Sin perder la figura…

Rubén Sánchez Muñoz

Si es verdad que la vida es preocupación, como decía José Ortega y Gasset (242s), o que somos problemas vivientes, en palabras de María Zambrano (76), la cosa parece todavía más evidente ahora. La preocupación y la problematicidad son notas constitutivas de la vida humana, porque la persona tiene que elegir en todo momento qué tiene que hacer y, con ello, qué tiene que ser. Y esta tesis, que es de una importancia capital para la filosofía, no tiene que abandonar en ningún momento la realidad concreta, la realidad radical que es la vida. Porque todo lo que pasa, nos pasa a nosotros y lo que hagamos con nuestra vida lo haremos con nosotros mismos.

Y, sin embargo, no puede decirse que esto sólo sea así nada más. Si lo que hacemos y lo que decidimos tuviese implicaciones sólo sobre nosotros, bien podríamos vivir desentendidos y despreocupados. Pero no es así. Si la problematicidad y la preocupación son notas constitutivas del humano vivir, no menos importante, y también constitutiva, es el vivir con, el vivir al lado de, el coexistir del yo con el mundo (Ortega), el convivir o vivir con (Zambrano), el vivir unos con otros y unos en otros (Husserl). No vivimos nuestra vida de manera solipsista, por ello, lo que hacemos, lo que elegimos y evidentemente lo que dejamos de hacer y elegir, tiene implicaciones en la vida de los demás. Los demás no son sólo las personas que viven inmediatamente junto a mí, no son sólo mi familia, mis vecinos o mis compañeros de trabajo. Yo convivo con muchos otros que no conozco personalmente, que no sé nada de ellos, y también a ellos pueden alcanzarlos las consecuencias de mis haceres y decires.

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Muchos filósofos contemporáneos han dedicado estudios importantísimos sobre el tema de la responsabilidad que tenemos unos sobre otros, o todos de todos. Del problema de la intersubjetividad, del cuidado de los demás, del cuidado de sí mismo, de la ética en su dimensión social, etcétera. ¿Quién pone en duda en este momento su responsabilidad social o mejor aún su corresponsabilidad? Todos somos responsables de todos; lo que nos pasa a nosotros le puede pasar a los demás; mi enfermedad puede ser la enfermedad del otro y viceversa. En un mundo donde podemos desplazarnos fácilmente —digo esto con las reservas que se merece—, podemos llevar y traer también enfermedades. Esparcir virus peligrosos, nuevos, que causan daño físico, daño psicológico, daños económicos, etcétera. ¿Qué actitud es la más favorable ante esta circunstancia? La respuesta puede parecer evidente, pero no lo es. Y no lo es porque, ¿cómo podemos explicar o comprender que hay tantas personas que no se cuidan y, en consecuencia, no cuidan a los demás? Las cosas que decimos que son evidentes, no son evidentes por sí mismas, sino que son evidentes en tanto tenemos la capacidad de verlas. En consecuencia, no son evidentes para quienes no las ven.

Vivimos unos en los otros de modos increíbles que nos vinculan humanamente, desde las comunidades básicas de pertenencias hasta las más complejas de la nación y más allá de las fronteras. Cuando Husserl se imaginaba en una situación extrema, por ejemplo, prisionero, se preguntaba qué se podía hacer en esos casos. Y la respuesta resulta sumamente valiosa en este tiempo que nos ha tocado vivir. Husserl decía que aún en las peores circunstancias lo que no podía perderse es la actitud ética, el actuar amorosamente con los otros (2009, 803s), el actuar correcto, el actuar con la mejor ciencia y conciencia (2012, 34). Y esta exigencia es una exigencia moral de la cual podemos apropiarnos. Aún en las peores circunstancias no podemos perder la figura, no podemos perder la compostura, la integridad moral. No sabemos qué sentido tiene el sufrimiento, ni sabemos cuál es la razón del mal en el mundo ni de las enfermedades y la muerte. No sabemos qué va a pasar después. Muchos de nosotros hemos visto morir a nuestros seres queridos recientemente, hemos tenido enfermos a nuestras parejas, a nuestros hijos. Vemos las cifras tan grandes de contagios en el mundo… Y lo que aquí decimos es que aún podemos aferrarnos con todas las fuerzas al ideal moral, a la vida ética, a la vida auténtica, porque la ética le da a la vida un valor más alto y porque sólo desde la ética podemos por lo menos aspirar a tener en cuenta a nuestro prójimo en las cosas que hacemos. Esta capacidad se conquista poco a poco, en grados de ascenso y descenso.

Por ello, el no perder la figura invita a dos cosas. O bien a mantenerse firmes en la actitud moral, si es que esta ya forma parte de la vida y entonces es imperativo para la persona mantenerse firme y resistir en y desde ella, o bien es una oportunidad para crecer moralmente y alcanzar la figura correspondiente. En ambos casos de lo que se trata es de vivir éticamente en el mundo, de convivir éticamente, de coexistir y cohabitar éticamente con los demás. Y no permitir que la contingencia, que tanto daño, dolor y sufrimiento trae al mundo, termine corrompiéndonos y dañando el ser ético que estamos constituyendo. Que aún en las peores condiciones existe la posibilidad de hacer las cosas bien, del mejor modo posible. Esta es una exigencia moral absoluta y muestra que en nuestro ser en el mundo no podemos renunciar a crecer moralmente en todo momento y en toda circunstancia.

Ciudad de Puebla, 26 de agosto 2020.

Referencias bibliográficas:

Husserl, Edmund. “Valor de la vida, valor del mundo. Moralidad (virtud) y felicidad”, trad. Julia V. Iribarne, en Acta Latinoamericana de Fenomenología vol. III, 2009, pp. 789-821.

Husserl, Edmund. Renovación del hombre y de la cultura. Cinco ensayos, introducción de G. Hoyos; trad. Agustín Serrano de Haro, Madrid: Anthropos, 2003.

Ortega y Gasset, José. ¿Qué es filosofía?, Obras I, Madrid: Gredos, 2014.

Zambrano, María. Hacia un saber sobre el alma, Madrid: Alianza Editorial, 2000.

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