¿Qué hay bajo el cubrebocas? Reflexiones de estufa

Eliseo Bárcenas Pacheco

He aquí que, desde la ventana, veo pasar unos hombres por la calle: y digo que veo hombres; sin embargo lo que en realidad veo son máscaras que muy bien podrían ocultar máquinas andantes o bestias salvajes que acechan mi sangre, y que esperan deseosos cualquier descuido mío para atacarme con sus filosos dientes. No obstante sé, por medio del entendimiento y no por lo que veo, que bajo esa máscara que portan ciertos individuos hay un rostro humano que puedo averiguar sin necesidad de que sea desenmascarado.  Por lo tanto en este mirar atento hacia afuera, adonde las personas deambulan con un rostro cubierto por una especie de tela,  y preguntarme qué hay debajo, puedo decir, con suma seguridad, que lo que hay es un rostro anatómicamente semejante al mío. Y entonces diría a todo aquel asustadizo que temiese por su vida y que no fuese tan virtuoso en eso del entendimiento: ¡No os asustéis, camarada! Lo que se esconde bajo esa lúgubre máscara es un rostro humano como el de nosotros, ¡ahí va un hombre! Y entonces comenzaría a describir, cuidadosamente, las partes que lo constituyen: Bajo el cubrebocas está oculta la nariz, la boca, los labios, la barbilla, las mejillas, nuestra piel: de unos tersa, de otros áspera. En el afán de hurgar más sobre lo que está latente en el rostro encubierto podemos, igualmente, dar cuenta de los músculos que lo conforman: mirtiforme, cuadrado superior de los labios: angular, infraorbitario, cigomático; El orbicular de los labios, cuadrado inferior de los labios, masetero, glándula y conducto parotídeo, buccinador, etc. Todavía más al fondo, adonde ya no llega el alma, podemos encontrar algo: El cráneo, que igualmente está escondido y que comprende catorce huesos en lo que respecta a la cara, que son: dos maxilares superiores, dos malares, dos nasales, un maxilar inferior, dos lagrimales, dos palatinos, dos cornetes nasales inferiores y un vómer.  Sin embargo, aun y cuando haya mención de todos los aspectos objetivos e individuales que conforman lo que es el rostro, es evidente que no sólo le competen estas características físicas, es decir, pienso que el rostro no tiene que ver, solamente, con tales rasgos externos y anatómicos, sino que le atañe otra noción de ser, una cuestión, digamos, más allá de lo físico: ¿espiritual?                                                                

Entonces, dubitativo acerca de lo que esconde el cubrebocas, me pregunto si hay algo más que meros atributos sensibles. – Cierro la ventana, me coloco junto al calor de la estufa, y comienzo a hilvana pensamientos.                                                                                                                                                    

Cuando veo un rostro, a la par que con la obra de arte, no percibo solamente las partes físicas en su singularidad, sino que percibo un conjunto que me mienta múltiples significaciones e intencionalidades. Es decir, la expresión artística, como sucede con el rostro, se concibe en su totalidad como obra y no en las partes que la componen por separado.   Por lo tanto, creo preciso distinguir entre una parte física, cuyos elementos  pueden ser descritos y diferenciados, y una espiritual o expresiva que se da en el conjunto de sus partes; esto  en cuanto al rostro. Ésta última, la parte espiritual, podemos diferenciarla conceptualmente del rostro objetivo al denominarla semblante.                                         

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  El rostro, de aquí en adelante entiéndase rostro físico, es aquel que trata sobre las partes objetivas que lo concretan o, según Florenski es “aquello que vemos en nuestra experiencia diurna, aquello a través de lo cual se nos manifiestan las realidades de este mundo terreno”.[1] Por el contrario el semblante quiere venir a significar aquello por el cual manifestamos, según esto, nuestra semejanza con la divinidad, se nos avista, en el semblante, nuestra participación con dios. Aquí hay que entender el semblante en torno a la espiritualidad, como aquello que se manifiesta y que estamos imposibilitados aprehender por medio  de los sentidos. Así pues, podemos decir, grosso modo, que el semblante es más que nada la afirmación de nuestra esencia propia,  la revelación de nuestra existencia individual: por el cual nos diferenciamos como no asemejamos, con el otro.  Es una expresividad no material, no tangible, sino espiritual que expresa, sin necesidad de emitir sonido alguno, acaso un gesto, cuestiones inasibles, p.ej.: la angustia, la belleza, la tristeza del corazón, el hinchazón del alma, el asombro hacia este cielo siniestro; mostramos, acaso, el  miedo de todas las noches; confesamos, sin quererlo, nuestro temor de dios, e inclusive en uno, digamos entre sombras, podemos advertir un poema; o  el lugar donde se nos esclarece el atardecer; entre tantas cosas más.                                                                               

