Morir sin llanto ante el coronavirus

Jorge Andrés Calvo Chávez

Reflexionar en torno a la muerte siempre supone una cierta intranquilidad que le es inherente al tema en cuestión. La inquietud que la muerte engendra puede ser considerada fácilmente como una de las cualidades que ha ejercido su influencia en la humanidad desde sus albores hasta nuestros días. A la par de este desasosiego, le sigue de cerca una necesidad por subrayar lo notoriedad que este evento supone por medio de ritos funerarios y la veneración de la vida del difunto. Resulta innegable la existencia de una gran gama de ejemplos de este tipo de prácticas en distintas culturas, tal como es posible de ser señalado en la cultura Mexica, en el continente americano, por medio de los miccacuicatl, o también llamados cantos mortuorios: “Los cantares (cuicah) eran un compuesto de canto, música y danza. En el tlaocolcuicatl [canto de lamentación], la motricidad de la danza y la implicación del cuerpo permitían una verdadera comunión afectiva con el difunto. Las viudas, las hijas, los hijos y los parientes del muerto llevaban su ropa y sus insignias con las que bailaban”[1]. El reconocimiento del difunto conlleva toda una serie de actos que son propios del duelo con el que la perdida del ser querido es vivida, así como el hecho de que dicho duelo es experimentado de formas diversas que dependen de cada sujeto. No obstante, es preciso comentar que a pesar de la gran gradación con la cual el duelo puede ser vivido, resulta innegable que el morir es un evento que cobra significación cuando es vivido en sociedad.   

De igual modo, aunque con diferencias notorias, es posible encontrar practicas que tienen el mismo propósito en la Roma de la antigüedad: “[…] el cuerpo del difunto se colocaba sobre una litera con los pies hacia la puerta de entrada, rodeado de flores, símbolo de la fragilidad de la vida y se quemaban perfumes. […] En la puerta de la casa se colocaban ramas de abeto o ciprés para avisar a los viandantes de la presencia de un muerto en el interior. Como señal de duelo evitaban encender fuego en la casa.”[2] El Pchum Ben, la celebración de los antepasados en Camboya que dura aproximadamente dos semanas, posee un sentido similar a los antes descritos: “Durante la festividad de 15 días, la gente cree que las puertas del infierno se abren y los fantasmas de los muertos salen en búsqueda de comida […] Pero, más que ofrecer comida a los muertos, Pechum Ben, es también visto como una de las más importantes fiestas nacionales en Camboya, ya que reúne a familias a través de las provincias para comer y orar juntos después de una larga separación”.[3]

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Estos ejemplos sirven únicamente como una mera muestra de la complejidad y diversidad con la que distintas culturas del mundo han lidiado con este fenómeno, pero a pesar de las notorias diferencias que son posibles de ser rastreadas en estos tipos de prácticas y rituales a los que he hecho alusión, resulta relativamente sencillo abstraer que, como ya he mencionado, el morir sea un fenómeno que se articula a partir de la vida en sociedad y que dichas prácticas mortuorias tienen un alto impacto dentro de ésta al formar lazos afectivos durante momentos de crisis que llevaban al límite al ser humano. El vivo ejemplo de esta última apreciación se encuentra en el velorio, éste “[…] constituyó una ceremonia muy peculiar: se alimentaba a los visitantes durante todo el día, o cuando menos se les ofrecía café con “piquete” para aguantar la larga jornada. El féretro, guarnecido con un crucifijo y velas en las cuatro esquinas de la caja, se cubría materialmente de flores. Durante ese tiempo las mujeres rezaban rosarios y letanías, y los señores se apartaban en el patio para tomar una copa de aguardiente.”[4]

El morir, la acción meramente biológica, ha permanecido virtualmente idéntica desde que el hombre salió de África y colonizó el mundo. Se habla de nuevas formas de morir, pero la acción se concretiza siempre en términos un tanto idénticos; la muerte puede acontecer debido a una herida, una enfermedad, o la falla de algún órgano. Y lo que es aún más, la muerte tarde o temprano se hará presente, ya sea en la perdida de algún ser querido, un desconocido o que ésta nos sorprenda en un instante.

