Ciudad y pandemia: Una guerra por la verdad

Fernando Solis Luna

De pronto parece que la Ciudad de México ha retomado su dinámica funcional a partir de una demisión de nueva normalidad establecida desde su desgracia en un sentido determinista, es decir, parece que pese a la cantidad de personas fallecidas por la pandemia la necesidad de retamar la vida desde el nomos económico dentro de la ciudad es más normal de lo que en apariencia parece ser en tiempos de dolor. Pero ¿Cuándo las guerras o los desastres nucleares; cuándo las hambrunas o las pestes; cuándo la barbarie ha detenido el deseo por la riqueza? Desde la consolidación del sistema económico capitalista ¿Cuándo se ha detenido en verdad el mercado? Parece que las condiciones de producción de trabajo en nuestra actual situación pandémica no se han frenado en ningún sentido. De hecho, se han fortalecido distintos modos de operación que hacen muy eficaces las transacciones de venta, compra y producción de trabajo pese al distanciamiento. Y un elemento que ha hecho posible ello es el advenimiento, la construcción, de distintos modos de decir la verdad que hacen posible que la Ciudad y sus habitantes sigan en movimiento.

            Diferentes son los medios por los cuales se puede construir un discurso de verdad para después ser difundido. Michel Foucault consideraba en  ese sentido, que la verdad y su incondicional relación con la forma del ser del sujeto son elementos que tiene que analizarse con sumo detalle, porque en esa relación entre la verdad y la subjetividad se encuentra el espectro de la conducta ética de aquel que se somete o, qué por lo menos, atestigua un discurso. Esta forma de afrontar la relación  entre sujeto y verdad es, hasta cierto punto, histórico-filosófica, “es preguntarse cuáles son los efectos sobre esa subjetividad de la existencia de un discurso que pretende decir la verdad acerca de ella.”[1]  Siendo ello el caso, debemos advertir que toda pretensión de decir la verdad tendrá un efecto en el comportamiento de algunos o de muchos, esto es, que tendrá un efecto político. Ahora bien, tomado en cuenta que existen grandes puentes entre las esferas del conocimiento y los distintos cuerpos institucionales que en algún sentido las contienen, en nuestro presente, el decir verdad de la pandemia se ha convertido en un crisol que deja vestigios de lo que posiblemente el día de mañana analicemos como una avalancha epistemológica que no deja más que confusión. Pero aún en ese caso, dicha avalancha, dirá mucho de lo que hemos estado haciendo para defendernos de un virus que posiblemente ya estaba ahí, pero que no habíamos nombrado.

            Sin la pretensión de afirmar que estamos en un proceso de cierta creciente relativista de la verdad, sí podríamos decir, con suma cautela, que la Ciudad se ha sitiado por una verdad  relativa en torno a lo que implica vivir y experimentar una pandemia. ¿Quién nos dice la verdad en términos reales de lo que acontece en la Ciudad de México cuando se habla de una pandemia activa que ha matado y sigue matando gente? Podríamos reformular la pregunta de la siguiente manera: ¿qué parámetros estamos utilizando para determinar nuestras acciones en una situación donde se habla sin mesura de cuerpos enfermos y de cuerpos sanos? Hay que asumir una idea potente sobre la verdad, o mejor, hay que considerar que la verdad es un conjunto de obligaciones históricas. La verdad, entonces, es cambiante y esas obligaciones se han transformado con el paso del tiempo. Siendo ello así ¿cuál es nuestra obligación ante una pandemia como la que vivimos? ¿Cuáles son nuestras obligaciones con los demás, es decir, cuáles son nuestras obligaciones con los otros desde la verdad pandémica que nos construye? Contestar a dichas preguntas no es del todo sencillo en parte porque los derroteros de la verdad pandémica que codifican la actitud de los sujetos no tienen otra dirección que no vaya directamente al pasillo del  mercado y la economía. Parece que la única verdad es que la nueva normalidad desaparecerá no sin antes tener consecuencias en la vida económica de las personas. Parece que esa es la verdad más esperanzadora, la que la mayoría desea escuchar. Una verdad con un talante que vuelve a enunciar que todo estará bien para el funcionamiento de una Ciudad.

