Meditando la pandemia. Entre el pesimismo y el porvenir

Fidel Mora

Extraño, poco común, anormal. Pero día a día la me acostumbro a esta situación. Las calles vacías son sorprendentes cuando estabas habituado a verlas llenas de transeúntes, siempre me pregunté a dónde iban, a dónde vamos: no lo sé. Ir al supermercado siempre me pareció tedioso y aburrido, en general cualquier tienda (exceptuando las librerías y las tiendas de música, el capital tiene espacio para todos los deseos). Ahora aparte me invade (me invadía, en los primeros días, para ser exacto) una sensación de ansiedad que usualmente no presentaba. El establecimiento parece más caluroso y la mascarilla quirúrgica me da una picazón que no entiendo. La lejanía con los demás no sé exactamente que me provoca, pero los rostros tapados me provocan una sensación de extrañeza.

Afuera las cosas son más complicadas aún: hay gente intentado sobrevivir al declive económico o una enfermedad nueva. Niños desesperados en el encierro o sin ninguna posibilidad de seguir estudiando, para ellos ya era complicado. Las noticias acentúan el descontento y desigualdad social de mi país. También casos de abuso de autoridad, por no colocarse la mascarilla o prohibir entrar a comunidades rurales, sólo se argumenta la prevención de contagios. Asimismo, casos de agresiones al personal médico y a personal de sanitización para prevenir el contagio de COVID-19 o de otras enfermedades como el dengue, por ejemplo. Ante ello me invade una sensación de desolación que intento soportar de la manera más estoica posible. No sin dejarme de preguntar ¿qué puedo hace?, ¿qué debo hacer?

Hablando de estoicismo Marco Aurelio decía: “Cada uno tiene tres géneros de dependencia con el espectáculo del mundo que nos rodea, el otro con la causa divina, origen de cuanto nos acontece a todos los seres; tercero, con nuestros contemporáneos” (106). En otras palabras: el ser humano se relaciona, inevitablemente, con la naturaleza o el mundo, tiene una conciencia de sí mismo y se relaciona con los otros, con sus congéneres. Para el estoicismo una vida plena era tener total conciencia y responsabilidad de estas tres relaciones. Marco Aurelio escribió sus Meditaciones mientras comandaba un ejército y veía los estragos de la guerra y aun así recomendaba que todas nuestras acciones fueran dirigidas en pro de la polis y los otro.

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Lejos de lo que se suele pensar Marco Aurelio no escribió las Meditaciones en una taciturna y melancólica noche en lo que contemplaba los estragos de la guerra y la ínfima condición humana, lo cual explicaría el tono pesimista del texto. Por el contrario, era un ejercicio común, entre los seguidores del estoicismo, hacer un examen de conciencia. Llevar un pequeño diario en donde se examinaban su día a día. En cual podemos observar que las fórmulas pesimistas son una serie de ejercicios espirituales practicados según la metodología estoica (Hadot 107).

Dentro de ellas podemos observar esferas de relación del individuo mencionadas antes y al mismo tiempo el necesario conocimiento de esas esferas para llevar una buena vida. Así, por ejemplo, es necesaria una aguda conciencia del ser humano y su relación con la naturaleza (la physis), por ello Marco Aurelio escribe: “Es menester tener siempre en cuenta estos principios cuál es la naturaleza del universo y cuál es la mía; qué relación existe entre ésta y aquella; que parte del universo soy y quien es él mismo” (Aurelio 19-20). Lo cual da como resultado la crítica una crítica al antropocentrismo, entendido como el ego humano; demasiado humano, de querer dar cuenta de todo y, por ende, ser dañado por ello. No obstante, la conciencia de esta relación nos recuerda que las cosas no son malas en sí mismas, sino que el hombre añade el bien y el mal en la representación del fenómeno (Hadot). Y, al mismo tiempo, que el lugar del individuo en el cosmos es ínfimo o insignificante, no ser más que un átomo del magnífico orden cósmico que constituye la naturaleza para los estoicos. Un ser que no está aquí más que un breve muy breve tiempo en comparación con los años de la naturaleza y el resto de la historia de humanidad. Por lo cual conviene recordar que: “en un abrir y cerrar de ojos no serás más que un poco de ceniza o un esqueleto, y un nombre o, tal vez ni un nombre. ¡Y el nombre mismo es un sonido vano, un eco! Lo que ha gozado, pues, de mayor aprecio en la vida es vacío, podredumbre, ruindad, picaros que pelean entre sí que tan proto ríen como lloran” (Aurelio 64).