Si nada ha cambiado en el sentido que he mencionado y la muerte es el devenir natural de la vida, entonces será prudente realizar la siguiente pregunta de cara a los tiempos apremiantes en los que vivimos ¿qué ha cambiado con la aparición del Sars-Cov-2? Nada, y a su vez todo. En un primer instante, parecería que he pronunciado un mero oxímoron respecto a esta interrogante, pero es preciso señalar que en términos meramente biológicos el panorama no ha sido alterado de forma esencial. Claro, hay una nueva sepa de un virus que se ha extendido a lo largo del globo terráqueo y ha sido la causa de por lo menos casi un millón de personas que han fallecido a la fecha, pero no se trata de una singularidad a lo largo de la historia de la humanidad; las pandemias se han hecho presente desde tiempos inmemorables. Si tal es el panorama ¿por qué la sociedad se ha convulsionado frente a la aparición de este nuevo virus? La respuesta es posible de ser encontrada no en la vida biológica, sino en la social. El querer explicar el impacto que el virus tiene en la sociedad desde un punto de vista biológico tendrá como resultado la evaporización de los problemas alarmantes que el SARS-COV-2ha engendrado en el seno de ésta. De estos problemas, tal como el creciente uso de la pandemia para el avance de intereses particulares, el asalto al personal médico, la indolencia del morir en un hospital, el creciente fanatismo con el cual se busca explicar la actual pandemia, etc., son problemas imperiosos que claman para sí una atención bastante merecida. Sin embargo, considero que de todos éstos hay uno que permanece esquivo a la reflexión que procura profundizar en la naturaleza social con la que la pandemia se ha desarrollado, a saber, la perdida de los rituales mortuorios en la época del coronavirus.

Es preciso comentar brevemente que la naturaleza de este problema permanece latente, debido a que se suele enmascarar dichas perdidas como una consecuencia directa de la capacidad infecciosa del fallecido y por los posibles casos de contagio que haya en su familia, pero tal razonamiento también se aplica a “[…] quienes mueren por otras causas, tampoco es posible tener un funeral tradicional, ya que las medidas de sana distancia ordenan que no haya más de 20 personas en las salas de velación.”[5] Este es el motivo por el cual, desde una postura biológica la situación no cambiado drásticamente, pero se encuentra trastornada de forma palmaria en la vida social. Esta afectación no responde únicamente a las medidas profilácticas que se han establecido por parte de los gobiernos de distintos países, sino por el hecho de que el morir se ha vuelto sinónimo de fallecer a causa del SARS-COV-2. El acto público del reconocimiento de un periodo de duelo por la muerte de un ser querido, ha dado paso a meros murmullos que confirman la terrible noticia a un puñado de personas allegadas a la familia del difunto. El miedo a una posible marginación por parte del otro diluye los posibles vínculos que se puedan estrechar en esos momentos de crisis. En vez de abrazos que conforten, hay un rechazo del otro por miedo a un posible contagio. En lugar de moños negros en las entradas de las casas, hay miradas recelosas hacía los portones.


[1] Johansson, Patrick. Miccacuicatl: cantos mortuorios nahuas prehispánicos. Textos y “con-textos” en Estudios de Cultura Náhuatl vol.48, 2014, p,36.

[2]  https://www.altima-sfi.com/es/tanatopedia/ritos-funrarios-de-la-antigua-roma/ Consultado el 11 de septiembre 2020.

[3] https://www.khmertimeskh.com/539511/the-significance-of-pchum-ben/ Consultado el 11 de septiembre 2020.

[4] https://www.milenio.com/opinion/varios-autores/taller-sie7e/el-duelo-por-los-difuntos Consultado el 12 de septiembre de 2020

[5] https://www.eluniversal.com.mx/cartera/el-doble-duelo-morir-en-tiempos-de-coronavirus Consultado el 12 de septiembre de 2020.

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