Consideraciones bioéticas y biopolíticas sobre racismo y pandemia por COVID-19 en Chile

Raúl Villarroel

En relación con el gran estremecimiento ocasionado por la pandemia del coronavirus (COVID-19) que ha sacudido al mundo entero en los últimos meses, resulta posible sospechar que, con ello, se está instalando en la conciencia pública mundial lo que puede calificarse como una suerte de error perceptivo, no insignificante, y del que habría que hacerse cargo reflexiva y críticamente. Esto es lo que intentaremos hacer en el presente artículo.

Conforme se ha ido estabilizando con aparente legitimidad la idea de que la pandemia es un asunto de índole exclusivamente sanitaria, es decir, una situación que sólo remitiría a la irrupción de una anomalía imprevista y fatal en el orden infinitesimal de la vida orgánica, podríamos estar tendiendo a obliterar en el análisis aquella dimensión política y económica que define al orden mundial del capitalismo y que no debería dejar de considerarse como el telón de fondo de la actual crisis. Más aún, si además nos permitiéramos considerar incluso que, en el contexto histórico actual, la investigación científica se perfila como un programa hegemónico de administración y control de la vida humana, indiscutiblemente vinculado a los objetivos y al interés de ese mismo capital global; lo que nos obliga a formularnos muchas preguntas inquietantes con respecto a las soluciones que pudiéramos hoy día esperar por parte de unos futuros desarrollos científicos así comprendidos.

Despolitizar por completo el análisis de esta pandemia, reducirlo a la simple exposición dramática y estadística de su expresión mórbida ―por cierto, dolorosa en extremo― como parecen querer hacernos entender las autoridades mundiales y los medios de comunicación masiva hoy en día, nos lleva a perder de vista una dimensión quizás más acertadamente explicativa del problema. Por lo mismo, no creo que se deba caer en una anodina indulgencia y haya que terminar siendo aquiescentes con la idea de que todo ha sido sólo una suerte de “destino fatal” que se ha cernido sobre la humanidad. Con seguridad habrá responsabilidades políticas muy particulares ―y hasta quizás personales― que alguna vez deberán establecerse con respecto a sus causas. Particularmente las responsabilidades de todos aquellos que hoy parecen manifestar una mayor preocupación por la recuperación de la salud de la economía que por la salud de la población.

En este sentido, un análisis también bioético y biopolítico ―no solo biomédico― de los efectos deletéreos de la catástrofe virósica planetaria actual permitiría entender que la vida humana, desde hace mucho y de múltiples otras maneras, ha sido llevada al borde del abismo, y que quizás hoy más que nunca, como dijo alguna vez Michel Foucault, esté ocurriendo que “lo biológico se refleja en lo político” (Foucault 1991: 172). De acuerdo con esto, podemos pensar que la estructura del poder jurídico-institucional de carácter neoliberal en la que se ha querido sostener el orden social y que ha establecido un modelo económico lesivamente inequitativo, es una condición histórica que ha favorecido el agravamiento crecientemente extremo de la pandemia por COVID-19 en nuestros días, que no es sino, como ha afirmado recientemente Judith Butler, la del “capitalismo pandémico” (Butler 2020).

En contextos de escasez de recursos sanitarios y cuando los peaks de contagio se van tornando más difíciles de pronosticar porque se expresan conforme a múltiples variables (cuarentenas rígidas o semirrígidas, capacidad de testeo masivo, aislamiento efectivo de contagiados, etc.), resulta difícil garantizar que los sistemas sanitarios de los países pobres puedan disponer los necesarios tratamientos de cuidados intensivos para todos quienes lo puedan necesitar (Aurenque et al. 2020). Todo parece indicar que en la situación presente es tan solo la racionalidad del mercado la única instancia autorizada para decidir de acuerdo con su propia estrategia de cálculo qué vidas vale más la pena salvar que otras.

