Morir aislado, morir solo

Rubén Sánchez Muñoz

No todas las muertes son iguales, aunque es verdad que todos vamos a morir. La pandemia en la que aún nos encontramos nos lo recuerda a diario de unas formas u otras. Pero hay una serie de aspectos que nos llaman la atención. Y uno de ellos tiene que ver con el aislamiento de los enfermos de coronavirus SARS-CoV-2 en los hospitales, hecho que, dadas las circunstancias, parece ser necesario. Sin embargo, eso no impide que se hagan posibles a partir de allí una serie de reflexiones, en este caso relacionadas con la muerte.

Del mismo modo como puede decirse que cada uno vive solo, lleva su vida y la ejecuta en radical soledad, del mismo modo puede sostenerse que cada uno muere o tendrá que morir solo. La razón de ello es que la muerte, como la vida, es intransferible: nadie puede morir en lugar de otro y por ello quien muere siempre es uno, uno solo. Además, la experiencia de la muerte se va con aquél que la experimenta en primera persona: el yo que se muere, no puede dar cuenta de su muerte. En todo caso, quienes damos cuenta somos nosotros, los que nos quedamos y vemos morir a los demás. La muerte propia representa para nosotros un gran misterio, pero sobre todas las cosas representa una experiencia límite, un fenómeno que vemos desde fuera y siempre desde cierta distancia. Vemos morir a los demás, pero no sabemos nada de nuestra propia muerte. Sabemos que un día vamos a morir, lo sabemos porque vemos con tristeza que los otros se mueren y vemos que la muerte llegará a nosotros tarde o temprano.

Photo by Jeswin Thomas on Pexels.com

Por si fuera poco, no es suficiente con tener que morirse, sino que, además, se da el caso de situaciones en las que quien muere, lo hace en soledad. Por ejemplo, algunos pacientes en etapas terminales mueren aislados y solos en los hospitales; muchos pacientes de COVID-19 no tienen oportunidad de despedirse de sus seres queridos y mueren aislados por complicaciones repentinas de la enfermedad. Claro está que, en el caso de la pandemia, es razonable y hasta necesario que el paciente tenga que ser aislado por protección de los demás. Pensando en estos último es que se aísla y a esto hay que sumarle que en casos de complicación en un hospital, el enfermo tiene mayores posibilidades de ser atendido de modo adecuado y superar la enfermedad, aunque no siempre sea el caso.

Que las cosas sean así nos pone a pensar si el modo como tratamos a los enfermos en nuestra sociedad y lo que hacemos con ellos cuando están graves y a punto de morir, es una cuestión también social, y si es un problema para la sociedad en que vivimos. La enfermedad, así como la vejez y la muerte son fenómenos vitales que deben afrontarse socialmente, llegan a convertirse en un problema social en muchas formas que aquí no vamos a explorar. ¿Qué mecanismos se toman en la actualidad para enfrentar el problema de la muerte? ¿siempre ha sido así?

Norbert Elias ha expuesto en su ensayo La soledad de los moribundos (2009) una serie de características sobre el modo como enfrentamos y vemos la muerte en la época actual, sobre todo en las sociedades desarrolladas. Ciertamente, el fenómeno de la muerte, y el miedo y angustia que nos provoca la muerte ajena y más aún la muerte propia, están arraigados en nuestra cultura y en el modo de enfrentarla. Elias describe en este ensayo de corte sociológico lo que significa enfrentar la muerte en la actualidad. Partiremos de allí para pensar en el aislamiento y la eventual muerte de los enfermos.

El desarrollo de instituciones médicas, que evidentemente se encargan de atender las necesidades de los enfermos a través de tratamientos y cuidados paliativos que posibilitan, si no queda más remedio, que el paciente tenga una muerte digna, también ha propiciado a su vez un modo particular de enfrentar la muerte. La medicina puede aliviar el dolor y el sufrimiento de los pacientes, pero no puede en muchos casos salvarlos, o sea, aliviarlos de la enfermedad. No se trata solo del hecho inevitable de que tenemos que morir, se trata de que aún hay enfermedades ante las cuales no se puede hacer nada, quiero decir nada para curarlas y erradicarlas. En todo caso lo que se puede hacer es llevar un control de ellas, de su evolución o el cuidado de su progreso para que este sea lento. Hay tratamientos exitosos que ayudan a la recuperación de los pacientes; también están aquellos que ayudan a mejorar su calidad de vida, bajo el entendido de que disminuyen los dolores y el sufrimiento y prolongan la vida; pero hay además, dentro de estos tratamientos, aquellos para los cuales la enfermedad evoluciona de tal modo que ya ningún tratamiento resulta eficaz.

