Mentira y gobierno: los retos y amenazas de una ciudad sitiada

Rafael Ángel Gómez Choreño

¡Todos mienten! Esta penosa exclamación, que de inmediato me recuerda la expresión usada por el Dr. Gregory House —el polémico personaje protagónico de la serie norteamericana creada por David Shore—, más que una suposición científica para construir algún tipo de diagnóstico médico, es apenas una forma de expresar la desesperación que muchos ciudadanos sentimos al enterarnos de las declaraciones públicas que han estado realizando nuestros gobernantes en los últimos meses, con tal de establecer, disimular y normalizar sus políticas de uso exclusivo o uso privado de los servicios públicos de salud en tiempos de pandemia; o para tratar de ocultar su incapacidad o incompetencia a la hora de procurar un mínimo de seguridad social en medio de una crisis sanitaria como la que hemos estado sufriendo en los últimos meses; o para cuidar de un modo más eficiente los negocios e intereses de los empresarios a los que suelen prestar sus servicios y gestiones gubernamentales desde sus importantísimos cargos públicos.

Esto, sin embargo, como acabo de señalar, no es más que la expresión desesperada de una inconformidad personal que he construido a partir de meras impresiones y vagas opiniones; una inconformidad o malestar que comparto con muchas personas, es cierto, mas no por eso puedo ni debo asumirla como un hecho o realidad incontrovertible. Ni siquiera es conveniente esforzarse por demostrar una opinión tan común o tan popular como ésta, ni tampoco tratar de convencer a quienes no quieran compartirla de los graves riesgos que puede generar su posible error. De nada sirve demostrar, caso por caso, que todos los gobernantes mienten, o incluir en la construcción de una certeza de esta naturaleza a todos los políticos o incluso a todos los seres humanos con tal de justificar una mera creencia. A final de cuentas, no se trata de establecer una verdad ontológica con validez universal o un hecho científico completamente incuestionable. Se trata de tomarla en cuenta —a la manera de Doctor House— como si fuera parte de los síntomas que presenta una enfermedad desconocida que necesita ser diagnosticada para poder atenderla del mejor modo posible. Se trata, por lo tanto, del hecho de que todos nuestros gobernantes mienten pueda ser asumido como una suposición filosófica que pueda ser utilizada metodológicamente para construir diagnósticos críticos sobre nuestra propia inconformidad o malestar en la cultura.

Presumir que “todos mienten” en tiempos de pandemia, más que la socialización de un juicio moral sobre nuestros gobernantes, podría ser entonces una hipótesis de trabajo para aprender a meditar sobre las crisis o enfermedades de nuestra cultura política y sobre nuestra participación voluntaria o involuntaria en su propagación o diseminación. De este modo, el ineludible nexo que hoy podemos constatar entre el arte de mentir y el arte de gobernar no debería ser tomado sino como el síntoma de una grave —y aparentemente incurable— enfermedad de nuestra cultura política.

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Pero, ¿cuál es esa enfermedad? De acuerdo con el procedimiento propuesto, lo importante es asumir que eso es justo lo que no sabemos todavía, que es algo que debemos investigar porque existen síntomas que nos revelan su existencia y que incluso podemos separarlos en dos grupos con un punto de partida común: asumir que todos nuestros gobernantes mienten. Por un lado, podemos reconocer todo tipo de noticias, por aquí y por allá, sobre una forma de gobernar que se realiza a sí misma a través de mentiras, en la cual, no son más que parte de una compleja tecnología gubernamental que se despliega cotidianamente en todos los ámbitos de la vida civil, para hacer posible el gobierno o el control de las personas, tanto individual como colectivamente, a través del despliegue de un engaño estratégico; por otro lado, en un plano completamente diferente , a través de los mismos vestigios, pero interpretados de un modo distinto, también podemos descubrir la gran mentira que se oculta detrás de todo gobierno que miente y detrás de todo engaño gubernamental: no existe ningún gobierno y justo por eso —ante las múltiples evidencias de un Estado fallido— es que muchos han creído necesario el despliegue de un engaño sistemático, no para gobernar sino para construir un simulacro de gobierno. En el primer caso, la enfermedad es la emergencia de la administración estratégica de la mentira como expresión de un régimen autoritario, cuya principal técnica es la del ocultamiento político; en el segundo caso, en cambio, la enfermedad es el uso intensivo y aleatorio de la verdad y la mentira como herramientas políticas de un régimen totalitario, cuya principal técnica es la de la espectacularidad de la violencia.

