La ciudad sitiada en tiempos de pandemia

Rafael Ángel Gómez Choreño

Aunque los gobiernos de México y la Ciudad de México —así como, en teoría, los otros gobiernos locales del resto del país— han decidido no establecer o imponer un estado de sitio para hacer frente a las crisis sociales provocadas por la pandemia —y con muy buenas razones, por cierto—, muchos creemos que de cualquier forma hoy estamos viviendo alguna o varias formas de estado de excepción en el que de cualquier forma están suspendidas de facto las garantías individuales amparadas por la Constitución, afectando en diversos grados tanto los derechos humanos como a muchas de nuestras libertades civiles. Así que todo parece indicar que estamos viviendo uno de esos complejos momentos en que el propio estado de derecho esconde con recursos del todo leguleyos; no una suspensión temporal de garantías, sino su estrepitoso derrumbamiento.

El problema que parece perfilarse aquí es que la mayoría de nuestros gobernantes creen que, mientras no activen formalmente los dispositivos jurídicos que la Constitución contempla para casos de estado de excepción o de estado de sitio, podrán evitar las predecibles e indeseables consecuencias de activar por otros medios la restricción de garantías y el ejercicio de esa extraña figura jurídica que es el poder de policía del Estado. Sin embargo, los tecnicismos jurídicos con los que de cualquier manera han podido activar las medidas de atención a la crisis sanitaria del modo en que lo han hecho —al menos hasta el momento— de cualquier manera nos colocan en una compleja situación jurídica completamente extraordinaria y doblemente problemática. Pues es cierto que no estamos viviendo en sentido estricto en una situación de estado de excepción, más bien, no lo estamos en sentido estricto, ya que en muchos otros sentidos no estrictos resulta que sí estamos viviendo en una situación de esa naturaleza.

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Para decirlo sin tantos rodeos: estamos viviendo informalmente en unas ciudades sitiadas en tiempos de pandemia, pero sin activar formalmente el correspondiente estado de sitio —como sí ha sucedido en otros países. Lo cual, en lugar de simplificarnos o facilitarnos la situación, duplica su carácter problemático, ya que de todas formas estamos sufriendo la restricción temporal de garantías individuales y derechos humanos fundamentales —lo que es una clara característica de un estado de sitio—, sólo que por razones de salud pública y no por razones de seguridad nacional o de seguridad pública. Ya que según nuestro gobierno estamos en medio de una “crisis sanitaria”, es decir, en la situación de un “estado de emergencia sanitaria”, y no en una situación de “crisis política” o de “crisis social” semejante o cercana a un “estado de guerra” que requiera una declaración oficial o constitucional de un estado de sitio. Por otro lado, al mismo tiempo estamos sufriendo todo tipo de indisciplinas civiles, justo por no activar este tipo de dispositivos, en detrimento de la salud pública.

Esto nos deja en un doble estado de vulnerabilidad, pues, desde una perspectiva jurídica, estamos viviendo más vulnerables que nunca como población civil y como simples individuos, del mismo modo en que seguimos expuestos a todas las diversas amenazas de salud que se han desplegado en todo el mundo por el agresivo desarrollo de la pandemia desde sus inicios. No estamos en un estado de sitio, es cierto desde un punto de vista técnico, pero con toda seguridad hemos estado viviendo en una ciudad sitiada por el simple hecho de haber estado sufriendo un doble tipo de asedio de la vida civil en estos tiempos de pandemia: me refiero, en primer lugar, al asedio que despliegan estructuralmente todo tipo de enemigos externos —que se mueren de ganas por sacar el máximo provecho en las actuales circunstancias— y, en segundo lugar, al asedio que desarrollan diariamente, como enfermedad intestina, todos los enemigos internos del Estado mexicano. Y a todo esto se suma, además, el que lo hayamos estado viviendo en el doble registro de un daño irreversible en el corazón de nuestra experiencia, ya que somos personas que nos hemos visto obligadas a sufrir simultáneamente el lento desgaste o deterioro de una ciudad y de una nación —ambas sitiadas por igual, ya sea por la enfermedad o la muerte, o por los más voraces intereses alimentados y promovidos por las más bajas pasiones desatadas por todos nosotros sin excepción. Por eso cada vez nos está quedando más claro, lamentablemente, que vivir en tiempos de pandemia significa tratar de sobrevivir los constantes embates de una enfermedad que vino a nuestras vidas desde fuera, es cierto, pero que ha logrado incrementar su letalidad y mortalidad por las diversas enfermedades pre-existentes, las cuales ya estaban presentes y funcionando en la más íntima disfuncionalidad de nuestra sociedad por razones muy distintas o ajenas a las del descuido estructural de la salud pública.

¿Estamos hablando de la pandemia en sentido estricto? Pues sí, pero no… El virus, cuyo eficaz proceso de contagio ha provocado una pandemia como pocas, no es el causante exclusivo de la diseminación de tanta enfermedad y tanta muerte; más bien es o se ha convertido en el detonante de una crisis planetaria que tiene como trasfondo ese estado de guerra global que George W. Bush llamó en su momento “Justicia Infinita”, con plena soberbia y arrogancia. No se trata, sin embargo, de afirmar o negar la idea de que todo esto que está pasando es la triste realidad de una guerra biológica en la que ya estamos todos involucrados, más bien, de reconocer que de cualquier forma la mortalidad y la letalidad del virus, cuya veloz propagación ha sido capaz de generar los efectos de una pandemia sin precedentes, no dependen sino de las circunstancias que se fueron generando a partir del constante y encarnizado enfrentamiento de los grandes intereses globales que hoy tienen sitiada a toda forma de vida (ser vivo) y a todo modo de vida (civilización) en todo el planeta.

Así que ya va siendo hora de depurar nuestras imágenes e imaginaciones de una ciudad sitiada, para entender de una vez por todas que estamos viviendo el asedio constante, nos guste o no, de las más terribles expresiones de la voluntad de poder, las cuales sólo nos ofrecen dos alternativas posibles: dejarnos someter dócilmente a sus complejos mecanismos de dominación o enfrentar imperturbables nuestra lenta aniquilación total. Para ello, no necesitamos vivir en una ciudad amurallada o en una fortaleza, con todos nuestros enemigos tomando turnos para declararnos la guerra oficialmente, ni siquiera es necesario sentirnos emplazados a luchar todo tipo de batallas perdidas dentro o fuera de la ciudad; es suficiente con vivir cercados por nosotros mismos, atrapados por los límites imaginarios que nos imponen los excesos de nuestro propio modo de vida.

Ciudad de México, a 8 de septiembre de 2020.

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