El papel del miedo en la pandemia

Jorge Andrés Calvo Chávez

A la par de la persistencia con la cual el virus SARS-COV-2 se ha replicado alrededor del mundo, es posible identificar un fenómeno social que lo ha seguido de cerca e, inclusive, en algunas partes del mundo se ha hecho presente mucho antes de que en éstas se reportaran casos de contagio: el miedo. El miedo que una enfermedad desconocida genera se encarna en distintas figuras conforme el virus se esparce por el mundo. La primera de ellas toma la figura de la nacionalidad en donde la enfermedad se hizo hecho presente, y posteriormente se centrará en sus síntomas más notorios. Tal como es posible mostrar en la epidemia causada por la influenza A/H1N1 en el 2009 y en la actual pandemia producida por el SARS-COV-2. Durante la epidemia del 2009 se suscitaron una miríada de acciones por parte de distintos gobiernos, así como de sus propios ciudadanos, que tenían por finalidad la vulneración de aquellos percibidos como infectados en aras de la seguridad pública de aquellas naciones. En aquel 2009 se trató de cualquier mexicano o persona con rasgos latinos que se encontrará en aquellos países.

Basta con recordar los múltiples encabezados que distintos periódicos tenían respecto a la situación, pues era usual encontrar ejemplos como el siguiente en muchos medios de difusión: “¡Ninguna interacción en ningún lugar con un indocumentado ilegal! El presentador de un programa de entrevistas de corte conservador, Micheal Savage, aconsejó a su audiencia estadounidense esta semana en materia de prevención de la gripe porcina.”[1] En otros países se optó por la toma de medidas de carácter aislacionista: “La cancillería también informó sobre el caso de una familia mexicana en China que fue objeto de una acción considerada como innecesaria. Las autoridades de ese país habrían sacado a la familia del hotel donde se hospedaban con el argumento de hacerles una revisión médica, dejándolos posteriormente en el hospital donde fueron examinados”.[2] Por su parte, a lo largo del transcurso de la actual pandemia hay “un incremento en la retórica racista el cual ha coincidido con un aumento en ataques racistas. Desde febrero, asiáticos y personas de ascendencia asiática en todo el mundo han sido objetos de ataques y golpizas, acoso, amenazas, abusos racistas y discriminación que parece estar vinculada a la pandemia”.[3]

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La equiparación que se genera entre el miedo al contagio del virus y la identidad de los primeros portadores se concretiza al fundir estas dos figuras en una misma, es decir, se procede a identificar ciertos rasgos étnicos con la capacidad infecciosa que un diagnóstico positivo del virus supone. Tal equiparación acarrea riesgos palpables para todo aquel que sea considerado con base en dichos criterios étnicos, dado que serán tratados como una amenaza a la seguridad pública, y por lo que será posible incidir sobre ellos con acciones de amplio espectro en su contra. Este tipo de medidas se articulan sin tener en cuenta si se trata tan siquiera de personas de la misma nacionalidad o si son portadores del virus. Más allá del típico discurso que denuncia las prácticas discriminatorias, considero prudente cuestionar la razón de fondo que subyace a dichos actos. ¿Cuál es el fundamento sobre el que dichas acciones se erigen frente al peligro que un posible brote significa para un país? Es sumamente revelador que este tipo de medidas sean ejercidas con mucha mayor frecuencia cuando el miedo que el virus supone se encuentra encarnado en un grupo étnico en particular, pero en el momento en el que la transmisión se acelera y el virus se logra esparcir por el mundo, dichas medidas pierden, hasta cierto punto, el ímpetu con el cual surgieron.

La retórica que se encuentra fundamentada en este miedo se suele disipar, una vez que los contagios por el virus comienzan a ganar tracción, pero es preciso comentar que ésta no desaparece del todo, pues es eclipsada por un nuevo cúmulo de decisiones. Es posible atribuir dicha disolución a diversos factores relativos a la aparición de la pandemia, tal como la suspensión de la vida pública, la sobrecarga de problemas normales durante una época de crisis, la inestabilidad económica generada por la aparición del virus, etc., de este conjunto de problemas es factible tomar cualquiera de éstos para explicar la perdida de interés en dichas medidas. En efecto, sería posible formar argumentos que resultarían bastante convincentes para explicar la cuestión antes planteada. Sin embargo, me gustaría explorar otra vía que me permita ahondar en esta problemática. Todas estas medidas tienen como punto de partida un miedo palmario ante el virus.

