Conciencia humana frente al covid-19

Pedro Nel Alzate Velásquez

El covid-19 ha significado varias cosas para la historia reciente de la humanidad. Primero, nos ha dado una nueva historia, como lo veremos. Segundo, y como es evidente, ha sido muestra de la fragilidad de nuestro entretejido social, de nuestra incapacidad para protegernos de las desventuras en las que podemos caer, de nuestra impotencia frente a nuestra propia naturaleza y, por lo mismo, de nuestra siempre necesaria capacidad de adaptarnos para evitar perecer (misma capacidad que, irónicamente, está llevándonos a ello). Finalmente, y aunado a lo anterior, nos ha demostrado que, frente a lo inmediato no sabemos actuar más que inmediatamente.

Nosotros, siempre criaturas de extremos y anhelantes de la mesura, nos esforzamos con premura (como nuestra vida), para ir de un extremo a otro, cotejando en cuál acomodarnos para evadir todo lo que nos recuerde nuestra tan natural —y, por lo mismo, tan insoportable— condición mortal. Procuramos alejar nuestra existencia del peligro de la muerte para enfocar nuestra conciencia1, incluso, en la muerte misma u otras abstracciones que nos enriquezcan, en vez de hacer de tal conciencia una herramienta más de sobrevivencia.

No obstante, el esfuerzo humano de evadir la muerte no es diferente al instinto de sobrevivencia o, dicho de otro modo, al desarrollo propio de la naturaleza2 en cada ser vivo, incluso cuando dispongamos de la conciencia para ello (la conciencia no es sino un modo en que la existencia, la vida, la naturaleza se manifiesta). Y esto se explica con el hecho de que —como hemos visto— nuestras posibilidades, nuestras conjeturas, nuestras reflexiones sólo alcanzaron a escoger entre subidas y bajadas numéricas u otras representadas en un cuadro cartesiano para tomar, de entre dos, la decisión correcta para conducir nuestras vidas en estos tiempos de pandemia: salir o no salir, seguir o parar, reunirnos o aislarnos, vivir o morir. Es decir, nosotros mismos (con un velo de libertad y cavilación) hemos acotado nuestras posibilidades a dos (a un 50 y 50) o, lo que es lo mismo, nos hemos encaminado bajo la guía del propio azar en esta encrucijada.

Quizás, esto sea inevitable, pues sortear la muerte es un impulso tan propio de nosotros como de cualquier ser vivo. Es un ímpetu tan arraigado que se reflejó en nuestros primeros (e, incluso, se refleja en los actuales) intentos de enfrentar esta infección; nos acorraló, hizo que nos recogiéramos y provocó una leve y breve desaceleración de nuestra ya habitual forma de vivir (tan característica de nuestro tiempo, como se dice). Tal fue el llamado de sobrevivencia que, en algunos casos, el temor de morir por contagio hizo obviar el peligro de hacerlo por inanición. Además, justificó morir en manos de personas, generalmente cercanas. Hasta cierto punto y en algunos lugares, incluso se autorizó el asesinato para evitar la propagación apenas mortal de una infección que —según parece— llegó a aniquilarnos; con lo que se nos olvidó o se nos hizo más normal morir en manos de otros. Total —se pudo haber inferido—, esto siempre ha sucedido y nos es muy habitual.

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Nuestros esfuerzos (es decir, confinarnos), como menos, fueron impulsivos, azarosos, instintivos. Nos detuvimos o, incluso, dimos un paso atrás quedando a la expectativa de lo que estaba en frente de nosotros y soportando lo necesario hasta que el peligro se retirara o nos fuera conocido y más familiar. Como digo, éste es un modo de proceder nada extraño, pero que deja mucho que desear del ser histórico que decimos ser. Es una manera de operar que nos pone, más bien, en la posición de cualquier recién nacido que apenas está enfrentando la vida; pue, si recordamos (o leemos o vemos cualquier documental al respecto), guardando las distancias y particularidades, la reciente no es una forma de actuar muy diferente a la de la peste negra, por nombrar la infección más conocida de tiempos anteriores: aislamiento de enfermos, implementación por primera vez de lo que hoy conocemos como cuarentena, confinamiento de familias, revisión en lugares públicos de las personas para intentar ver o adivinar si presentaban algún síntoma de infección, evitar el contacto, brotes subsecuentes, etc.

