La nueva agonía de Filoctetes

Jorge Andrés Calvo Chávez

La desventura de Filoctetes ha reverberado de forma persistente a lo largo de los años desde que fue plasmada en las páginas que constituyen el poema épico del asedio, y posterior destrucción de la ciudad de Ilión o también conocida bajo un nombre más popular, Troya. La historia ya es conocida. Él no tomó por asalto las playas troyanas, debido a que Filoctetes “[…] yacía padeciendo agudos dolores en la isla muy divina de Lemnos, donde los hijos de los aqueos lo dejaron en penoso estado por la cruel herida de una maldita culebra.”[1] De ser un comandante ávido por la guerra, la herida lo redujo a una mera sombra del hombre que era. Un cuerpo que se encuentra suspendido entre la convalecencia y la muerte. Es imposible, que quien sufra de tal manera, sea capaz de valerse por sí mismo. Depende de la bondad y el compromiso del otro. Tal lección, Filoctetes, la aprendió de forma cruenta:

En compañía de mi mal, hijo, aquéllos me dejaron aquí solo y se marcharon una vez que atracaron aquí con la flota naval procedentes de la marina Crisa. Entonces, tan pronto como vieron que yo estaba durmiendo después de la fuerte marejada, junto a la orilla, en una abovedada gruta, contentos me abandonaron y se fueron tras dejarme, como para un mendigo, unos pocos andrajos y también algo de alimento. ¡Mínima ayuda que ojalá obtengan ellos! ¿Imaginas tú, hijo, qué clase de despertar tuve entonces de mi sueño, una vez que ellos hubieron partido? ¿Qué lágrimas derramé, de qué desgracias me lamenté al ver que las naves con las que había hecho la navegación se habían ido todas y que no quedaba en la región ni un hombre que me socorriera, ni quien pudiera tomar parte en mi dolor cuando sufriera?[2]

El amargo lamento de Filoctetes corresponde tanto al malestar físico que le achaca, así como al hecho de haber sido abandono en una isla desierta por parte de sus camaradas en armas.

Cada una de estas heridas le duele a su manera, la física; al supurarle, y la anímica; al saberse abandonado por el otro. ¿Cuál de estas dos heridas es la más peligrosa? Si se toma en cuenta únicamente la mortalidad por sí misma, la respuesta deberá ser sencilla, el malestar físico es capaz de darle muerte, mientras que el anímico no. No obstante, si este enfoque se amplía y se toma en consideración cómo se afecta la vida en sociedad, entonces, se deberá afirmar que será la anímica, el saberse abandonado. Explicaré a lo que me refiero.

El acontecer de la muerte se caracteriza por poseer una naturaleza tajante e irreversible, pero los complejos ritos fúnebres que le siguen de cerca a este fenómeno permiten estrechar lazos afectivos dentro de la comunidad. La muerte es inevitable, pero el morir cobra relevancia en una vida en sociedad. En contrapartida, el abandono por sí mismo no produce la muerte, pero sí la desaparición del fundamento de la vida en comunidad, esto es, la preocupación genuina por el bienestar del otro. Si esta confianza básica desaparece, y la muerte tarde o temprano acontece, habrá una diferencia fundamental, a saber, que ya no habrá sollozos que atestigüen la significancia de este evento.

El abandono trastorna y perfila las acciones que la persona en sociedad es capaz de llevar acabo en aras de su propia seguridad. Los marineros deciden exiliar a Filoctetes en una isla desierta como una medida profiláctica. Tal apreciación resuena con eco propio en la época de la vida en la pandemia del SARS-Cov-2. En los tiempos actuales, así como en la era retratada en la tragedia de Sófocles, es posible trazar ciertos paralelismos que siguen vigentes respecto al trato con aquel que es considerado como nocivo o infeccioso. El punto más notorio de este paralelismo se encuentra en el distanciamiento con aquel que es designado como indeseable. Hoy en día, es común leer noticias como la siguiente: “[…] los encargados de laboratorio no quieren tomar pruebas, porque no quieren infectarse. Y los radiólogos no quieren tomar tomografías ni ultrasonidos. Y eso no nos permite atender a los pacientes y al mismo tiempo hace que todo colapse.”[3] Esta necesidad de poner distancia de por medio entre el enfermo y el otro también se encuentra presente en la actitud de los marineros cuando llegaban a entablar conversación con Filoctetes, en la isla despoblada que habitó por 10 años, ya que éstos se limitaban únicamente a ofrecerle “[…] por lástima algo de alimento o alguna prenda de vestir, pero ninguno quiere, cuando yo le hago mención de ello, llevarme sano y salvo a mi país”.[4]

La suerte de Filoctetes se renueva hoy en día en cada caso de coronavirus en el que se busca limitar la proximidad con el enfermo, aunque éste ya se haya curado. Pareciera que el abandono de Filoctetes y el del enfermo en la época de la pandemia pueden ser reducidos a la misma figura; sin embargo, hay una sutil diferencia que abre abismos entre estas dos alusiones. ¿En qué estriba dicha diferencia?

La cura de Filoctetes proviene de la intervención divina de Asclepio, por mandato de Heracles, y de Neoptólemo, que con su interés genuino por la salud de Filoctetes ha renovado la confianza de éste para vivir de nuevo en sociedad. En nuestra época, el estigma del coronavirus, avivado por el miedo y el desconocimiento, trasciende los límites de los juicios racionales, pues se califica como infeccioso no solamente al enfermo, sino que también a todo aquel que se haya encontrado en proximidad de éste, aunque no hubiese contacto directo. “Hasta el 27 de abril se registraron México al menos 47 ataques contra trabajadores sanitarios, particularmente enfermeras, pero también médicos y limpiadores, según cifras oficiales del gobierno mexicano.”[5] El abandono no se materializa de forma literal, como en el caso de Filoctetes, sino que es más terrible y cruento, pues uno se sabe abandonado en el mero seno de la sociedad porque ésta le rehúye. Ya no hay procesión hacía el destierro, el abandono se materializa por medio de la indolencia del otro. No hay islas desiertas, hay ciudades vastas e inexorables que se inmutan frente a la vulnerabilidad del enfermo. No hay un retorno a la vida en sociedad, nunca se le dejó, sino que ésta simple y sencillamente se desintegró. No habrá distinción entre morir en despoblado y en sociedad.

Ciudad de México, 4 de octubre de 2020


[1] Homero. La Ilíada. Trad., Emilio Crespo, Gredos, Madrid, 1991, p, 146. (Canto II, vv. 720-725).

[2] Sófocles. Filoctetes en Tragedias. Trad., Assela Alamillo, Gredos, Madrid, 1981, p, 451. (Filoctetes, vv. 271-283)

[3] https://www.animalpolitico.com/2020/05/cirujanos-niegan-atender-pacientes-covid-nos-estan-abandonando-acusan-internistas/ consultado el 2 de octubre de 2020.

[4] Sófocles. Filoctetes… Op. Cit., p, 452. (Filoctetes, vv. 308-310)

[5] https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-52710304 consultado el 2 de octubre de 2020

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