El punto sobre el cual versa el estudio de Norbert Elias no es tanto el éxito o el fracaso de la medicina y sus prácticas, sino el modo como los pacientes a los que él denomina moribundos, son atendidos y sobre todo aislados. No se trata, a su juicio, de atender al moribundo, de llevarlo al hospital para que sea atendido, lleve un tratamiento, se recupere y vaya a casa —lo cual puede pasar. Lo que él critica, más que nada, es que los moribundos sean aislados. Este aislamiento es una forma de esconder de la vida social o pública, lo que pasa con el enfermo durante su agonía, enfermedad y muerte. De este modo, la muerte se convierte en un fenómeno que tiende a ocultarse, tiene que ser escondido. Se esconde por ejemplo de la mirada de los niños, a quienes se considera que no deben presenciar la muerte o, en otros casos, donde se crean fantasías para aliviar el peso de la misma. Dice Elias:

La muerte es uno de los grandes peligros biosociales de la vida humana. Al igual que otros aspectos animales, también la muerte, en cuanto proceso y en cuanto pensamiento, se va escondiendo cada vez más, con el empuje civilizador, detrás de las bambalinas de la vida social. Para los propios moribundos, esto significa que también a ellos se les esconde cada vez más detrás de las bambalinas, es decir que se les aísla (2009, 34s).

Que la muerte sea, entonces, un fenómeno que se oculta y se mantiene, como dice Elias, “tras bambalinas”, significa que en otras épocas se ha tenido un trato distinto con la muerte y, en consecuencia, una idea o representación diferente. En otras épocas, a juicio del autor, la muerte era un acontecimiento de carácter público, por lo menos los moribundos no eran aislados de sus familiares y amigos, no eran alejados de los niños. El enfermo agonizaba y moría en compañía de sus seres queridos, pensemos en sus padres, abuelos, hijos, nietos, etcétera, dependiendo el caso. La muerte era un fenómeno público o social, o por lo menos no era privado ni se vivía de manera individualizada. El que moría, lo hacía, por lo regular en su casa, con su familia. Los últimos días del moribundo eran en los que estaba rodeado de sus allegados. Puede imaginarse que ellos trataban de consentirlo en sus gustos, dentro de sus posibilidades, por ejemplo, en la comida que le gustaba, y eran ellos mismos quienes se encargaban de sus necesidades higiénicas, del baño, de limpiar sus excreciones, del control de sus medicamentos…

En otro contexto de análisis, pero que se relaciona con el estudio de Elias porque además de la situación de los moribundos atiende el tema de la vejez en la época actual, Martha Nussbaum en Envejecer con sentido (2018) ha llamado la atención sobre este modo que tenemos de tratar con algunos padecimientos que se relacionan con la vejez pero que pueden darse también en los pacientes, como la incontinencia y otros padecimientos naturales que se presentan en la vida humana. Nussbaum critica también que las cosas sean así y lamenta la imagen que llegamos a hacernos de nosotros mismos a partir de la mirada de los otros y los estereotipos que socialmente se van formando: sobre la muerte, la vejez, las enfermedades, la sexualidad, entre otros.

En efecto, desde el momento en que el paciente ingresa al hospital, es lo que podemos pensar siguiendo a Elias, queda aislado; aunque no necesariamente en todos los casos ni de la misma manera. Y queda aislado primeramente de su familia, de sus seres queridos, incluidas las amistades, o sea, de aquellos que le tienen afecto. Lo que resulta peor, es que cuando se tiene la oportunidad de estar junto al moribundo, pensemos en el caso de quien está cuidándolo si se tiene la oportunidad, no se sabe qué decir, incluso se cuida en demasía lo que se dice. Aún en los casos donde las palabras podrían dar un poco de alivio, esas palabras no se pueden expresar, pues la presencia de un moribundo exige un comportamiento en el que sobresale el cuidado de lo que se dice y, en especial, el cuidado del silencio. ¿Qué dice Norbert Elias? Dice que los sentimientos hacen que las personas contengan las palabras: “se halla en nuestros días un peculiar sentimiento de embarazo por parte de los vivos en presencia de un moribundo. Con frecuencia no saben qué decir. El vocabulario que se utiliza en tal situación es relativamente pobre. Los sentimientos ante una situación penosa contienen las palabras” (49). En consecuencia, los moribundos pueden llegar a sentirse abandonados aún estando vivos lo cual les resulta un trago amargo. Cuando entramos a ver al moribundo se nos exige ser fuertes y contenernos. Quien no sea capaz de contenerse es mejor que no se acerque, que tome distancia. ¿Por qué tiene que ser así?

Al quedar aislado, el moribundo queda expuesto a la posibilidad de morir solo. La soledad a la que se refiere este análisis es, como puede deducirse de lo anterior, la soledad familiar. Norbert Elias adscribe estos problemas a la sociología de la medicina. Ciertamente, que el enfermo-moribundo sea atendido y cuidado en casa siempre supone el riesgo de que las condiciones higiénicas no sean las más adecuadas. “Pero también es posible que su presencia retrase el óbito, puesto que una de las más grandes últimas alegrías que pueden recibir los moribundos es que los cuiden sus familiares y amigos, es una última prueba de cariño, una última señal de que significan algo para los demás” (134).