Ciertamente, la letalidad del virus habrá afectado mayormente y con unas consecuencias futuras muchos más sistémicas y desastrosas ―como seguramente se llegará a comprobar en las estadísticas finales de todo este trágico episodio de la historia― a aquellas naciones en las que las estructuras sanitarias son más deficientes y carecen de los recursos suficientes para asistir a los enfermos críticos o a las poblaciones más empobrecidas del planeta. Quedará con ello librada solo a la buena voluntad de los profesionales médicos, o a su criterio bioético individual, la continuidad o el término abrupto de las vidas de sus ciudadanos.

Ahora bien, sin lugar a dudas, entre los segmentos poblacionales más vulnerables del orbe se encuentran los numerosos grupos de inmigrantes y desplazados, que han abandonado sus países de origen en busca de condiciones menos precarias de vida que las que anteriormente tenían, determinadas por la vulnerabilidad social derivada de la escasez de opciones de trabajo productivo existentes en sus países de origen. Ello es lo que les genera altas expectativas de acceder a esa mayor oferta laboral existente en los países de arribo y vislumbrar la posibilidad de conseguir ingresos económicos considerablemente mayores a los que habían percibido antes de emigrar, con el potencial consecuente de un aumento gradual de su bienestar y el de las familias que arrastran consigo o que han dejado atrás luego de su partida.

Es el caso de lo que ha venido ocurriendo en Chile durante las dos últimas décadas. A finales del siglo anterior, sobre todo determinado por el éxito económico y los avances significativos en el proceso de modernización que había comenzado a experimentar, el país comenzó a gravitar poderosamente sobre el proceso migratorio regional, en una escala mayor a la acontecida en períodos anteriores de su historia. Esto se explica precisamente por el polo de atracción que ha representado dicho liderazgo económico para aquellos individuos de la región que se desempeñan generalmente en ocupaciones y rubros que requieren menores niveles de calificación y que han comenzado a ser cada vez menos demandados por la población nacional.

Hasta hace muy poco ―incluso podría decirse hoy, con toda propiedad, que hasta el momento exactamente anterior al estallido social ocurrido el 18 de octubre del año 2019―, Chile se había querido entender a sí mismo como una nación culturalmente homogénea, incluso europea, y hasta excepcional en el contexto latinoamericano (Correa 2016: 43). Concomitantemente con la creciente oleada migratoria ya señalada, durante los últimos años un germen de racismo ha comenzado a ocupar el imaginario de la población chilena y ha permitido visualizar la existencia de algunas disposiciones comportamentales y actitudes xenófobas, de las que aparentemente hasta las décadas anteriores los chilenos no habían entendido que podrían tener cabida en su experiencia (Canales 2019). Es lo que ha hecho que hoy, aún más en este contexto global de la crisis de salud pandémica del año 2020, la ya precaria situación de los inmigrantes parezca ser críticamente peor. De acuerdo con esto, es posible decir que la estigmatización de la que han sido víctimas en el pasado ha adquirido una nueva y más acusada figura en el presente.

Solo para ilustrar de alguna manera esta situación, se puede agregar que los medios de comunicación, por ejemplo, han enfocado su atención principalmente en la Región Metropolitana del país, donde principalmente se han concentrado los contagios por COVID-19. En este contexto, ha sido frecuente ver a las autoridades políticas entrevistadas en la televisión denunciando enfáticamente a quienes viven en comunidades de bajos ingresos, sectores donde usualmente llegan a residir los migrantes, destacando su falta de cuidado en relación con sus comportamientos de salud: falta de respeto por las cuarentenas, falta de mantenimiento de la distancia social, no uso de mascarillas y otros semejantes. Aunque curiosamente reaccionando, al mismo tiempo, con mucho menos énfasis respecto a las mismas faltas, pero cuando son cometidas por personas que viven en áreas de altos ingresos de la ciudad. Los migrantes, entonces, especialmente aquellos que son racializados y pobres, como producto de la pandemia, ahora están mucho más sujetos a estereotipos, formas de control social discriminatorio y expresiones de sanción moral en la situación de pandemia. De hecho, una manifestación extrema de su condición de marginación se ve ahora todavía más dolorosamente expresada en la desesperada necesidad que experimentan por retornar a sus países de origen. Una vez que la crisis sanitaria los desproveyó de lo conseguido en el país de acogida, se ven obligados a acampar, en las peores condiciones y durante semanas, afuera de sus respectivas embajadas para suplicar su repatriación.