Conforme el virus se extiende alrededor del globo terráqueo, este miedo se trastorna; ya no se le teme exclusivamente a una etnia, sino que ahora dicho miedo –el cual era el motor de toda esta retórica de odio– tiene un nuevo huésped, a saber, el enfermo. En aras de salvaguardar la salud pública se ejercen múltiples acciones que poseen un carácter punitivo contra éste, tal como el confinamiento obligatorio de ciudades enteras donde hay presencia de casos positivos, como ocurrió en ciertas ciudades de China al inicio de la pandemia: “Para impedir una propagación aún mayor de la epidemia, desde el sábado Huanggang endureció las condiciones de su cuarentena. La prohibición de salir de casa impuesta desde entonces se extiende también a los pueblos de su periferia, que dependen de la ciudad administrativamente y en los que se ha prohibido la entrada a los forasteros”.[4] Este tipo de medidas son de una naturaleza extrema, pero poseen una justificación de fuerza mayor ante un problema apremiante, es decir, se trata de una medida excesiva que se da en función de un bien mayor, sin tomar en cuenta si se trata de una respuesta proporcionada al peligro real que el virus supone en ese particular momento, o si se trata tan siquiera de medidas profilácticas adecuadas “[…] el estigma social reduce la posibilidad de que [los infectados] soliciten ayuda, lo cual impide que el personal de la salud pueda contener y tratar efectivamente a la enfermedad en sus primeras etapas”.[5] No se puede perder de vista que este tipo de acciones no tienen únicamente por objetivo a aquellos que hayan contraído la enfermedad, sino que también a todo aquel que posea síntomas similares al del enfermo o se encuentre en cierta proximidad con ellos.

La figura del enfermo recibe una doble connotación en una sociedad que se encuentra avasallada por el surgimiento de un virus, por un lado, se le reconoce como un heraldo de una enfermedad desconocida; mientras que, por otro, al ser portador de dicha enfermedad, se le asume como un peligro y no como alguien vulnerable. Esta segunda acepción encuentra su fundamento en un miedo relativo a la incertidumbre que se genera en torno al desconocimiento de la enfermedad, y ya no a la enfermedad en sí misma. Es preciso esclarecer que la incertidumbre a la cual hago referencia se encarna en la figura del enfermo, pero ésta se encuentra imbuida dentro de cada fibra del tejido social desde que el virus ha hecho su aparición. Únicamente se piensa en el virus, en los efectos que éste causa, cómo afecta, etcétera, todos los acontecimientos cotidianos pasan a un segundo plano frente al acaecimiento de éste. Ante el desconocimiento de las causas del virus y el sufrimiento que desencadena, la mayoría de las veces la sociedad se ve en la necesidad de atribuirle un sentido que le permita explicar el motivo de la existencia de esta calamidad. Ahí donde el avance tecnocientífico zozobra al no poder explicar de forma inmediata el acontecer del nuevo virus, en vista de que es necesario tiempo y distintas pruebas para estudiarlo y lograr descifrar su naturaleza, se da paso a la creación de causas que dan sentido a la tragedia. “Cuando la causa de una epidemia no es clara, a menudo florecen rumores y actitudes intolerantes. Personas inocentes en Wuhan están siendo atacadas y culpadas de forma injusta a nivel nacional, y lo mismo le sucede al pueblo chino a nivel internacional”.[6]

El problema, dicho sea de paso, es que las justificaciones que se dan ante las tragedias siempre tienen cierta connotación, y en este caso en particular, se trata de connotaciones que son alimentadas por el miedo al que he hecho referencia. En tal contexto, el SARS-COV-2 pasa de ser un virus emergente que no posee voluntad alguna, a un mecanismo designado por el gobierno para controlar a la población, o un caballo de Troya para poder insertar chips que permitan la geolocalización de aquellos que son vacunados, o que se trate de un virus que es producto directo de la instalación de antenas 5g, o bien de un castigo divino, etc.  La creación de tales justificaciones prospera en un clima en el que la incertidumbre producida por el miedo avanza con rienda suelta, dando pie a narrativas en las que el virus tiene un propósito definido, el cual, vale la pena insistir, es un propósito completamente artificial. Será en función de estas narrativas que cualquier medida, que sea proyectada a partir de éstas, será considerada como necesaria, sin tener en cuenta si se trata de medidas efectivas de prevención.

