Filosofar con Albert Camus: crónica de la humanidad en tiempos de COVID-19

Sarah Zanaz y Carlos Espíndola

¿Qué es lo que buscamos cuando leemos, o releemos, La peste publicada en 1947? Si las ventas de esta novela han incrementado,[i] es porque el coronavirus es una peste, es cierto, pero también porque nuestra peste humana no ha perdido vigencia; al contrario, parece ir en franco aumento. En este contexto, cada uno de nuestros países es Orán, la ciudad argelina ubicada al oeste del país, que acogió la vida y la ficción de Albert Camus. Aunque Camus había hecho una alegoría del nazismo; aunque La peste surgió como una respuesta al trastorno que provocó la Segunda Guerra Mundial; aunque se ubique en Orán, el autor existencialista anticipó de una manera grandiosa y universal las plagas que reducen el hombre a su cobardía o a la muerte y ofreció el mejor catálogo de nuestros comportamientos. Su disección de la psicología humana es tan impresionante en precisión y se da a la relectura, inevitablemente, donde nos vemos, inevitablemente, ante un espejo.

Sin duda, existe una fascinación por los registros del pasado que parecen narrar un suceso semejante al que nos enfrentamos. Pero, esta fascinación no es gratuita, en el fondo subyace nuestra enfermedad por tener el control, todavía más cuando se trata de controlar aquello que aún no sucede. No hay síntoma que mejor defina la enfermedad de nuestro siglo: la incertidumbre. Este malestar generado por la carencia de certezas sobre el futuro nos obliga a recurrir a diversos medios, aún los más absurdos, en busca de respuestas, sobre todo en situaciones límite que nos encaran con nuestra finitud. Esto, sin embargo, no es un fenómeno nuevo ni mucho menos, parece un mal innato, en dado caso es un mal de fábrica. Ya los testimonios de siglos pasados nos hablan de profetas, oráculos, hechiceros y otras entidades de la naturaleza a quienes recurrían los mortales para conocer el desenlace de sus días.

El propio Camus, en La peste, refiere la cantidad de supersticiones que practican los pobladores de Orán con tal de tener una certeza sobre su vida: el horóscopo, las suertes, la lectura del café… Nuestras sociedades occidentales, casi cien años después, no son diferentes. Si algo ha sobreabundado en esta pandemia es todo tipo de pronósticos, acaso la diferencia radica en la diversificación de oráculos: ahora también la ciencia y la técnica se han posicionado como fuentes privilegiadas de todo saber. Hoy exigimos a los científicos todas las respuestas y, no solo eso, también la salvación. ¿Cuándo acabará la pandemia? Preguntamos a nuestros sabios. Tampoco lo saben, pero sabemos que trabajan en una cura, aunque sin salvación, porque como menciona el Dr. Rieux, protagonista de La peste: la ciencia, si es honesta, solo puede ofrecer la cura, pero nunca la salvación. Así, los pobladores de Orán, tanto como nosotros, parecen estar condenados a un lugar amurallado en el que, irremediablemente, morirán. Esta experiencia de la que Camus habló tanto: el exilio (nuestra vida ante la muerte y la falta de certezas se desvela como el exilio más penoso de todos) ese que Sísifo experimenta todos los días al caer la piedra.

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Quizás, una de las pocas diferencias que tenemos respecto a los oranenses es que ellos no agotaron ninguna obra literaria durante la peste, en cambio, nosotros sí. Pero, ¿puede la literatura darnos respuestas sobre lo que vivimos? No. Cuando Camus escribía su novela no pensaba en el coronavirus que aparecería en un plato de sopa de murciélago, no pensaba en hacer de su obra un manual de respuestas ante futuras pandemias. Ni siquiera una cartilla moral lista para usarse en caso de epidemias. En cambio, Camus buscaba aproximarnos a otro problema invisible todavía más que aquel que producen los virus. Si bien hay cierta literatura que consuela, la obra de Camus resulta, en este sentido, una obra profiláctica, es decir, busca llegar a la herida e incomodarla al punto que nos duela. Incluso, de tanto dolor, percibir nuestro estado herido y, quizás putrefacto, como los enfermos de Orán. Entonces, y solo entonces, será posible purificar la herida.