Las cámaras de los diferentes canales de la televisión chilena, desde el comienzo de la pandemia del coronavirus, se han dejado caer masivamente sobre los barrios donde viven las personas de más bajos ingresos en la ciudad de Santiago ―inmigrantes haitianos en su mayoría, pero también dominicanos, peruanos, bolivianos y de otras nacionalidades―, recolectando material sensacionalista para apoyar sus noticieros y sus banales programas matutinos. Titulares tales como “Brote del virus en una comunidad de migrantes haitianos”, por citar un solo ejemplo, se convirtieron rápidamente en noticia relevante de la cobertura periodística de la pandemia. De esta manera, la presencia del virus termina siendo dramáticamente racializada, y se lo hace a través de una extraña fusión ―o confusión, más bien― entre la enfermedad, el origen étnico y el lugar de residencia de las personas más pobres. Los campamentos ―unos precarios asentamientos humanos a menudo ubicados en la periferia, lejos del centro― donde viven muchos extranjeros pobres en situación de hacinamiento, han sufrido un tratamiento noticioso muy similar (Ramírez 2020).

Para los chilenos de hoy, parece difícil imaginar que quien contagia el coronavirus podría ser una persona cercana y tal vez por eso tiendan a buscar a un “otro” no nacional, cuyo cuerpo puede ser considerado no solo culpable de la infección, sino a la vez culpable del desempleo o la pobreza que toda esta tragedia está causando. En este caso, si se señala a una persona o a una comunidad migrante como culpable por la propagación del virus, no se trata de una simple coincidencia (Tijoux 2020).

Finalmente, diríamos que este tipo de prejuicios contra los migrantes desencadenan violencia social, sentimientos de agresión o disposiciones prejuiciosas que llevan a odiar las diferencias y producen actitudes ofensivas que finalmente solo traen fatalidad. En este caso, la fatalidad es representada en la muerte social que acecha las vidas precarizadas de los inmigrantes y viene a exacerbar esa otra letalidad inminente del virus de la pandemia.

Santiago de Chile, 22 de agosto de 2020

Referencias

Butler, J. (2020). Entrevista: “La pandemia, el futuro y una duda: ¿qué es lo que hace que la vida sea vivible?”, en https://www.lavaca.org/portada/judith-butler-la-pandemia-el-futuro-y-una-duda-que-es-lo-que-hace-que-la-vida-sea-vivible/?fbclid=IwAR2fi25JUmaeY2Gi21oRHI4op2tVKdfNu_lHJS-Vwg9hJHdzrLx2304fbpo

04 de junio de 2020.

Canales, A. (2019). “Migración, inclusión y cohesión social. Viejos y nuevos debates en torno a la xenofobia y la discriminación en Chile”, presentación en Seminario internacional “Inclusión y cohesión social en el marco de la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible. Claves para un desarrollo social inclusivo en América Latina”. Sala Celso Furtado, CEPAL Santiago de Chile, 28-29 de mayo, 2019.

Correa, J. (2016). “La inmigración como ‘problema’ o el resurgir de la Raza. Racismo general, racismo cotidiano y su papel en la conformación de la Nación”, en Tijoux, M. E. (ed.). Racismo en Chile. La piel como marca de inmigración. Santiago: Editorial Universitaria, pp. 35-47.

Foucault, M. (1995). Historia de la sexualidad. Vol. 1 La voluntad de saber. Madrid: Siglo XXI.

Ramírez, Carolina. (2020). “Discursos anti-inmigración y su posición privilegiada en los medios: una amenaza a la convivencia”, https://ciperchile.cl/2020/05/20/discursos-anti-inmigracion-y-su-posicion-privilegiada-en-los-medios-una-amenaza-a-la-convivencia/

05 de mayo de 2020

Tijoux, María Emilia. (2020). “Racismo chileno en tiempos de pandemia”. In Le monde diplomatique, Chilean edition, june 2020, accesed june 1, 2020, https://www.lemondediplomatique.cl/2020/06/racismo-chileno-en-tiempos-de-pandemia.html

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