Ante una sensación de seguridad: El derecho del soberano a dejar morir

Fernando Solis Luna

Actualmente la Ciudad de México se encuentra en semáforo naranja; un semáforo que advierte un peligro que, hasta hoy, nos mantiene aislados de nuestras antiguas, pero muy recientes, prácticas de libertad. Lo que se trata de advertir, en ese sentido, es aquello que parece inconmensurable, a saber, el peligro que corremos los citadinos ante la pandemia provocada por el SARS-CoV-2. Pero ¿qué implicaciones ontológicas tiene el semáforo?, ¿cómo tenemos que asumirlo en tanto que sujetos de acción? En un sentido inmanente podríamos decir que es parte de un dispositivo que nos determina a actuar en pos de garantizar nuestra seguridad y, con ello, la seguridad de aquellos que, también, son susceptibles al peligro, a la amenaza. Silenciosamente el semáforo epidemiológico se convierte en metáfora, pero también en discurso que devela un peculiar Estado de sitio que nos mantiene alertas.

Hablar del semáforo, pero más específicamente de su color, es hablar de un conjunto de redes discursivas que le dan sentido. Según las autoridades sanitarias, tanto locales como federales, el color naranja visibiliza y enuncia un peligro alto ante los niveles de contagio y de mortandad causados por el nuevo coronavirus. En lo que concierne a cuestiones reales nos muestra, por una parte, la ocupación hospitalaria de la red IRAG, que es la ocupación de todas las camas que existen a nivel nacional para atender enfermedades de las vías respiratorias, incluida COVID-19. El semáforo naranja también dilucida la tendencia de ocupación hospitalaria de la Ciudad de México; la tasa de reproducción del SARS-CoV-2 y la tasa de porcentaje de positividad de la misma demarcación. Sin decir demasiado, pero al mismo tiempo mostrándolo todo, el semáforo escupe, y de esa manera visibiliza, las condiciones que nos han hecho posible sentirnos en un estado de mayor seguridad.  

Ante ese panorama, los enfermos propensos a desarrollar COVID-19 grave, tienen la oportunidad de decidir si son hospitalizados ya que, rigurosamente hablando, durante el semáforo naranja no hay peligro de saturación hospitalaria. Así que la opción de enfrentar la enfermedad dentro de un hospital se vuelve optativa y voluntaria. Ante el semáforo naranja, la opción de ser soberano de nuestra condición biológica se convierte en un acto de autorregulación de la vida, pero sobre todo, en un acto de autorregulación de nuestra muerte. Ahora más que nunca la posibilidad de hacer morir y de dejarnos morir depende de nosotros y no del Soberano.

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En ese movimiento, surge una figura muy particular que podríamos denominar como un espectro biopolítico del soberano, una sombra suya: el no-soberano. Toda la estructura de gubernamentalidad que hace posible la disciplina y el control de las poblaciones para mantener una forma de gobierno, se constituye ante las posibilidades fácticas de dictar y mostrar qué comportamientos son los más adecuados para el progreso de una polis, una ciudad o un territorio político. Las instituciones, los discursos y los saberes en su conjunto construyen narrativas verosímiles para codificar subjetividades muy particulares y afines a una época, a un tiempo. Las poblaciones en su totalidad se norman y disciplinan desde ese marco. Las vidas de unos son aceptadas, las vidas de otros son negadas, violentadas, no lloradas. ¿Cómo es esto posible? Digamos que los dispositivos gubernamentales lo permiten; dispositivos que se configuran desde las formas y las prácticas de la libertad que permite una epocalidad dada.