Ser consciente de tu lugar en la naturaleza, de mi insignificante lugar, el ser consciente de que no soy más que un accidente me llevará a una vida tranquila. En otras palabras: si no soy más que un accidente por qué tomarme las cosas tan enserio (Cioran). Así me doy cuenta de la poca importancia de mi ser y de que sólo tengo que meditar los juicios para encontrar la tranquilidad en el mundo, ya que nada de la naturaleza es bueno ni malo por sí y me es licito no hacerme ninguna opinión de ello (Aurelio).

No obstante, no puedo dejar de pensar que formo parte de una comunidad y por más insignificante que sea, también en relación del devenir histórico, de cierta manera me debo a ella. La inferencia total ante los demás le fue imposible a Pirrón, el filósofo que pregonaba la ataraxia (la serenidad de espíritu) y la apatía (la indiferencia) salió enfurecido[i] en defensa de su herma ante las ofensas (Laercio 536). Marco Aurelio es aún más consciente de ello por eso aconseja que todas nuestras acciones sean en favor de la sociedad.

Las Meditaciones comienzan con un reconocimiento a los familiares, amigos y maestros de su autor. Con este gesto Marco Aurelio reconoce que se debe a sus congéneres (Hadot), no sólo a los que lo rodeaban sino también a antecesores históricos como es el caso de Epíteto, uno de sus más grandes maestros, ya que sus obras eran una referencia constante para él. Por ello escribe lo siguiente: “el carácter que predomina en la condición humana es la sociabilidad” (Aurelio 94). De aquí la necesidad de pensar mi relación con los demás, en palabras de Marco Aurelio: “pensar cual es la relación que me une a los mismos hombres, y que hemos nacido los unos para los otros” (Aurelio 155).

En esta situación la pregunta kantiana de ¿qué debo hacer? Cobra un sentido muy personal. Salir y caminar la ciudad, ver los noticiarios o leer los periódicos en esta situación no me es sorprendente, parece nuevo, pero la situación de desigualdad social es una constante, basta con alejarse de la zona céntricas del país para observarlo. La falta de oportunidades tampoco es nueva, sólo pocos logramos una formación académica. La pandemia, por más sorprendente que parezca, tampoco es nueva ni tampoco las medidas instauradas, el humano ha enfrentado más de una pandemia en su historia y más o menos de la misma manera: los cercos sanitarios y el distanciamiento son una constante (Ledermann).

¿Qué puedo hacer? Pregunta más patética que la kantiana es pensar que no puedo hacer mucho, tal vez nada, y me conformo con hacer algo. Tal vez simplemente intentar ayudar en medida de mis posibilidades como recomienda Marco Aurelio.

¿Qué puedo hacer? Quizás sólo quedarme en casa y seguir preparándome para algún día ser un profesor digno. Tolerar el dolor de ojos y de cabeza que me asolan para responder de la mejor manera posible a la sociedad que me permite estar encerrado detrás de un ordenador o de un libro.

¿Qué puedo hacer? Tal vez pensar mejores maneras que le permitan a todos las mejores condiciones posibles y la mayor libertad posible. Hacerlo a partir de una crítica constante a mi circunstancia, que es en sí parte de mí, si no la salvo a ella no me salvo a mí. Pensar el porvenir, entendido como la posibilidad de un mundo donde quepan todas las personas y la crítica constante de un sentido más o menos coherente al devenir histórico, del que formo parte y algún día me dejará en el olvido.

¿Qué debo hacer? Usar la mascarilla por más incómoda que me resulte, seguir las reglas sanitarias (una constante a lo largo de la historia de las pandemias) y esperar, ya que el ser humano a lo largo de su historia siempre ha salido de sus pandemias y sus crisis económicas. Y, si sobrevivo, afrontar con estoicismo el futuro porque siempre es incierto, no sólo ahora. Si sobrevivo, por qué no pensar en un porvenir: el cual será, aunque yo no esté.

17 de septiembre de 2020


[i] Martha Nussbaum interpreta este pasaje como el hecho que la inferencia total es imposible, ya que nos despojaría del más ínfimo sentido de lo humano.

Referencias

Cioran, Emil. Del inconveniente de haber nacido. segunda. Madrid: Turus, 1998. Libro.

Hadot, Pierre. Ejercicios espirituales y filosofía antigua . Madrid: Siruela, 2006. Libro.

Laercio, Diognes. Vidas y opiniones de los filósofos ilustres. Trad. Carlos Garcia Gual. 2. Madrid: Alianza, 2013.

Ledermann, Walter. «El hombre y sus pandemias.» Rev Chil Infect Edición aniversario (2003): 13-17.

MarcoAurelio. Meditaciones. México: Pinguin Random House, 2012. Libro.

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