Ahora bien, no estoy queriendo ignorar que todos nuestros gobernantes han sido elegidos democráticamente, ni que sólo por eso tienen a su disposición todos los recursos necesarios para practicar un buen gobierno; sólo me interesa resaltar que todos ellos mienten irremediablemente por una sencilla razón: no son capaces de conservar su gobierno de otra manera y mucho menos en el actual estado de crisis gubernamental generado por el impredecible desarrollo de una pandemia para la que los Estados-nación no estaban debidamente preparados. Lo cual ha hecho evidente que ninguna elección democrática, por más legítima que sea, le puede garantizar a un pueblo un gobierno efectivo y eficiente. Así que, una vez más, nos ha tocado atestiguar cómo es que los políticos profesionales son capaces de hacer de la mentira una razón de Estado y cómo pueden convertirla, al mismo tiempo, no sólo en una herramienta gubernamental, sino, también en una estrategia de conservación del poder político mediante el terrorismo de Estado.

Siguiendo esta lógica, queda claro porque algunos piensan que no se le puede sacar mejor provecho a las ciudades atribuladas más que convirtiéndolas sistemáticamente en ciudades amenazadas a través del uso estratégico de las mentiras; pero cuando esto sucede —y hemos estamos viendo lo fácil que resulta que así sea—, semejante transformación de la vida civilizada no sólo tiene lugar autoritariamente, sino, también de una manera totalitaria; pues entonces éstas —las ciudades amenazadas— se convierten con mucha facilidad en ciudades sitiadas porque en ellas la amenaza de su destrucción logra ser continua y permanente, no por los exitosos asedios de sus enemigos, ya sean externos o intestinos, ya sea que se mantengan ocultos o que queden al descubierto, sino por la impotencia de sus habitantes, que en esas circunstancias imploran y suplican salvación de cualquiera que se los ofrezca, aunque no sean sino las promesas rotas de falsos gobernantes o las ilusas esperanzas de falsos profetas.

Parece fácil tomar una posición frente a este modo de gobernar a través de la mentira, pero no lo es. Podemos creer que sí, pero lo haríamos ingenuamente, ya que sí bien nos parece evidente que la verdad siempre es preferible a cualquier uso político de la mentira y de la propia verdad, y que es igualmente evidente lo indeseable que resulta aceptar que nuestros gobernantes nos mientan impunemente, lo cierto es que no sabemos cuáles son los límites reales ni de lo uno ni de lo otro. El verdadero problema, de hecho, no radica en aceptar o consentir que nos mientan, sino en ser capaces de reconocer el riesgo de lo que podría llegar a pasar si, en circunstancias como las actuales, nuestros gobernantes dejaran de hacerlo. No es tan difícil entender que todo gobernante que miente lo hace porque no sabe gobernar de otra manera o porque ya no puede hacerlo sin el uso político de la verdad y la mentira. Desear o exigir que no nos digan más mentiras, sin duda sería preferible en condiciones ideales, pero sucede que, al suprimir sus mentiras, quienes actualmente nos gobiernan serían completamente incapaces de conservar su gobierno o la ilusión política de que algo gobiernan. En dicho caso, y sólo de una manera excepcional, podría concederse que la gobernabilidad es preferible a la verdad, ya que de lo contrario la ausencia de un gobierno efectivo, de manera invariable, terminaría sustituyendo el indiscutible valor político de la verdad con el violento poder de la ley del más fuerte, dejándonos así, no sólo en un indeseable estado de guerra, sino con la ciudad sitiada totalitariamente.

Mirado desde esta perspectiva, ciertamente demasiado radical, las mentiras de nuestros gobernantes en tiempos de pandemia —pero quizá lo mismo en tiempos de normalidad o de una nueva normalidad— sólo pueden significar dos cosas: que no pueden gobernarnos sin mentirnos o que nos mienten porque sucede que lo único cierto de su gobierno es que en realidad no pueden gobernarnos. ¿Desde dónde será preferible defender una ciudad sitiada por la enfermedad y la muerte? ¿Desde el gobierno de las mentiras o desde la mentira del gobierno?

Ciudad de México, 1 de septiembre de 2020.

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