Así pues, seguramente, muchos ávidos lectores de La peste se habrán decepcionado al no encontrar ninguna certeza, ningún modus operandi de las epidemias, sobre todo porque una fue producida por un bacilo mientras que la otra lo fue por un virus. Sin embargo, un ojo atento habrá descubierto en esta obra un camino que nos aproxima a las profundidades humanas, virtud meramente catártica. De modo que, a lo largo de la novela y en diferentes momentos, llegamos a experimentar la incomodidad de la cura. Así, de manera tan delicada y magistral como solo la pluma de Albert Camus puede hacerlo, iniciamos un viaje dantesco a través de los infiernos, que son nuestros infiernos, que son los mismos abismos prefigurados en cada callejón de Orán aquellas noches de verano, en cada soledad radical, en la desesperación por huir con el ser amado en la injustica, en la mentira, en los niños que mueren, en la mirada vacía del otro y del Otro. Esta inoculación que supone la asimilación de la obra camusiana reproduce anticuerpos que confrontan nuestra propia naturaleza egoísta, ese mal sin remedio. Porque La peste es, sin lugar a dudas, la novela del Mal y de las respuestas humanas frente a las variaciones de éste.

“La enfermedad nos hace hombres”, dice uno de los personajes de La peste. En ese sentido, la enfermedad es cura para la enfermedad que supone la sobrevaloración de sí y de la especie. Sólo a partir de la honestidad más radical es posible construir una verdadera solidaridad, virtud modesta en comparación con las virtudes exaltadas por nuestras narrativas y, sin embargo, vital para la construcción de un mundo habitable y humano, no solo entre los de nuestra especie, sino entre todas las especies que habitamos este planeta, pues la solidaridad es una onda que se extiende a todas las especies y ambientes. Finalmente, la solidaridad, como auténtica metanoia, es condición de posibilidad para la supervivencia humana. La soberbia, como critica Camus, nos ha conducido irremediablemente a nuestra propia destrucción, ha configurado el sentimiento más ruin como aquel que motivó al nazismo y como aquel que sigue motivando a los feminicidas, a los fanáticos, a los intolerantes a poner su ser en el lugar del absoluto. El grito de Camus es un grito solidario, que busca incomodarnos, sí, pero con ello busca de nuestra parte una respuesta. Sin solidaridad, Orán hubiera sido exterminada por la peste.

El SARS-CoV-2 retoma al pie de la letra los primeros capítulos de la ficción de Albert Camus. Releer a La peste es un poco como releer un breviario de sobrevivencia para la mente, mientras esperamos a una vacuna para el cuerpo. En efecto, gracias a esa lectura, aprendemos a evitar el ridículo de las esperanzas precipitadas. Para el COVID-19 como para la peste, se trata de aislamiento, de separación dolorosa de los amantes y de las vidas, de las paredes alrededor de la ciudad, del pánico, de la desinformación y de la humildad de héroes anónimos, o de lo absurdo en general.

Sin embargo, la nueva relectora que soy busca en La peste no solamente la anécdota y la actualidad, sino más bien la esencia de la catástrofe, y como nos puede ensombrecer o iluminar, cómo nos puede afectar, no a nosotros mismos sino a los que amamos, como nos puede llevar a la cobardía como al heroísmo.

Albert Camus describía, con mucho talento, lo que padece el ser humano en tiempos de confinamiento: la mediocridad de la existencia, de la gente, la voluntad de acapararse de todo. Pero si solo fuese eso, La peste no sería mucho más que una crónica realista de la humanidad. Camus nos da mucho más que eso: todos los personajes se diferencian por tener una apreciación distinta del fenómeno de la peste. Sin embargo, todos se encuentran en algo muy preciso: que seamos cobardes o valientes, buenos o malos, egoístas o altruistas, siempre hay una manera de superar la calamidad y eso es ayudando a los demás, que seamos doctores como Rieux, o periodistas como Rambert. Con El extranjero, El mito de Sísifo o El malentendido, Camus realizaba su “Ciclo del absurdo”. Pero con El hombre rebelde, Los justos y La peste,Camus empezó un nuevo ciclo, tratando de superar al absurdo: es el ciclo de la rebeldía.A través de La peste, Camus se opone a los pensamientos nacionalistas y soberanistas que acampan sobre lo inmutable. Nos dice: la única manera de sobrevivir es considerando que nada es inmutable, ni siquiera la peste. A este precio podemos sobrevivir o no, pero por lo menos evacuamos al miedo.