Con todo, habría que mencionar que el semblante, según apunta Schwartzmann[2], es posible solamente a partir de lo sensible, del rostro objetivo.  Es decir, lo que se muestra del rostro no se agota en los atributos perceptibles, es evidente;  sino que, a partir de ello, de lo mostrado, hay una trascendencia de este plano físico al espiritual; el semblante hace su aparición.                                                                                                                                                        

Asimismo, la expresividad espiritual del rostro  no se extingue en un rostro vivo, ya que podemos encontrar dicha expresividad igualmente en uno muerto. Recordemos aquella frase poética de Petrarca hacia su amada inerte: “La muerte parecía bella en su bello rostro”[3]. El rostro frio e iluminado como con una luz tenue reveló, ¡qué dolor estético ese!, la belleza de la muerte en aquella mujer ya sin bríos: Brillo funesto. Y hubo conmoción sin lugar a duda.                                                                                                                                               

Por lo tanto, podemos decir, que el rostro no solo expresa aquello que tiene que ver con lo material de éste, sino que, a partir de estas nociones sensibles, se revelan una serie de expresiones imperceptibles que nos hacen considerar ese rostro como uno humano dentro del silencio de su existencia, donde se desvela su ontología propia y la sinceridad íntima con la que carga.

Así pues, bajo el cubrebocas no solamente se camuflan  estas cuestiones de índole sensible, sino que hay un ocultamiento, también, de la sinceridad humana. El cubrebocas apaga el candor espiritual y expresivo del semblante; con él sobre el rostro es complicado averiguar la verdad que se esconde, la complejidad; no podemos conocer, en efecto, con el rostro velado, al hombre de abajo.  La máscara, podemos decir junto con Florenski, “toma un aspecto semejante a un rostro, parecido a un rostro, que se hace pasar por rostro y por tal aceptado, pero que en su interior está vacío”.[4] Tal sucede con las pinturas de Maelvich cuyos rostros de los campesinos  han sido suprimidos; comprendiéndose que, según se entiende, presentifican la pérdida del alma, el desvanecimiento de dios, el derrumbamiento espiritual del hombre[5]. Por ende, al encubrir nuestro rostro con una especie de máscara, éste se vuelve inexpresivo y semejante, en cuanto a su apariencia, a cada uno de los otros; torna en un aspecto deshumano, desdivino, que  representa el mundo sin Dios y la victoria de la razón dominante, en su pretensión por unificar al individuo.                                                             

Sin duda, sabemos que hay un rostro ahí debajo que comprende, también, al semblante; Pero a pesar de que podemos describir las partes objetivas que lo constituyen, no por ello podemos conocer la expresividad espiritual padecida: esa solamente puede manifestarse en la totalidad, a no ser que, a través de los ojos que se destacan, podamos adentrarnos y navegar en las profundidades del mar interno contenido en el hombre.  

Ciudad de Puebla, 8 de octubre de 2020.


[1] Florenski, Pavel, El iconostasio. Una teoría de la estética. Ed. Sígueme: Salamanca (2016), p: 52

[2] Cfr. Schwartzmann, Félix. Teoría de la expresión. Ediciones de la Universidad de Chile: Chile (1967)

[3]Cfr.  Petrarca, Cancionero

[4] Florenski, Pavel, El iconostasio. Una teoría de la estética. Ed. Sígueme: Salamanca (2016), p: 54

[5] Cfr. Ibídem. Introducción, nota al pie de página n.6, p:16

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