Habitar en tiempos de Pandemia (XVII)

José Antonio Mateos Castro

Sin duda alguna, la pandemia que habitamos, además de las múltiples contradicciones en el ámbito público y privado, nos ha enfrentado a algo que el homo sapiens no integrado y enfrentado plenamente en su mundo, el carácter finito de su existencia, su horizonte inevitable, es decir, su muerte. Aquello que nos da un sentido general de nuestro existir.  Situación ontológica -querámoslo o no- que nos atañe a cada uno de nosotros, ya que es esta certidumbre lo que nos humaniza, lo que nos hace humanos.

Empezamos a pensar la vida seriamente, ahora que el virus nos acecha, tenemos conciencia en cierto sentido de nuestra condición finita, mortal. Esto es lo que irremediablemente nos corresponde y que hoy seguramente muchos de nosotros vemos tan cerca en nuestros espacios cotidianos en donde nos movemos, porque sabemos que de ella –la muerte– no tenemos escapatoria, pero del virus tal vez logremos o hemos escapado por el momento. ¡Qué cosa tan rara y terrible, tan peligrosa e incomprensible! Pero, sobre todo, qué cosa tan humana. Cuestión que sin duda nos provoca angustia; una sensación de inseguridad que se percibe como amenazante.

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Tenemos un cuerpo que fluye y que se desgasta en el tiempo, sin embargo, ante tal certeza, podríamos tomar una actitud cínica e inclusive estoica; por un lado, considerar que el ser humano no tiene que preocuparse por la salud, ni el sufrimiento ni la muerte; por el otro, pensar que tanto la enfermedad como la muerte son acontecimientos que ocurren por necesidad, por lo tanto, tendríamos que reconciliarnos con el destino, con la naturaleza. O inclusive, pensar como los epicúreos, que para poder vivir una vida feliz es muy importante superar el miedo a la muerte porque ella no nos concierne, “Pues mientras existimos, la muerte no está presente, cuando llega la muerte nosotros ya no existimos”, por lo tanto, nadie se ha puesto nunca triste por estar muerto. Bien lo decía también Ludwing Wittgenstein en su Tractatus lógico-filosófico: “La muerte no es un evento de la vida: no se vive la muerte”.

Sin embargo, la pandemia ha instalado una escenografía de números, estadísticas y metodologías por parte de los gobiernos, para medir la ausencia de seres y amigos queridos en este contexto de crisis sanitaria mundial. Nos ha despojado vidas de nuestro horizonte y ha impuesto el silencio y la ausencia; la tristeza y el duelo en la distancia. Y seguramente, tememos y nos angustiamos por no caer de nuestro aquí y nuestro ahora.

Culturalmente el homo sapiens siempre ha buscado alcanzar la inmortalidad, ya sea, en el más acá o en el más allá –profano o religioso-, ya que donde la muerte ha puesto olvido y desaparición, el hombre pone memoria y monumento; donde puso silencio, el hombre pone comunicación y música; donde puso insensibilidad, el hombre pone nuevas sensaciones y placeres; donde ella iguala, instala diferencias y jerarquías; donde todo lo extingue, el hombre fomenta la inmortalidad. Hemos construido un mundo simbólico y material que nos permite depositar nuestros temores y nuestra inseguridad. El ocultamiento de la finitud funciona para calmar al angustiado “animal racional” que somos. Y es precisamente en la cultura y en la sociedad donde se encuentra la posibilidad de olvidar y de alargar nuestra condición finita.

En ese tenor, Ortega y Gasset afirmaba en La rebelión de las masas que “la vida es un caos donde uno está perdido y el hombre lo sospecha, pero le aterra encontrarse cara a cara con esa terrible realidad, y procura ocultarla con un telón fantasmagórico donde todo es transparente.

Pero, por el momento nuestra temporalidad está amenazada por el virus –y por otras situaciones que vivimos en el país y el mundo–, situación que nos revela el incierto y frágil horizonte de nuestra condición humana, misteriosa e indeterminada; mezcla de certidumbre e incertidumbre, a veces las dos cosas a la vez; es en esta coyuntura en donde todo se torna cuestión de vida o muerte. Estamos en cuanto temporalidad finita, inmersos en la muerte, al fin y al cabo, la muerte es lo serio en todo azar, porque lo que está implícitamente en juego en nuestra vida.

Vivos y muertos hemos sido y somos víctimas del virus, situación que nos llevaría a reconstruir nuestro sentido de vida y de nuestras relaciones humanas con el mundo y los otros. Vivimos bajo la amenaza de la muerte y en la esperanza de sobrevivir, porque somos “seres posibles”, potencialmente ser y no ser; “mortales los inmortales”, como afirmó Heráclito.

Ciudad de Tlaxcala, México, 8 de octubre de 2020.

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