Escribir nuevos mañanas 

El catálogo que nos ofrece Camus nos permite vivir nuevos papeles: el pesimismo nunca nos había llevado a puerto más seguro como el de esa tierra firme de las pequeñas verdades, aquellas que podemos reconocer en el día a día, sin aspirar nuevamente a los grandes relatos. La primera verdad es nuestro cuerpo que requiere ayuda, la siguiente verdad es el rostro del otro, su corporalidad o ausencia, el aire que envuelve nuestro rostro, el abrazo materno, el grito de alguien enfermo… Todas estas cosas constituyen una serie de verdades reconocibles de las cuales somos capaces. Reconocer esto supone también el reconocimiento personal y, con ello, nuestros límites. No obstante, sucede que en estas formas de reconocimiento, en estos actos humanos de desprendimiento de sí mismo, se diluye también nuestro miedo por ser limitados. Nada perdemos cuando lo damos todo, así Camus escribía que “la verdadera generosidad consiste en darlo todo al presente”.

En contraste, quien vive en el miedo constante a perderse, a desaparecer, a ser menos, es realmente quien vive acotado por estos miedos, como el malicioso Cottard quien vive a partir de las desgracias de los otros. Este personaje aparece en la novela en el momento en el que busca suicidarse. Esta escena es clave porque nos indica que realmente es un hombre rendido que no sabe enfrentar la vida y se ve reducido a un ser pusilánime que sobrevive lucrando con las necesidades ajenas, buscando sus placeres mezquinos sin comprometerse con los demás, pero es que en realidad este hombre ya está muerto, su humanidad yace postrada como los muertos apilados víctimas de la peste. Este tipo de gente, quienes vuelcan su vida en una proyección de superioridad, quedan finalmente atrapados en su vanidad. Orán no es un escenario azaroso, sino la perfecta metáfora del individuo vanidoso, superficial y árido de ideas, que no tiene tiempo para pensar su muerte. Orán es la fábula que representa el peligro de vivir amurallado.

Camus nos exhorta a no caer en ninguna esperanza ingenua, pero ello no significa la pasividad de quien espera la muerte feliz, sino, todo lo contrario, la lucidez sobre nuestra propia muerte, es decir, sobre nuestros límites, puede llevarnos a una sola cosa: la rebeldía. El rebelde afirma al tiempo que niega, construye allí donde parece imposible y contra toda esperanza busca hacer lo posible para erradicar el sufrimiento de la faz de la tierra, esa mancha que evidencia nuestro fracaso como especie. El Dr. Rieux sabe que tiene todo en contra: el tiempo, las condiciones políticas, el egoísmo de la gente; no obstante, tiene claro que todo ese esfuerzo valdrá la pena si salva una vida más. Solo a través de la solidaridad los límites propios se extienden hasta los mismos límites de la comunidad y una comunidad con este sentido de solidaridad humana es invencible, no necesitará murallas para subsistir. Todo hecho por más atroz que sea no contribuirá al progreso humano si no entendemos esta antigua pero compleja lección: “Ya no había destinos individuales, sino una historia colectiva que era la peste y sentimientos compartidos por todo el mundo”.

Ciudad de Puebla, a 6 de octubre de 2020


[i] Le Point. « Coronavirus : l’épidémie fait exploser les ventes de La peste de Camus », 03/03/2020 :

 https://www.lepoint.fr/culture/coronavirus-l-epidemie-fait-exploser-les-ventes-de-la-peste-de-camus-03-03-2020-2365413_3.php (Consultado el 23 de Septiembre)

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