La peste como amenaza de muerte en la ciudad sitiada

Rafael Ángel Gómez Choreño

La experiencia de una epidemia nunca inicia con el repentino asalto de una enfermedad sobre el propio cuerpo o sobre el de un ser querido; empieza, más bien, cuando cobramos conciencia sobre la peligrosidad del contagio en los espacios comunes de la ciudad en que vivimos: en un parque, en una calle cualquiera, en un vagón del metro, en un pasillo de cualquier centro comercial, en una oficina de gobierno, o incluso en una fila para comprar tortillas o entrar al cine. Pues resulta  que un buen día nos damos cuenta que los seres humanos no solo somos susceptibles a contraer todo tipo de enfermedades con tan solo salir a la calle, sino que, además, sucede que somos trans-portadores y diseminadores de estas; ya que, así como nos las han transmitido a nosotros, del mismo modo también se las podemos transmitir a otros hasta con el más pequeño e insignificante contacto. Así que este extraño proceso de conciencia se centra en darnos cuenta de que el contacto personal es la pieza clave en toda posible trama de contagio epidémico y, justo por eso, la interrupción del contacto es donde hacemos recaer todo el poder de nuestros complejos mecanismos y estrategias de evitación del contagio, al mismo tiempo que construimos todo tipo de conceptos e ideas sobre la naturaleza de una epidemia.

No es, pues, la abrumadora evidencia de una enfermedad en la casa ni la desconcertante y dolorosa muerte de personas cercanas lo que nos permite tener noticias y conciencia sobre la existencia de una epidemia, sino la violenta transformación de nuestra experiencia más cotidiana e inmediata del espacio público, debido, sobre todo, al miedo que nos genera la simple posibilidad del contagio. Es por esta razón que los espacios de la vida civil son clausurados inmediatamente en nuestra mente —con independencia de las decisiones gubernamentales— debido a la activación de un dispositivo afectivo que nos inserta violentamente en la cultura de masas: el terror; que en el caso de una epidemia, se basa por completo en este miedo al contagio que es resultado de procesos completamente individuales de conciencia personal. Las epidemias son la enfermedad de las ciudades; sin embargo, es el miedo personal convertido en terror generalizado lo que las hace mortales. El terror provocado por una epidemia es lo que convierte a las ciudades que sufren una epidemia en ciudades apestadas.

La ciudad apestada es ante todo la imagen magnificada por el terror de un espacio de riesgo, de peligro, del lugar donde se esconden todo tipo de amenazas de muerte. Y su función es propiciar o promover imaginaciones de todo lo que las epidemias tienen de invisibles e incomprensibles, para hacer de todo eso un objeto de pensamiento, y poder hacer previsiones para controlar los efectos desgarradores de la epidemia; primero a través de imágenes, después, de ser necesario, mediante ideas y conceptos. Sin embargo, su efecto de poder, recae en la capacidad de estas imágenes e imaginaciones de una ciudad apestada para desatar sentimientos de clausura y sensaciones de rechazo. Herramientas para apestar a las ciudades que sufren epidemias; no para cuidarse de la enfermedad y la muerte, sino para darle espacio y realidad material a nuestro miedo al contagio. La expresión “ciudad apestada” hace referencia a un vocabulario e imaginario colectivo generado por la peste en varios lugares y en distintas épocas, pero no es un equívoco usarla para hablar del modo en que solemos hacer experiencia de las epidemias porque precisamente la imagen de la ciudad apestada lo retrata bien. Ya que nuestra experiencia no se configura específicamente en función de la enfermedad que sea el caso, sino en la forma cómo se configura a través de nuestros más complejos temores ligados a la simple posibilidad de contraer o enfermar porque la ciudad ya está enferma.

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De hecho, al principio no relacionamos la muerte provocada por una enfermedad con la emergencia de una epidemia, sino hasta que logramos comprender que la verdadera peligrosidad de una enfermedad contagiosa capaz de provocar el deceso de muchas personas a nuestro alrededor —es decir, en nuestro entorno más inmediato— consiste precisamente en que se trata de una enfermedad contagiosa y no necesariamente de una enfermedad mortal. Ya que en ese momento la experiencia ordinaria y común de morir por enfermedad, a la cual estamos acostumbrados desde niños, queda relegada de inmediato a un segundo lugar frente a la articulación de un conjunto de sospechas, conjeturas y especulaciones sobre su posible transmisión cuerpo a cuerpo. Es entonces que la experiencia de nuestro espacio vital se transforma radicalmente, pues mediante la abrupta e inesperada transformación de nuestra conciencia del espacio que habitamos es como de pronto sabemos, con un alto grado de certeza, que el mal al que nos enfrentamos es el mero contagio. Al que podemos entender como una forma expandida de la enfermedad que amenaza simultáneamente tanto a la vida biológica como a la vida humana en toda su complejidad cultural. Incluso también así es como llegamos a darnos cuenta de que no toda enfermedad contagiosa es necesariamente mortal, a no ser por la ignorancia que tenemos sobre ella y, por supuesto, sobre su mejor tratamiento médico; posible remedio o antídoto.

