Ausencias

Fidel Mora Rodríguez

En el día que escribo México acumula más de setenta mil muertes a consecuencia de la pandemia provocada por el virus COVID-19. Al momento las muertes se siguen acumulando. Una de las notas que llaman mi atención en las noticias es que esta situación triplica el número de muertos registrado en el mismo tiempo en años pasados. Día a día el noticiario matutino actualiza el número de muertes y contagios, pero qué lejos están los números de poder trasmitir lo que significa la muerte, la finitud humana.

En la carta a Meneceo Epicuro aconseja a su joven amigo que no sé preocupe por la muerte, ya que, cuando ella está tú no eres y cuando ella es, ya no estás (59).

Uno de los temas más importantes para la filosofía es la muerte: el ser humano es un ser finito, es mortal. Y, aún más radical, se dice que la filosofía es una preparación para la muerte. Pero, ¿qué quiere decir que el ser humano sea un ser finito? En primera instancia, quiere decir que es consciente del hecho de que algún día va morir, que su vida es un constate ir a la segura muerte y, por ende, un ser incompleto en constate búsqueda de proyectos y satisfacciones que algún día quedaran inconclusos. Pero también que se queda con sus muertos, que su mundo es un mundo lleno de ausencias (Melich).

El fenómeno de la muerte es una de los más complejos de hablar, ya que no vivo mi muerte, no puedo vivenciar mi muerte. Y, no obstante, vivimos a partir de esta experiencia, somos seres temporales porque damos cuenta de que algún día vamos a morir, porque anticipamos nuestro fin de manera necesaria. Nos vemos en un horizonte que aparenta ser infinito, pero damos cuenta de que no lo es. Nos vemos como un tiempo donde puede ser creador de sí mismo pero que tiene un fin concreto. El humano entiende que está en el tiempo y que, a su vez es arrastrado por él, en otras palabras: “el hombre entiende el tiempo como tiempo y esto quiere decir: como el horizonte creador y anonadador de su ser” (Fink 70).

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A partir de la experiencia de la muerte que, como decía antes, no podemos vivenciar de manera directa o lo hacemos de manera tan radical que no la podemos describir. Lo único que nos queda es describirla a partir de muerte del otro, de ese impacto que nos provoca ver un cadáver. Al ver un cuerpo hay estado de estupor, de desasosiego, vemos el cuerpo del familiar, del amigo, pero no los vemos a ellos. El cadáver no es un otro, el otro lleno de posibilidades, pensamientos y pasiones. En el cadáver falta algo, falta ese ser antes familiar y, sin embargo, lo estoy viendo, creyendo que al menos queda algo de él. En el cadáver hay una ausencia y es por ello que pertenece al mundo de los vivos. Somos los que quedamos los que nos hacemos cargos del cuerpo de modos variados, según la costumbre ritual del lugar donde nos tocó nacer.

En ese ritual podemos observar el hecho de que la interpretación de la muerte es un rasgo fundamental de cada sociedad. Es decir, todas las sociedades tienen sus modos y sus formas de quitar del mundo de los vivos el cadáver, de alojarlo en algún otro, dándoles la última morada donde los acompañarán. Y, a su vez se arraigarán a lado de esa última morada, es decir, se quedarán a lado de sus muertos, continuarán con su vida siempre a lado de sus muertos. De aquí que el culto más antiguo, el uso más antiguo y las relaciones vitales más antiguas se vinculan con la interpretación de la muerte (Fink 74). Por lo tanto, la sociedad se vincula de manera muy especial con la muerte y, gracias a ella, hace asentamientos, monumentos, su tumba se llena de símbolos. La celebra, la llora, en pocas palabras vive con ella desde sus inicios.

Es por ello que la muerte es para los vivos, es decir, al no poder vivir mi muerte no tengo más remedio que dar cuenta de la de los demás, así como alguien dará cuenta de la mía. El muerto, el cadáver es para los vivos, para sus dolientes, ellos son los que necesitan un consuelo y una despedida. Las sociedades interpretan de diferentes maneras esté hecho fundamental, pero en todo caso es necesario un ritual que ayude a despedir (quitar del mundo de los vivos) al muerto para poder continuar con su vida. Pero ese seguir con su vida no es el mismo hay una ausencia que enmarca el mundo de los vivos, es decir, la ausencia simbra de alguna u otra forma el estar en el mundo. (Es por ello que la desaparición y secuestro, en donde no encontramos el cadáver, son tan dolorosas y desesperantes, ya que no se tiene el consuelo del ritual fúnebre ni se puede apelar a la ausencia, como esa presencia del que ya no está, como una rememoración de lo que fue. Hay ausencia porque hay un testimonio de un otro que nos ha marcado (Melich 91). La incertidumbre es la causa de desesperación cuando no se tiene un cuerpo el cual de testimonio y al mismo tiempo permita un olvido.)

Decía en el primer párrafo que el mudo está lleno de ausencias, y ahora voy a intentar justificarlo. Como vengo argumentado la muerte es principalmente para los vivos, sólo damos cuenta de la muerte a partir de la muerte de otro. Con ello, la muerte se ha interpretado de diversas maneras y cada cultura tiene sus propias formas de lidiar con sus muertos, pero se queda con ellos, es decir, se establece cerca de sus muertos. Es por ello que el mundo humano es un mundo lleno de ausencias, de testimonios, del recuerdo del que ya no va a regresar. En ese sentido la historia es un perpetuo recordatorio de que nuestro mundo está lleno de ausencias. Tenemos nuestros muertos, en los altares, en los panteones que visitamos y días especiales los velamos porque nos dejaron algo.

La pandemia por el Covid 19 no inventó la muerte, pero ha cambiado las formas de vivirla. Por ende, hay que tomarnos el tiempo para pensar maneras más amables de llevar el luto de los más de setenta mil muertos. Y, quizá, más importante, nuevas formas de acompañar al contagiado y a su familia, que en muchos casos se tienen que conformar con una urna con cenizas, tan sólo unas horas después de haber internado a su ser querido aparentemente no tan grave.  Recordar que no sólo es un muerto más por causa de un nuevo virus (ente sin voluntad ni interés) que apareció por azar, tal vez para recordar que el humano es presa del azar, de ahí su finitud incierta, no sabe cuándo va morir.

Y es por ello que cabe preguntar: ¿qué podemos aprender de esta pandemia? ¿Qué nos van enseñar las más de setenta y cinco mil muertes (número actualizado al día que termino mi escrito) que va acumular la propagación del virus?

Toluca, México, 28 de septiembre del 2020.   

Referencias

Epicuro. «Carta a Meneceo .» Epicuro. Obras completas . Barcelona : Altaya, 1995. 57-66.

Fink, Euhen. «Los fenómenos fundamentales de la exisetncia humana.» Observaciones filosóficas (2011): 1-285 .

Melich, Joan-Carles. Fílosofía de la finitud. Barcelona : Herder , 2012.

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