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            Lo anterior tiene sentido si consideramos que la verdad pandémica que ha tenido mayor impacto en las prácticas de libertad de las personas proviene del diario, del periódico, del periodismo. La prensa escrita, por lo menos en la Ciudad de México, ha tomado el asunto de la pandemia para la configuración de notas que asumen la intención de decir la verdad con relación a los muertos, a la enfermedad y la economía que ha sido afectada por el acontecimiento. La prensa extrapola de alguna forma los métodos y las epistemologías que las ciencias y los discursos médicos han utilizado para llegar a conclusiones aún ambiguas con relación a la enfermedad, sin embargo, en el registro de lo jornal, las notas asumen dichas conclusiones como verdaderas. ¿Cómo un periodista pude sintetizar, sino es que poseer el derecho de decir la verdad epidemiológica sobre la vacuna contra la Covd-19? ¿En verdad deseamos que el periodismo guíe nuestras acciones éticas en lo venidero? ¿Qué tan conveniente resulta que la verdad pandémica este organizada, distribuida y clasificada por el periodismo contemporáneo que además responde a las demandas de una Ciudad atravesada por el dinamismo de la economía? 

Ya el propio Nietzsche desacredita al periodismo como un elemento que banaliza la cultura y su espectro salvaje. El periodista, en ese sentido, es una rémora que podría enfermar el espectro de la vida porque lo que intenta es sintetizar lo más posible las relaciones de existencia que se tejen desde el pathos. Al respecto dice: “¿Quién se pregunta todavía qué valor puede tener una ciencia, que devora como un vampiro a sus criaturas? La división del trabajo en las ciencias tiende prácticamente hacia el mismo objetivo, al que aspiran aquí y allá las religiones, es decir, a una reducción de la cultura, o, mejor, a su aniquilación. Pero eso que para algunas religiones, con arreglo a su origen y a su historia, es una exigencia totalmente justificada, podría, en cambio, conducir a la ciencia a arrojarse en un momento determinado a las llamas. Ahora hemos llegado ya hasta el extremo de que en todas las cuestiones generales de naturaleza seria-y, sobre todo, en los máximos problemas filosóficos- el hombre de ciencia, como tal, ya no puede tomar la palabra. En cambio, ese viscoso tejido cognitivo que se ha introducido hoy entre las ciencias, es decir, el periodismo, cree que ese objetivo es de su competencia, y lo cumple con arreglo a su naturaleza, o sea- como su nombre lo indica- tratándolo como un trabajo a jornal.”[2]

Con lo dicho anteriormente podríamos entender un poco mejor lo que implica comenzar habitar nuevamente la Ciudad en tiempos de pandemia. Los espacios comienzan a llenarse de nuevo con personas que guían su libertad a partir de una verdad concreta, que sin embargo, no es del todo incuestionable. Las plazas comienzan a ser recorridas, los cienes tomados; los restaurantes y los bares vuelven a su normalidad porque hay una verdad que hace que ello sea prudente. La lucha política se hace de nuevo visible en las calles, porque hay una verdad que dice que todo pasará y lo que nos quedará es un recuerdo de hombres caídos y enfermos por un virus que no pudo detenernos. Nada debe detenerse, la historia no puede hacerlo. El regreso y la apertura del movimiento de la Ciudad es el triunfo de una verdad que se agota en un discurso de esperanza y de miedo. Pero si algo hemos aprendido del paso del tiempo es que declararle la guerra a la verdad cuando ésta parece ser muy evidente es cosa más que necesaria, si deseamos construir una vida con sentido más verosímil y potente.  

Ciudad de México 28 de marzo de 2021


[1] Foucault, Michel, Subjetividad y verdad, Akal, Madrid, 2020, p. 27.

[2] Nietzsche, Federico, Sobre el porvenir de nuestras escuelas, Tusquets, México, 2010. Pp. 57-58.

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