Sublevarse: la pandemia y un presente herido por la nueva normalidad

Fernando Solís Luna

Las preguntas poseen vestigios de aquello que trastoca con mucha demencia nuestra interioridad. Nuestra estancia en el mundo pudiera ser completamente pasiva sino tuviésemos la posibilidad de pensar. Sin embrago, poseemos un talante que nos incita a interrogar nuestro presente de múltiples maneras. Así, podríamos decir que todo, inevitablemente, empieza desde un presente que nos interroga sobre lo que está pasando, sobre lo que aconteció y sobre lo que posiblemente debemos esperar. No hay, pues, pasividad. Nuestra estancia en lo que hemos denominado mundo está mediada por un torbellino de fluctuaciones que nos incitan preguntas, y en suma pensamientos. En ese sentido el mínimo roce con el cuerpo ajeno, la mirada que comparto con mi semejante y el dolor atestiguado al escuchar el grito de rabia y furia de aquellos que luchan por lo justo, son elementos potentes que nos pueden conducir a la más sensata y profunda reflexión. Hoy más que nunca, las preguntas que nos pudiéramos plantear en torno a nuestro presente, pudieran ser el detonante de una sublevación. Colocando sobre contexto el hecho de que habitamos en tiempos de pandemia, diría que la forma en que dirijamos nuestras preguntas en torno a ella podría conducirnos a una sublevación de su impronta.

Lo que tenemos hasta el momento es el nacimiento de una gama muy amplia de nuevos conceptos que evocan preguntas concretas dirigidas a darle una forma identitaria a aquello que nos ha dislocado de nuestra zona común: la pandemia. Ya en su momento, referirse a la normalidad resultaba rico, teóricamente hablando, para cuestionar una realidad. En ese sentido, cuando se analizan los normales, la normalidad, las prácticas de la libertad de una estratificación histórica dada evocaba el análisis de las prácticas comunes de libertad que son ejercidas dentro de las instituciones. Ahora bien, no olvidemos que el concepto lleva consigo una carga ontológica de su circunstancia. Esto no significa que la circunstancia preceda al concepto ni viceversa, que el concepto preceda a la circunstancia, sino que ambos de manera simultánea, en un juego de fuerza, dan contenido ontológico a un presente. Tomando en cuenta ello y tomando en cuenta nuestra situación pandémica, en distintas partes del mundo, ya sea que se enuncie por los medios de comunicación o que le proporcionen voz aquellos que representan al gremio de la academia, a saber, los intelectuales, ha nacido el concepto de nueva normalidad. Ésta parece que enuncia y visibiliza, o por lo menos pone un singular énfasis en ello, sólo los miedos que históricamente han acompañado a las personas frente a la relación que tienen con las enfermedades. La nueva normalidad desnuda, en consecuencia, la vulnerabilidad de la humana condición que en su expresión máxima es la muerte. Tenemos, así, las imágenes de cuerpos desgastados y vencidos por la enfermedad COVID-19 como improntas que imponen un imperativo en el comportamiento de aquel que, aún, es sano. Los múltiples dispositivos que disciplinan tanto a los cuerpos individuales, como a los cuerpos colectivos, tienen su razón de ser dentro del marco de esa nueva normalidad. El uso del cubrebocas así como el uso de la careta si bien es cierto son expresiones en diferentes niveles de la forma en que los cuerpos son sujetados al biopoder y al tanato-poder, también pueden leerse como la parte no conceptual que implica pensar en esa nueva normalidad. Es decir, son elementos reales que dan contenido a ese concepto que se opone, curiosamente, a la normalidad y no a una condición anormal.

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Casi por regla general y en un sentido dialectico de superación, solemos contraponer la normalidad con la anormalidad. No obstante, las lógicas de vida interrumpidas por la pandemia nos han hecho visibles siguiendo ese movimiento. Parece que asumimos la posibilidad de entender la nueva normalidad en contra posición de la normalidad, lo que implica suspender la posibilidad de observar las contradicciones de nuestro tiempo. Ello quiere decir que lo negativo entendido como lo que visibiliza la autoconciencia desgraciada, verbigracia la muerte, la pobreza, el desánimo, la tristeza, la esclavitud del cuerpo, se hace invisible. Ya no se trata en ese sentido de poner en manifiesto la posibilidad que abre la tragedia misma de transformar nuestro entorno, es decir, nuestra circunstancia, sino de esperar un simple y llano retorno.