Todas estas decisiones emanan de una absoluta necesidad que tiene por objetivo la protección de la vida, o como diría Eduardo Nicol, se trata de un nuevo tipo de razón en la que “Su novedad estriba en que no da razones; de ahí su fuerza inapelable. Ninguna necesidad es responsable. A la nueva razón le basta con hacerse útil. La utilidad entra en la base por fuerza propia, no por iniciativa de unos interesados responsables”.[7] Este tipo de acciones siempre encuentra un absoluto respaldo por estar enmarcadas en la conservación de la especie, el problema está en que tal razonamiento no permite ser cuestionado, en vista de que se apela a una medida que tiene por objetivo la salud pública y, por lo tanto, se considera una medida necesaria. La apelación a una razón de fuerza mayor inaugura una turbia estela en la que cualquier acción puede ser envestida con este distintivo sin que sea necesario que actúe de forma racional para preservar la vida. Tal como es posible de constatar en la retórica que abunda hoy en día por la aparición del virus SARS-COV-2, “Durante la celebración de la homilía en la Catedral capitalina, el Obispo de la Diócesis de Cuernavaca, Ramón Castro Huangana, aseveró que la crisis generada por el coronavirus es un alto que Dios está poniendo a la humanidad, por querer jugar a ser como él, al permitir el aborto, la eutanasia y la diversidad sexual”.[8] Mientras que en otros lados, discursos similares a éste han engendrado ataques físicos contra aquellos que son considerados como culpables de la actual pandemia: “Aunado a las amenazas de violencia contra los trabajadores de empresas de telecomunicaciones, la creencia generalizada de que el 5G es dañino ha provocado ataques a la infraestructura [de telecomunicación]. En solo un fin de semana, a principios de mayo, al menos 20 antenas de telefonía móvil en todo el Reino Unido fueron incendiadas o vandalizadas”.[9]

Tales estratagemas permiten hacer uso de esta razón de fuerza mayor para impulsar medidas que tienen por objeto un fin en particular, pero que se hacen en nombre de dicha imperiosa necesidad, tal como sucede en Estados Unidos con la cuestión del aborto: “Desde que Donald Trump declaró la emergencia nacional el 13 de marzo, hasta doce Estados han actuado para vetar los abortos en sus territorios. Esta semana, la administración ha dado un paso más: el pasado lunes la agencia estadounidense de cooperación internacional (USAID, por sus siglas en inglés) le reclamó oficialmente a la ONU que eliminase todas las referencias al aborto y al derecho a la salud reproductiva del plan mundial sobre la pandemia de covid-19”.[10]  La emergencia de la pandemia trae, a su vez, el peligro del contagio y la estimulación de medidas de fuerza mayor que se piensan a partir del miedo que el contagio produce. Se trata de dos cuestiones que se encuentran íntimamente unidas, pero que poseen ramificaciones diferentes y significativas. El virus tarde o temprano cederá, pero las acciones que se toman a partir de la premura para combatirlo perfilaran el panorama de forma crucial en los tiempos venideros.

Ciudad de Puebla, 10 de septiembre de 2020


[1]http://www.nbcnews.com/id/30467300/ns/health-cold_and_flu/t/amid-swine-flu-outbreak-racism-goes-viral/ Consultado el 31 de agosto.

[2]https://www.bbc.com/mundo/america_latina/2009/05/090502_0159_mexico_gripe_discriminados_gm consultado el 31 de agosto.

[3]https://www.hrw.org/news/2020/05/12/covid-19-fueling-anti-asian-racism-and-xenophobia-worldwide Consultado el 31 de agosto.

[4] https://elpais.com/sociedad/2020/02/05/actualidad/1580918404_556864.html consultado el 2 de septiembre.

[5] He, Jun, et. al., Discrimination and Social Exclusion in the Outbreak of COVID-19 en International Journal of Environmental Research and Public Health, vol. 17 (8), 2973, 2020, p, 3.

[6]Ren, Shi-Ya, et. al. Fear can be more harmful than the severe acute respiratory syndrome coronavirus 2 in controlling the corona virus disease 2019 epidemic, en World Journal Clinical Cases, vol.8 (4), 2020, p, 653.

[7] Nicol, Eduardo. El régimen de la verdad y la razón pragmática. Diánoia, vol. 16, 1970, p, 141.

[8] https://www.elfinanciero.com.mx/nacional/pandemia-del-covid-19-es-un-grito-de-dios-por-temas-como-aborto-eutanasia-y-diversidad-sexual-obispo-de-cuernavaca consultado el 2 de septiembre.

[9] https://www.theguardian.com/business/2020/may/07/5g-conspiracy-theories-attacks-telecoms-covid consultado el 2 de septiembre.

[10] https://www.publico.es/sociedad/estados-unidos-aprovecha-pandemia-covid-19-atacar-derecho-al-aborto.html consultado el 3 de septiembre.

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