Los dispositivos norman, disciplinan y controlan. En ese sentido, el semáforo y su tonalidad resultan ser parte de un dispositivo que dice y muestra cuales son las medidas más aceptables para enfrentar la pandemia, pero no sólo ello, el semáforo naranja ha dotado de un derecho muy particular a los enfermos y a los que potencialmente son susceptibles a la COVID-19. Por lo menos en México son los enfermos mismos, y no las instituciones formales y burocráticas, los que deciden cómo dar paso a la muerte cuando cabe hablar de ello, verbigracia, en el momento en que se sufre la enfermedad gravemente. Recordemos que es el soberano, en la mayor de las veces, quien hace vivir y deja morir dentro de un régimen biopolítico. De alguna forma es él quien posee el poder para ello, es decir, las relaciones que se tejen en rededor del soberano tanto en discursos como prácticas, determinan las maneras en que se dejará vivir o se hará morir. Sin embargo, en nuestra actual situación no son los médicos, no es una guía de bio-ética, no son los especialistas morales ni técnicos o los políticos, tampoco los discursos de la ciencia, quienes determinan quién vive y quién muere.

De alguna manera el no-soberano se hace soberano de su propia mortalidad. En ese sentido el gobierno mexicano no se ha cansado de relacionar el alto índice de mortalidad del SARS-CoV-2 con políticas nada acertadas de sexenios pasados en torno al sector salud y al sector laboral. Además, dando el beneficio de la duda sobre ello, el gobierno federal ha tratado de informar, desde el discurso de la ciencia, cómo ha aparecido COVID-19 en México no sólo como enfermedad, sino también como fenómeno social. La información, las estadísticas sobre enfermos, muertos y personas recuperadas se ha tratado de trasparentar lo más posible. Así, las autoridades han visibilizado a la pandemia como un fenómeno social que vincula múltiples factores económicos, políticos y éticos. Todo ello desembaraza al Soberano, pero no a la gubernamentalidad, de administrar la vida y, sobre todo, la muerte en tiempos de pandemia. De ese modo, es el ciudadano quien administra su propia muerte. Decide, entonces, de ser el caso, morir en el hospital o en casa; decide morir lejos de los seres queridos o en el lecho de la cama acompañado de ellos.

Construir un discurso que enuncia todo lo que se tiene que enunciar y que muestra todo lo que se tiene que mostrar en cuanto a información del virus y las condiciones que éste ha refundado a nivel social, implica que la población deba asumir un alto índice de compromiso y responsabilidad para cuidar de la vida. Es así que el Estado mexicano ha organizado y administrado a una población que técnicamente tiene todos los elementos disponibles para acatar las indicaciones que se consideran las más aptas para defender la vida ante la enfermedad. Ahora bien, desde que aparece la población como un elemento casi fundamental para la gestión política de un territorio, esta se ha constituido como una tecnología de poder que coloca a todos sus componentes en una posición concreta para la contención de las vidas. La población entendida como un “cuerpo múltiple, cuerpo de muchas cabezas, sino infinito, al menos necesariamente innumerable” (Foucault, 222), pone en juego la concepción de la multiplicidad de los hombres en tiempos como los que vivimos. Esa multiplicidad debe contenerse y resolverse en cuerpos individuales que hay que vigilar, adiestrar, normar y, claro, también castigar en aras de garantizar seguridad.

Dichas prácticas son la condición para que el soberano ejerza ese derecho significativo que posee dentro de un orden biopolítico, a saber, el derecho de hacer vivir y dejar morir. Sin embargo, en nuestra actual situación pandémica ninguna institución tiene claro el papel para realizar esa tarea. En suma, el semáforo naranja no solo previene, también dicta órdenes. Hay que quedarnos en casa el mayor tiempo posible, hay que usar cubreboca, mascarilla y otros tantos elementos indumentarios para estar en el espacio público. El semáforo, sin duda, ordena con claridad los comportamientos que debemos seguir para vivir, no obstante, su orden para administrar la muerte es difusa. ¿Cómo nos están dejando morir? Parece que la pandemia, por lo menos en el caso mexicano y específicamente en la Ciudad de México, ha desembarazado al Soberano del derecho de dejar morir. Dicho todo lo anterior, me surge la siguiente interrogante ¿quién es el soberano? O mejor, ¿cómo es posible una figura del soberano en tiempos de pandemia?

Ciudad de México, 22 de septiembre de 2020.

Referencias:

Foucault, Michel. Defender la sociedad. Buenos Aires: FCE, 2001.

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