La ciudad sitiada en los relatos de una fantasía épica

Rafael Ángel Gómez Choreño

Gracias a películas como Las dos torres (The Two Towers, 2002) o El retorno del rey (The Return of the King, 2003) —ambas pertenecientes a la trilogía El señor de los anillos (The Lord of the Rings), dirigida por Peter Jackson—, o a series de televisión como Game of Thrones, muchas personas tenemos en mente imágenes completamente detalladas de lo que implica o puede implicar el drama humano de las ciudades sitiadas. Sin embargo, justo ahora que este tema se ha vuelto tan relevante por todo lo que hemos estado viviendo en tiempos de pandemia, debemos tener mucho cuidado con el impacto de este tipo de imágenes e imaginaciones en la intrincada configuración de nuestra sensibilidad y pensamiento frente a las múltiples complicaciones de nuestras circunstancias presentes, ya que a pesar de su impresionante realismo en pantalla —que bien podría hacernos creer, al menos por un momento, que hemos sido testigos de diversos acontecimientos fantásticos sólo porque los vimos y los escuchamos en pantalla—, debemos tener claro que no son más que fantasías que han logrado su montaje cinematográfico o televisivo gracias al arte o artificio de sus realizadores.

De cualquier forma, más allá de estas precauciones críticas —que no debemos ignorar bajo ninguna circunstancia—, resulta muy interesante todo lo que podemos aprender sobre los efectos de la pandemia en nuestras vidas a través de los procesos reflexivos que este tipo de películas o series pueden suscitar o facilitar, no tanto porque toquen directa o simbólicamente el tema de las enfermedades contagiosas o la muerte por contagio (que de hecho sí lo hacen), sino porque insertan el acontecimiento y desarrollo de ese tipo de realidades emergentes —o extraordinarias— en el relato fantástico de unos procesos de mayor complejidad, como lo puede ser el lento y casi imperceptible desarrollo de una guerra global que cae encima de los protagonistas y los atrapa inevitablemente o, como también puede serlo la desolación que produce en el ánimo de las personas, en medio de conflictos de esta envergadura, el constante asedio o estado de sitio de las ciudades donde vivimos. En estos complejos relatos de la fantasía épica contemporánea, pues, la mayor contribución para la reflexión consiste en hacer evidente que la amenaza y el drama que representan en lo inmediato la enfermedad y la muerte, sobre todo cuando cobran la forma de una pandemia o de una maldición que recae sobre todos los vivos, o incluso sobre todos los muertos, se convierten inevitablemente en elementos secundarios respecto a la gran trama de la que forman parte: la de una gran guerra que entreteje todos los destinos.

Así que resulta sumamente conveniente tomar en cuenta que la fantasía épica es un género de relato ampliamente cultivado por realizadores de cine y televisión, sobre todo en los últimos tiempos, para desarrollar la narración de un tipo de acciones heroicas con las que hermosas y poderosas ciudades pueden ser salvadas o destruidas sólo para garantizar el bienestar o el progreso moral de la humanidad, aunque ésta no sea más que una “humanidad fantástica”. Y esto sucede así, incluso con los relatos cinematográficos o televisivos que tratan sobre hechos históricos que realmente tuvieron lugar en un pasado remoto o en uno próximo, porque es algo inherente a la fabulación imaginaria que los hace posibles. Así que debemos tener mucha claridad acerca de que lo que hemos podido ver en pantalla no es necesariamente un retrato de la realidad, sino el montaje de unos relatos fantásticos de acontecimientos que sólo han tenido lugar en las pantallas, cuyas imágenes, sin embargo, de cualquier forma pueden ser muy útiles para reflexionar simbólicamente sobre todo lo que está sucediendo en el presente con nuestras vidas —como si se tratara de espejos donde podemos ver algún reflejo de nuestra propia imagen— porque tienen una extraña capacidad de dejar al descubierto el modo como suceden las tramas imaginarias de nuestros afectos en situaciones extremas de vida o muerte, incluso cuando no pueden sino mostrarnos el entramado imaginario de nuestras pasiones desatadas.

De cualquier manera, resulta conveniente no olvidar, bajo ninguna circunstancia, que ahí está ya completamente activo el imaginario colectivo que han generado, a nivel mundial, todas estas impresionantes producciones televisivas y cinematográficas, ya que, más allá de las aspiraciones artísticas de sus realizadores, debemos tener en cuenta que su montaje todo el tiempo estuvo compitiendo con él igualmente esforzado montaje periodístico de acciones y sitios de guerra que la comunidad internacional organizada le han impuesto a diversas ciudades, desde el comienzo de su asedio, hasta el último momento de su total rendición o aniquilación. Por ahora, poco importa si el punto de partida de todo esto fue o no la caída de las Torres Gemelas de Nueva York o la Guerra del Golfo Pérsico, empezando con la transmisión en tiempo real de la invasión a Kuwait, seguida de los intensos bombardeos a las ciudades iraquíes en respuesta y sanción por las injustas acciones de guerra de su gobierno y aliados en contra de la paz mundial; lo que sí importa y mucho, tanto teórica como metodológicamente, es que a partir de un momento en específico —que a pesar de sernos incierto, bien se podría precisar— todo el mundo pudo ver en “tiempo real” los sucesos de la guerra en su pantalla de televisión o en la de su computadora, y que fue de este modo, mucho antes de que pudiéramos ser capaces de cuestionar la realidad o verosimilitud de todos estos montajes periodísticos, empezó otro tipo de guerra, más bien de carácter mediático, entre diversos tipos de montajes disputándose la preferencia de los espectadores a nivel mundial; la cual, al parecer, van ganando los relatos de fantasía épica del cine y la televisión. Y, quizá, esto se explica fácilmente ya que no se necesita mucha ciencia para saber que las personas preferimos ver los relatos fantásticos de las ciudades sitiadas en las pantallas de cine y televisión, porque ahí nos las presentan como relatos bien construidos televisiva y cinematográficamente, con unidad narrativa, y justo sin las inevitables e irritantes discontinuidades e incongruencias de los burdos montajes periodísticos que nos presentan todos los días las grandes cadenas de noticias.