Aunque parezca contradictorio, la fuerza con que se visibiliza la nueva normalidad anuncia el deseo de seguir surcando las mismas aguas putrefactas que ha implicado el progreso, el capitalismo, la disciplina moral, el control de la ley económica entre otros elementos que caracterizan a algunas sociedades del siglo XXI. No pensamos más en una situación anormal porque no deseamos superar las contradicciones de nuestra amada normalidad. Aunque la pandemia las ha hecho visibles con mucha fuerza, el discurso de los medios de comunicación y de algunos intelectuales no se ha ocupado de enfatizar el hecho de que pensamos lo nuevo como aquello que tendrá una duración prolongada, pero no infinita. Así, la pandemia tiene un inicio, tiene, actualmente, una trama, un desarrollo e, inevitablemente, tendrá un final, pero no en el sentido de la superación, sino en un sentido sólo de retorno. Una vez que lleguemos a ese final, regresaremos a lo normal y, con ello, nuestras extraviadas prácticas de la libertad serán restauradas. Será entonces que podremos salir a bailar, ir a conciertos, salir a un bar con nuestros amigos; podremos recorrer y habitar, nuevamente, nuestros espacios de charla, de ocio, de fornicar. Aunque, también, podría suceder que en ese movimiento que se gesta entre el desarrollo de la pandemia y el fin de ella, la nueva normalidad pase a convertirse en la normalidad.   

Ante este panorama pandémico es casi una regla general preguntarse por los elementos básicos que nos interpelan en tanto personas políticas. En ese sentido, debemos advertir que preguntarse por las consecuencias sociales, económicas, afectivas y hasta psicológicas que se derivan de la pandemia, se vuelve más que en una necesidad, en un compromiso de cuidado de uno mismo para con los otros. Es en esa práctica del pensamiento, es decir, en el hecho de preguntarse, donde debemos de poner especial cuidado por las implicaciones que pueden desprenderse de las preguntas realizadas para entender nuestra actual situación pandémica. De alguna forma, debemos renunciar al hecho de realizar preguntas cuyas respuestas se anclen al campo de lo esencialmente descriptivo. Ya algunos periodistas han saturado las redes sociales y el campo de lo virtual con trabajos de esas características: trabajos que destacan por poseer una visión positivista de lo acontecido.

No cabe duda de que debemos describir lo que acontece, recordando que, aunque parezcan claras las causas, los estragos, los dolores y las preocupaciones excitadas por la pandemia; aunque toda estratificación histórica muestre todo lo que tenga que mostrar y diga todo lo que tenga que decir, nada es tan evidente. Todos los discursos, todas las improntas, todas las prácticas motivadas por la pandemia tienen vestigios muy profundos que debemos analizar. Los detalles están siempre presentes y ahí, al tejerlos y descubrirlos, está la posibilidad de sublevarse. Como pensadores, como escritores, más en específico como intelectuales “sólo bastaría con que [se] observe lo que [se ] hace y lo que pasa en lo que [se] hace […] Es allí donde uno da con esa idea de sublevación […] la idea de que el rol de intelectual consiste en mostrar que esta realidad que se nos presenta como evidente y de suyo es, de hecho, frágil”.[i] Así “el físico en su laboratorio, el historiador que conoce el cristianismo de los primeros siglos, el sociólogo […], me parece que toda esa gente, a partir incluso de lo que hay de más especial en su especialidad, de más específico en su saber, puede perfectamente hacer aparecer esos puntos de debilitación de las evidencias de lo real”.[ii] Entonces, ¿qué nos queda? Preguntarnos muchas cosas, pero quizás la pregunta por la que podríamos comenzar es ¿por qué y cómo fue posible que se pensara en una nueva normalidad y no en una situación de anormalidad?                 

Ciudad de México, 2 de diciembre de 2020

Referencias

Michel Foucault, Sublevarse, Chile, Catálogos Libros, 2017.


[i] Foucault, Michel, Sublevarse, Chile, Catálogos Libros, 2017, pp. 93-94.

[ii] Ibid., p. 94.

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