Quién es más culpable ¿los pacientes o los médicos?

Monserrat Sánchez Sánchez

“En general los indios creemos que, si es una pequeña tos, lo único que hay que hacer es tomar miel con limón y cúrcuma, y así desaparecerá, pero parece que esta vez fue algo muy distinto, nadie se dio cuenta que era gripe porcina”, comenta Dheeraj Manghnani respecto a la condición grave de su padre contagiado de gripe porcina, también conocida como influenza H1N1. Las últimas palabras del comentario de este joven indio me hicieron recordar una situación particular que me tocó vivir por allá del 2011, cuando cursaba el tercer año de la carrera de medicina. En aquel entonces cubría cierto número de horas de servicio en la Unidad Médico Familiar No. 6 del IMSS, aquí en la ciudad de Puebla. Recuerdo que en mi primer día en el área de consulta externa me sorprendió la gran cantidad de pacientes en la sala de espera, sin embargo, lo que hizo que ese día quedará grabado en mi memoria, fueron dos circunstancias: la primera, que la mayoría de esos pacientes acudían debido a alguna afección respiratoria; la segunda, que el médico especialista de aquel consultorio, no solo no realizaba una exploración física adecuada a dichos pacientes, sino que, para la mayoría de esos casos, prescribía una serie de medicamentos determinados sin saber a ciencia cierta qué clase de patógeno era el causante de dichas afecciones. Cuándo le pregunté por qué omitía la exploración física y prescribía un tratamiento parecido en todos los casos, me respondió que la causa era, básicamente, que debía cumplir con un cierto número de consultas por día y que realizar todos esos pasos no solo implicaba una cierta pérdida de tiempo, sino que, en la mayoría de casos, la recuperación era favorable con el tratamiento prescrito. 

De lo anterior, me interesa resaltar una serie de aspectos tanto de la acción médica, como del actuar de los pacientes, que bien pueden servir a la reflexión en el marco del presente estado pandémico en el que nos encontramos. Por un lado, están los pacientes, cuyo contexto personal, social e incluso político, está fuertemente marcado por cierta incredulidad respecto a ciertas enfermedades, de aquí que lo primero que suele hacerse respecto a un malestar es recurrir al remedio casero, tal y como atestigua el joven indio o como incluso señaló en días anteriores el gobernador del Estado de Puebla, Miguel Barbosa: “que quien tuvo coronavirus, con todas las restricciones continúe con los cuidados, su caldo de pollo con su cebollita y su chile bien picoso y ajo”. En otros casos, y si lo que se busca es un alivio rápido, se recurre entonces a la automedicación, cuyo fin es principalmente “paliativo”, es decir, lo que se busca es aliviar los síntomas de malestar y dolor, pero esto no garantiza el tratamiento de la enfermedad en sí; no olvidemos además, que se ha comprobado científicamente la relación existente entre automedicación y el aumento de la resistencia bacteriana, es decir, cada vez se requieren antibióticos más fuertes que no solo son más costosos, sino que suelen ser más agresivos contra el propio cuerpo. Lo anterior, sin contar además, que existe un cierto temor a los hospitales, una creencia común (al menos en la cultura mexicana) que considera que una vez que uno es internado en un hospital, o sale peor, o ya no sale vivo de ahí –esta creencia se ha vuelto casi un hecho con la situación pandémica actual, cuando una persona con coronavirus ingresa a un hospital, hay una alta probabilidad de que no se recupere y muera ahí–; esto sucede, generalmente, porque los pacientes acuden a atención médica únicamente cuando su padecimiento ha empeorado y cuando esto sucede, en algunos casos, es muy poco lo que puede hacerse. Finalmente, todo lo anterior se aúna al hecho de que un gran número de la población padece enfermedades crónico-degenerativas como diabetes, hipertensión, sobrepeso, etc., que los vuelve más susceptibles a contraer otras enfermedades.  

Por otro lado, del lado de la atención médica existe una tendencia a seguir ciertos esquemas de tratamiento, es decir, a seguir una especie de regla general en el tratamiento de infecciones –sobre todo las respiratorias–, sin saber a ciencia cierta la causa de dichas infecciones, es decir, si saber si son causadas por virus o bacterias, por lo que en la mayoría de casos, suelen ser tratados con antibióticos y habría que preguntarse si esta práctica médica no es causa, asimismo, de la ya mencionada resistencia bacteriana, tomando en cuenta que –por lo menos aquí en México– es muy fácil encontrar un consultorio médico en cada esquina y con esa misma facilidad, cualquier persona puede tener acceso a un antibiótico. Se podría argumentar que sería muy difícil hacer exudados faríngeos a cada paciente, con tal de dar un diagnóstico certero y prescribir un tratamiento adecuado para cada uno, considerando que existen, además, ciertos rasgos que son clave para un diagnóstico rápido, por ejemplo: la época del año, los hábitos del paciente, incluso los síntomas, que aunque son sumamente parecidos –al menos en los casos de enfermedades infecciosas respiratorias–, suelen ser más fuertes en ciertas infecciones que en otras. Empero, claro está, que los síntomas no son siempre un factor confiable a la hora de un diagnóstico certero. 

El actual estado pandémico pone de manifiesto que no sólo es muy difícil diferenciar las infecciones respiratorias entre sí y que, en este sentido, la vigilancia epidemiológica que debería llevarse a cabo en las instancias de salud, respecto a nuevos brotes o nuevos casos de enfermedades altamente contagiosas como la influenza o el nuevo brote de coronavirus, no siempre funciona, no solo porque la cantidad de pacientes es muy alta y debe procurarse que todos tengan la atención médica que requieren –si esta atención es buena o mala, ese ya es otro asunto–, sino también porque como señala  la Dra. Syra Madad, responsable de la preparación de los hospitales de Nueva York contra brotes de enfermedades infecciosas, en el documental de Netflix Pandemia, “básicamente somos incubadoras humanas y basta sólo una persona para que una enfermedad se propague”. 

De lo anterior, me preguntaría si acaso cabe preguntarse ¿quién es más culpable, los pacientes o los médicos?, o si más bien, la actual situación pandémica debe servirnos para prestar atención a aquellos factores que coadyuvan a que dichas situaciones no solo se propaguen fácilmente, sino que empeoren rápidamente. 

Ciudad de Puebla, 8 de septiembre.

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