Las epidemias, por lo tanto, son la diseminación de una enfermedad contagiosa sobre un territorio, es decir, sobre un espacio configurado culturalmente como un espacio vital, por lo que también podemos entenderlo como un espacio apto o propicio para el desarrollo cotidiano de la vida humana. Pero no solo como un mero hecho biológico, sino sobre todo como un acontecimiento cultural, ya que se trata de un espacio común que habitamos juntos, todos los días, para obtener o producir nuestro sustento vital, aunque se tenga que enfrentar y superar muchas dificultades en el proceso; con base en las ventajas que implica la compleja y frágil sociabilidad humana, y no solo a partir de la mera riqueza o abundancia de recursos de la Naturaleza. Esta construcción social del territorio implica, por lo mismo, una institución de derecho sobre los recursos naturales y los bienes culturales que tienen lugar en un espacio determinado. A partir de la cual se configura la experiencia político-jurídica de una vida humana donde recae el mal de una enfermedad contagiosa. De este modo, la experiencia de una epidemia nunca es una vivencia personal, sino una vivencia común o compartida de todos los habitantes de un territorio, que se ha visto afectado inesperadamente por la diseminación de una enfermedad, independientemente si es realmente mortal o no. Se trata, por tanto, de una experiencia de la modificación altamente significativa en las relaciones instituidas y normalizadas entre un territorio y su población.

Vale la pena preguntarse: ¿Por qué las epidemias tienen tal poder de destrucción sobre la vida humana? Seguro no es por los cuerpos enfermos y sin vida que van dejando a su paso. A partir de las consideraciones anteriores, podemos afirmar que los mayores estragos provocados por una epidemia siempre se ven reflejados, ante todo, en la destrucción del espacio o de las diversas formas de espacialidad que ha producido un determinado modo de vida humano; debido a la diseminación de la enfermedad y la muerte que hace posible el contagio. El poder de destrucción de una epidemia radica en su capacidad de movimiento sobre un territorio a través del contagio, ya que dicha movilidad está basada en el modo como las condiciones de convivencia social de una determinada población terminan por favorecer o no el contagio de una enfermedad. Así que cualquier remedio que se procure para contener los estragos de una epidemia, inevitablemente debe buscar la destrucción de las condiciones de convivencia social que hayan favorecido a la diseminación de semejante mal y, al hacerlo, resulta inevitable la transformación significativa de todo un modo de vida. Excepto, claro está, cuando la enfermedad contagiosa termina integrándose a dicho modo de vida por dejar de representar un peligro de muerte por contagio. Por ejemplo, cuando la población afectada por fin ha logrado una cierta inmunidad, o porque aun representando un evidente riesgo mortal, la enfermedad termina siendo asimilada a los riesgos ordinarios del hecho de estar vivos, frente al hecho ineludible de la muerte, antes que cambiar algún aspecto del modo de vida afectado. En el primer caso, la solución se presenta como parte de un proceso natural que depende por completo de la letalidad de la epidemia y el resultado nada tiene que ver con los esfuerzos humanos. En el segundo caso, no hay solución natural ni médica, sino un absoluto fracaso humano y el resultado es el autoexterminio de la población afectada y la completa aniquilación de su territorio y, por lo tanto, de su modo de vida.

En su expresión más inmediata y mínima, las epidemias afectan al territorio de una ciudad y es cuando vemos emerger la simbólica completa de la ciudad apestada. Pero las epidemias también pueden diseminarse por regiones más extensas cuando el modo de vida de la población afectada abarca formas de territorialidad más complejas, y es ante ese riesgo de diseminación que se activa la simbólica de la ciudad sitiada para contener la peligrosidad territorial del contagio epidémico. Por otro lado, cuando las condiciones combinadas de letalidad y mortalidad de una epidemia son completamente fatales y no logran controlarse o variar médicamente, la diseminación de la enfermedad por vía del contagio se convierte en una pandemia como la que estamos padeciendo actualmente, en la que la humanidad entera se ve afectada con independencia del territorio, poniendo en riesgo toda forma de cultura humana y abriendo incluso la posibilidad de la extinción de la especie.

Ciudad de México, 2 de octubre de 2020.

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