediante este tipo de complejos mecanismos de significación las ciudades estuvieran aprendiendo a llorar a sus muertos y a preocuparse por sus moribundos; en este caso específico a través del espontáneo estremecimiento general provocado por el constante ir y venir de las ambulancias. Nada cambia si a final de cuentas no se trata más que de una simple exageración colectiva que poco a poco se ha ido generalizando. Lo que destaca por sí mismo es que ahí está presente una inusual preocupación por la muerte que, en lugar de ser disimulada o negada —o incluso castigada—, como frecuentemente resolvemos nuestra relación con la muerte, bien podríamos cuidar y cultivar hasta hacer de ella una práctica consciente y voluntaria de compasión, tan necesaria en la actualidad para activar y procurar el cuidado de todos nuestros procesos de duelo individual y colectivo. Nadie debería sufrir una muerte inesperada como la provocada por un virus que ni siquiera conocíamos hace algunos meses, en medio de la alerta planetaria de una pandemia, pero ya puestos inevitablemente en esa circunstancia, nadie debe permitirse ser indolente frente a todos y cada uno de los muertos que una pandemia de esta naturaleza va dejando a su paso. En juego está el valor que le damos o le podemos dar a la vida en general y al hecho de seguir vivos en lo particular y en cada caso concreto.

Sin miedo a exagerar, me parece preferible dejar que mi imaginación, no tanto gobernada por el miedo o la desesperación, sino por la esperanza y algún buen deseo, me lleve a pensar fantásticamente cada vez que escucho la sirena de una ambulancia ahora, como es que las ciudades lloran a sus muertos y se preocupan por su moribundos en tiempos de pandemia. Pues es muy probable que algunas personas —y quizá muchas más de las que podemos imaginar— hayan detenido la inercia de sus actividades cotidianas para pensar, aunque sólo sea por breves instantes, en todos los que lamentablemente han muerto por esta terrible enfermedad, solamente para desear, de todo corazón, que aquella persona que esté siendo llevada al hospital por esa ambulancia, cuya estridencia ahora nos exalta e inquieta, pueda regresar pronto con vida y plena salud a los brazos de sus seres queridos; o que si tristemente le sorprende la muerte, esta le llegue en las mejores condiciones posibles.

Ciudad de México, a 12 de febrero de 2021.

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