Photo by Luis Quintero on Pexels.com

Esto es lamentable, pero quizá no del todo. Las imágenes televisivas y cinematográficas de ciudades que han sido sitiadas en pantalla de un modo espectacular, por poderosos y monstruosos ejércitos, o por fuerzas completamente descomunales e invencibles, son imágenes que activan o promueven imaginaciones detalladas del sitio de una ciudad. Es cierto que la mayoría de las veces suceden en estas películas unas acciones bélicas casi sin transición temporal entre la ciudad sitiada y la ciudad devastada,pero también es cierto que muchas otras veces —siempre mediante sofisticadas técnicas narrativas muy propias del cine y la televisión— hemos podido ver cómo fue que algunas de estas ciudades pasaron de largos y tormentosos estados de sitio a la devastación total, sólo para hacer lamentable el dramático aunque remoto acontecimiento de su completa destrucción,  no porque éste haya sido producto de un intenso e inclemente asedio o estado de sitio, sino sólo por sus visibles resultados: sus mudas ruinas casi caídas en el completo olvido. Sin embargo, también es cierto que hemos podido ver en pantalla, a través de estos extraños relatos épicos, sobre todo en algunos casos muy específicos, las imágenes del complejo desarrollo del estado de sitio que unas “fuerzas oscuras” les han impuesto a las ciudades fantásticas involucradas en el relato, no necesariamente por medio de la fuerza directa de la batalla o el combate frontal, las cuales derivarían inevitablemente en el relato crudo e inmediato de su salvación o su destrucción, sino a través de la lenta exhibición del complejo entramado de las intrigas y negociaciones que siempre son necesarias para lograr en la guerra la derrota de los enemigos. Algo que jamás podríamos ver, leer o escuchar en los relatos periodísticos ni en sus complejos montajes noticiosos, ya que toda su sofisticación está diseñada y hasta estereotipada justo para no verse obligados a exhibir a los espectadores del drama humano más que los “hechos objetivos” de la historia.

De cualquier forma, podemos ver que las ciudades sitiadas retratadas por el cine y la televisión son, primero que nada, como en la vida real, ciudades emplazadas a enfrentar guerras ineludibles, inaplazables, en las que vemos a sus ciudadanos luchando guerras y batallas completamente asimétricas que no sólo amenazan con la destrucción total de la ciudad, sino con la aniquilación de todos sus habitantes. El problema con este tipo de imágenes televisivas y cinematográficas no es su carácter completamente fantástico, pues eso es parte de un juego de representaciones simbólicas que siempre pueden justificarse artísticamente, sino la confusión que puede generar el desarrollo temporal del sitio de las ciudades, pues justo éste tiende a desaparecer de la escena en pantalla para dar lugar a la detallada exhibición de los momentos más espectaculares de la marcha contra las ciudades sitiadas, es decir, justo en el momento del ataque final. Pero lo más importante de las ciudades sitiadas no es verlas convertirse en pantalla en unas ciudades devastadas mientras se desarrolla la gran batalla final, sino tratar de comprenderlas en su largo proceso de guerra como ciudades asediadas, es decir, como ciudades amenazadas, disputadas, atormentadas, divididas, agobiadas en sus confrontaciones internas, pauperizadas, agotadas, desesperadas, enfermas, aterrorizadas y sin esperanza. Éstas son, a final de cuentas, las imágenes con que se puede pensar el drama de unas ciudades que han sido lentamente derrotadas o destruidas en todo lo que ellas habían implicado como modos de vida apreciados en otros tiempos, mucho antes de comenzar la primera batalla, y mucho antes, por supuesto, de perder una guerra estrepitosamente.

Contrario a esto, es muy cierto que la Iliada —que es sin duda la pieza literaria que estableció el paradigma de lo que debe consistir el relato del largo estado de angustia y desgaste de una ciudad sitiada— nos explica la diferencia entre los largos años del sitio de Troya y los breves instantes en que tiene lugar su completa destrucción. De hecho, la distinción literaria servía para comprender que la ruina de una ciudad no necesariamente se sigue del largo estado de sitio, sino de fuerzas que escapan por completo de la voluntad humana. Por eso la ciudad sitiada era, desde un punto de vista literario, la imagen de una ciudad heroica con independencia de su destino final, debido a su inesperada capacidad de resistencia o a la fuerza mítica de sus fortificaciones, o a la fortaleza material de sus murallas, o a la eficiencia de sus defensas, ya fueran físicas, simbólicas o meramente estratégicas. Esto nos permite tomar en cuenta que quien plantea el sitio de una ciudad, pocas veces busca la destrucción de la ciudad, sino la derrota moral de sus habitantes, la renuncia voluntaria a los privilegios de su ciudadanía, para sujetarlos, ya vencidos, a un nuevo dominio político. Por eso, sólo cuando la ciudad logra resistir heroicamente el asedio, es cuando sus enemigos marchan en contra de la ciudad sitiada para destruirla por completo. Su destrucción es el castigo por la insolencia de su insumisión. Del mismo modo, cuando la ciudad sitiada logra resistir la marcha bélica de sus enemigos, se vuelve dos veces heroica. Lo cual, sin embargo, no la libra del estado de sitio ni de sus dramáticas implicaciones ni de sus múltiples consecuencias.

Ciudad de México, a 24 de septiembre de 2020

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