Salir

Luis Avena

Hace ya tiempo que la diferencia entre estar adentro y afuera se había vuelto inconsciente. De forma automática, uno entraba y salía del hogar. El confinamiento ha significado perder el contacto con el exterior.

Deseamos lo que no tenemos y, sin embargo, estar afuera se ha revestido de deseos. Pero ¿qué significa salir? Pregunta aparentemente simple cuya respuesta revela cosas interesantes. Salir no es simplemente no estar adentro, ni ubicarse en un espacio abierto sin paredes, sino consumir. Claro, muchos dirán “no, necesariamente”, sobre todo los que gustan de la lógica y del pensamiento de lo posible. Pero aquí no cuenta tanto el reino de la posibilidad sino el reino del sentido.

Salir para muchos coetáneos implica el ejercicio de su libertad. Cuando se piensa en quedarse en casa se da un salto de sentido hacia no sentirse libre. Adentro uno se siente en cautiverio, con limitaciones, sin posibilidades. Las teorías sociológicas en Alemania dicen que las sociedades actuales tienen múltiples opciones y posibilidades en comparación con las del pasado reciente. Estar encerrados implica la frustración de perderse tantas cosas por hacer. Estar adentro implica limitar las posibilidades por las que queremos vivir. Tanto más, cuando la libertad que se defiende es la de poder sentarse en la terraza de un restaurante a comer una carne asada acompañada de un vino tinto, mientras el aire nos hace el favor de refrescarnos la nuca en una especie de realización de una fantasía burguesa. Claro está, no es lo mismo comerse una hamburguesa en casa que en el mismísimo Burger King. Es insoportable el escenario en el que se tiene que hacer todo por sí mismo: la comida, la limpieza, el lavado de ropa. Es humillante la independencia y la autonomía. Es mejor pagar para que se nos haga todo, para satisfacer la fantasía de vivir como príncipes y princesas, propia de nuestra cultura.

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A pesar de la vanidad intelectual que se pueda tener, uno puede sentir ese impulso. Hace poco salí a entregar unos documentos en representación de mi madre. De inmediato vi tiendas, tienditas, puestos, locales. Comencé a pensar en las cosas que me podría comprar ya que había salido. Sentí entonces la fuerza estética, fuerza atractiva y potente, de empezar a pensar en consumir lo que sea: una botella de agua, un chicle, cualquier cosa. La potencia de nuestra percepción es más grande que la de nuestra razón. Aún más, cuando las calles de la ciudad se han convertido en un centro comercial. Afortunadamente, salí mentalmente preparado para no gastar ni un solo peso. Son momentos de ahorrar, ¿no? ¿Acaso es una estrategia de desobediencia civil ahora que pasamos a la fase de reactivación económica?.

Salir. Sí, significa regresar al mundo de las múltiples opciones de consumo en nuestra ciudad. Salir o no salir… es un dilema con alcances inconmensurables. ¿Salir? ¿ahora que hay aproximadamente 66 mil muertes desde que comenzaron las acciones gubernamentales para tratar la epidemia? ¿Cuándo se estima que los casos van a la baja sin evidencia alguna? ¿Ahora que personas cercanas ven los cuerpos de personas de la tercera edad superados por el coronavirus? Mientras las casas se vuelven caviladeros, el gobierno está muy interesado en que las personas reactiven sus hábitos de consumo sin salir de casa. Además de desear esa libertad por sí mismos, también es una obligación ciudadana tener que salir, en tal sentido. “O sea, ¿cómo?” Por su parte, el presidente intenta rescatar el pasado, revelando verdades y persiguiendo la corrupción, como si eso calmara su angustia, como si por mentir en el presente, salvando las verdades del pasado, tuviéramos que olvidar la situación actual. ¿A qué juegas, presidente? ¿Quieres bloquear la negligencia haciendo justicias obsoletas ahora que el fuego refulge con más furia?

Mientras que la OMS y Europa tuvieron el objetivo de interrumpir la transmisión del virus, aquí, el objetivo mediocre fue tan solo ralentizar la transmisión. Nunca estuvo en su lista de objetivos el romper la cadena de contagio. Se dio por sentado que habría contagios, dijeron que era inevitable, tantos como las muertes implicadas. ¿Es inevitabilidad metafísica o simple negligencia e ineptitud? Escuchar que “ningún país sabe todos los casos” es una muestra de confusión conceptual en la mente del Subsecretario. Nadie ha tenido el objetivo de saber todos los casos, ni a corto ni a largo plazo. La herramienta con la que se cuenta es la aproximación, pero a ella se llega de mejor manera siempre que se aplique bien el Modelo centinela, del que tanto se siente orgulloso de conocer; que consiste, según lo dicho por el virólogo alemán Christian Drosten del Charité de Berlín, en hacer pruebas de forma aleatoria y masiva. Aquí se hicieron test a personas con síntomas graves nada más. Muchos de los que se sometieron a pruebas, fueron devueltos con una patada en el trasero a casa, por no haber llegado en condiciones mortales. Siguen siendo incomprensibles las razones científicas y teóricas para modificar el Modelo centinela. ¿Objetivos mediocres, modelos mediocres? El hecho de no hacer test abre la posibilidad lógica del vacío. En lógica cuantificacional, se sabe que el vacío no es ni verdadero ni falso, sino todo lo contrario. Es decir, se puede suponer la verdad en el conjunto vacuo y de ahí desprender lo que sea necesario inferir. Es de ahí donde surgen las aseveraciones sobre la epidemia en nuestro país. Se puede decir lo que sea y lo opuesto sin caer en el riesgo de ser falaz o verificable. ¿Acaso este gobierno canalla hace esto intencionalmente, usando el sentido de intención de Jankélévitch? Los mentirosos siempre lo hacen con consciencia.

En fin, cada vez es más evidente que el objetivo gubernamental en este semáforo naranja y próximamente en el amarillo, al que ya les urge llegar, es fomentar el consumo. Cosa ridícula, cuando muchas personas han dejado de percibir su salario y muchas otras han perdido su empleo. Es una canallada, querer influir de esta manera en el comportamiento de la población para que salgan…

Creí, inocentemente, que seríamos otros al salir del río.

Ciudad de México, 4 de septiembre de 2020.

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