La pandemia del tedio

Eliseo Bárcenas P.

Tedio- Nada tan insoportable para el hombre como estar en reposo total, sin pasiones, sin asuntos, sin diversiones, sin empleos. Entonces siente su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío. Al instante extraerá del fondo de su alma el tedio, la negrura, la tristeza, el pesar, el despecho, la desesperación. (Pascal, Pensamientos, 133)

En estos tiempos la soledad de nuestro encierro, hemos sido abandonados al mundo en un rincón, vuelca los pensamientos a nuestra tragedia; al inconveniente de vivir.  Somos seres miserables, cargamos con nuestra desdicha, sin embargo, en nuestro andar rutinario no nos percatábamos de ello. Las ocupaciones de nuestra vida diaria nos ocultan, de algún modo, nuestra condición de existentes: nos dejamos cautivar por el mundo y sus cosas, y nos movemos como si supiésemos que siempre vamos a ser, a existir.                              

 Hemos dejado de movernos, ha habido un rompimiento a nuestra normalidad sin vaticinarlo; tajantemente hemos cambiado nuestras actividades. Henos aquí, retirados a nuestra suerte, luchando por sobrevivir. Henos aquí, estáticos: nos arrebataron nuestros divertimentos. Nuestra rutina detuvo su andar y ha aparecido el tiempo como lo mismo, o dirá Vallejo: “lomismo”. Un “lomismo” como el tedio de la vida, el cansancio, donde aparece nuestra tragedia. Una tragedia siempre presente. Un vacío que siempre nos ha acompañado pero que no nos atrevíamos a mirar. Nos sentimos fatigados en nuestro andar. Ahora nos callamos en la soledad y nos advertimos vacíos, incompetentes, miserables.                           

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Hay que decir, el tedio se origina en un estado de quietud después de haber reflexionado sobre nuestra posición en el mundo, para no confundir con el aburrimiento que es, más bien, una falta de interés hacía algo, un estado del alma pasajero. El tedio es un estado del alma, o una sensación, permanente e incómoda que puede derivar en desesperación. Por lo tanto, en este abandono voluntario y alejamiento de los otros y de las actividades acostumbradas, el hombre reflexiona, no todo hombre, sobre sí mismo y su lugar en el orbe.                                                                                                        

El hombre se encuentra solo y exclama entre penumbras: ¡Todo o nada! Un grito que provoca un temblor en las piernas, en el corazón, ¿en el alma? Grito que se ahoga por la garganta que se angosta. Es un grito que estremece en soledad silente. Podríamos decir con suma seriedad y despreocupación: “Ese no es un problema, ya que si no somos nada, somos todo. Y yo sé que no soy nada porque me siento y porque me abrazo y me toco y porque pienso”. Y nos sentimos y nos afirmamos todo, pero después de pensar un poco, daríamos cuente de que, si fuésemos todo, no desearíamos nada, y seguimos deseando, entonces no podemos ser todo. ¡Todo o nada! Se exclama cada vez más como si cada grito afirmase nuestro ser, mientras el  llanto discurre en nuestros ojos. Ni lo uno ni lo otro, todo o nada, son dos polos distintos que sé no me pertenecen. Entonces, soy algo entre el todo y la nada, acaso como un sueño, tal y como lo menciona Pascal, e inclusive, Calderón de la Barça. ¡Todo o nada! Ya lo había dicho con el mismo temblor Unamuno como también lo exclamará en su momento Camus. Recordemos que Unamuno se aferró a la totalidad porque la quería y a la nada temía, y porque la quería la sentía, y porque la sentía era verdad, lo más real. ¿Se convenció? ¿Pudo más el sentimiento? Unamuno quería convencerse, eso es más que evidente. Ahí está San Manuel Bueno Mártir, quien a Unamuno me recuerda, y quien exhortaba con júbilo a creer, aunque en el fondo, muy en el fondo, él no se convencía, sin embargo, intentaba que los otros se convenciesen porque sabía que dolía andar sin soporte alguno. ¿Se puede uno convencer? ¡Los racionalistas se convencen! ¿Pero y el hombre entero y verdadero? ¿El hombre sin más?                                                                                                                                                                      

El tedio es el dar cuenta que cargamos con el vacío, que nuestra condición conserva los aires de la nada. El tedio nos abre el abismo y nos encara con nuestra tragedia, y grita: si hemos de morir, entonces, ¿para qué todo? Y entonces todo se obceca y nada nos parece claro: lo mismo.

Ciudad de Puebla, 1 de septiembre de 2020.

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