Apenas, hasta ahora, estamos viviendo en carne propia, es decir, sin apoyo histórico, el golpe de esta nuestra infección. Es toda una experiencia que estamos descubriendo, pese a los precedentes históricos que podamos tener (como el del uso obligatorio de mascarillas en la mal llamada gripe española o en el brote de influenza en México, por dar otros ejemplos). No es posible negar que esta situación nos sorprendió a todos y que la gran mayoría no estábamos preparados para enfrentarla. Exceptuando algunos pocos conocedores de la historia (académicos, entusiastas, estudiosos en general), que quizá estaban al tanto de los precedentes dejados por experiencias pasadas con otras infecciones, casi nadie actuaba con un conocimiento previo que le indicara que estaba en lo correcto o que erraba para arrostrar la situación. Todos estábamos a la expectativa de ella y de lo que pudieran decir los dirigentes, los representantes, los voceros alrededor de todo el globo terráqueo, quienes, a su vez, estaban en la misma situación que cualquier otra persona: sorprendidos y con sus alertas de sobrevivencia activadas. Dicho de otro modo, estábamos a la expectativa de lo que dijeran y de la dirección de algunas personas que sólo expresaban lo que su propio sentido de supervivencia les impulsaba hacer: alejarse del peligro.

Ahora bien, este llamado que aquellos voceros promulgaron se tradujo en confinamiento, dadas las características de nuestra naturaleza y sociedad, dada la indiscutible cantidad de personas que hay actualmente y, sobre todo, a causa de su densa concentración en pequeños territorios, como lo son las ciudades. Así, sin poder ni saber a dónde ir para alejarse, la respuesta inmediata no podía ser otra que recluirse. Y digo sin poder ni saber a dónde ir porque nuestras actuales generaciones (en su mayoría) no conocen más que las ciudades, no saben vivir más que con los esquemas de ellas (aunque estuvieran fuera de una), lugares donde los contagios se concentraron.

La conciencia, cuando tiene que vérselas con la inmediatez, no puede considerar más que inmediatamente y enfocar cualquier esfuerzo en ello. Y el presente caso, como cualquier otro similar, no es diferente. Dicho esto, la ventura de este proceder es que —como instrumento para la vida— padece la misma contingencia y debe actuar conforme a ella, es decir, se introduce en el juego de acertar o no acertar3, en el juego del azar, del errar.

Por lo mismo, vemos todos los esfuerzos orientados hacia el ámbito que mejor ha sabido desenvolverse en este intento del ensayo y el error, a saber, la ciencia y, en particular, la medicina. De modo que, hasta que los avances médicos o de cualquier otra índole nos den la confianza —que no sabemos cómo tener— para afrontar la presente situación, seguiremos tanteando las peripecias en una suerte de oscilación entre reclusión y exposición, entre un extremo y otro, queriendo encontrar el punto medio, pero sin hallarlo. Incluso, si llegara la tan esperada solución a esta turbación global, sólo serviría para hacer lo habitual: irnos al extremo de liberación después de cierto tiempo recluidos.

En suma, esta situación ha evidenciado que, como especie, nuestra memoria (historia) es poca e incapaz de brindarnos las bases para confrontar nuestras propias vidas y sus peligros. Incluso, no parece ser posible confrontar tales peligros de otra manera que prendiendo las alarmas de sobrevivencia, aunque reneguemos que sea un error reducir los hábitos a lo que dicte la inmediatez y conveniencia del momento. Actuar según la naturaleza más elevada que decimos tener no pareció posible, ¡ni nos acordamos de ello!, cuando el más mínimo riesgo (como lo es este covid-19) para la propia sobrevivencia advino, y todos nuestros esfuerzos (incluso las conciencias más elevadas) se dirigieron a frenar ese (aunque leve) peligro. La abstracción nos es tan poco natural que pocos son los que la buscan.

Puebla, México, 11 de octubre de 2020.

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