Parece evidente que los moribundos son importantes para los demás, desde el hecho mismo de que cuidan su salud, por esto se les interna en los hospitales. Entre ellos y sus allegados existen lazos afectivos, historias, vida en común. Si no nos importaran no los internaríamos; lo que ocurre es que no los internamos para aislarlos, para abandonarlos o dejarlos solos. No lo hacemos para ello, pero se da. Al final eso ocurre. No siempre se deja solo al paciente, porque alguien se queda a cuidar de él, cuando es posible, y porque hay horarios de visitas donde otras personas pueden verlo si lo desean. Pero estas condiciones no siempre se dan. Ocurre a veces que el moribundo se queda solo, por ejemplo, ciertos momentos de crisis donde los médicos y enfermeros tienen que estabilizarlo y es necesario que los familiares salgan y no vean lo que le ocurre o en qué termina. Es cierto, los médicos y su equipo tienen que hacer su trabajo y para ello la presencia del familiar resulta innecesaria. Pero una vez más, ello no suprime el hecho de que el paciente queda aislado, aislado de nosotros. Por ello Elias dice: “Tan solo las rutinas institucionalizadas de los hospitales configuran socialmente la situación del final de la vida. Crean unas formas de gran pobreza emotiva y contribuyen mucho al relegamiento a la soledad del moribundo” (55).

¿Por qué mantenemos esta distancia con la muerte? ¿Tiene razón N. Elias al interpretar la soledad de los moribundos en estos términos? ¿Son justas o no sus siguientes palabras?

En las unidades de cuidados intensivos de un moderno hospital, puede que a los moribundos los cuiden de acuerdo con los últimos conocimientos biofísicos especializados, pero a menudo están en una situación neutra por lo que se refiere a los sentimientos: pueden morir en el más completo aislamiento (135).

Es verdad que en muchos casos está la posibilidad de que el paciente muera solo en un hospital, sobre todo si se trata de una enfermedad ante la cual la medicina y los tratamientos ya no pueden hacer nada, casos donde ya no se puede hacer más por el moribundo, donde lo que se podía se hizo. ¿Vale la pena, tiene sentido, que el moribundo muera solo en un hospital? No se trata de un asunto sencillo, sino de un tema que nos invita a pensar. Pues bien, los matices que se pueden hacer a estas meditaciones, tanto para fortalecer y mejorar los argumentos, como para refutar y contra argumentar sobre ellos, son múltiples. Y es nuestra tarea seguir pensando en ello.

La razón que ha motivado estas ideas es precisamente la situación en la que nos encontramos, viviendo el fenómeno de la pandemia provocado por el coronavirus SARS-CoV-2; en especial aquellos casos en los que los enfermos han ingresado al hospital, han entrado en aislamiento y no han logrado recuperarse. De ellos podemos decir no solo que murieron en aislamiento, sino que murieron solos. Las razones por las cuales fueron aislados en el hospital tienen plena justificación social. Y ello no está en duda ni en discusión. Pero esto no quita que hay un modo específico de tratar con la muerte, aislando el moribundo, y que en el caso especial de la pandemia este aislamiento y esta soledad se intensifican.

Podemos imaginar la angustia, el dolor y el sufrimiento ante la muerte por parte de los pacientes, de los moribundos. Si la muerte ya es un fenómeno violento, hay casos donde esa violencia puede ser mayor. En una cultura en la que se acostumbra a velar a los muertos, acompañarlos a la sepultura o bien llevarlos al crematorio, recoger las cenizas y depositarlas en un lugar especial (o hacer con ellas lo que se haya planeado según sea el caso), donde todo esto se hace de manera familiar y en compañía de amistades, se torna todavía más difícil que los enfermos mueran solos, aislados en las salas de un hospital y que el cuerpo no se entregue a los familiares, sino que sea llevado al crematorio de forma casi inmediata.

Es verdad entonces que todos morimos, tarde o temprano. Pero no es verdad que morimos igual o que todas las muertes son iguales. Si tenemos un poco de suerte no moriremos solos, aunque algún día tendremos que morir.

Ciudad de Puebla, 17 de septiembre 2020.

Referencias bibliográficas:

Elias, N. La soledad de los moribundos, prólogo de Fátima Fernández, Trad. Carlos Martín, México: FCE, 2009.

Nussbaum, M. y Levmore, S. Envejecer con sentido. Conversaciones sobre el amor, las arrugar y otros pesares, Trad. Antonio F. Rodríguez, México: Paidós, 2018.

Un comentario

  1. Me parece una profunda reflexión sobre la muerte y, sobre todo, en los tiempos de pandemia. El autor tiene mucha razón al afirmar que todos moriremos, no sabemos cuando, ni tampoco las condiciones. Ojalá podamos morir bien y acompañados de nuestros seres amados. Nadie puede morir por nosotros, lo único de lo que estamos seguros es que algún día nos tocará.

    Me gusta

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s