Para una reflexión “menor”: pandemia y otros discursos

Fernando Solís Luna

Ha resultado difícil estratificar y coordinar los distintos problemas de tipo social y de corte político que se han vivificado en un estado de peste prolongado. En ese sentido, la pandemia ha trazado un mapa variopinto de problemas que habíamos ignorado, ya sea por osadía o simplemente porque los incorporamos a nuestro crisol cotidiano sin ningún talente crítico, coactando todo peso significativo a esos aconteceres que sangran y hieren a muchos que por ciertas razones habían sido invisibles para nosotros. Así, hemos visto desde una perspectiva distinta la desigualdad social, el debilitamiento del sistema sanitario; el problema de la desvalorización de la vida espiritual frente a la vida económica; la falta de criterios de verdad, la mala alimentación en los sectores sociales menos favorecidos por las lógicas que imperan en el ámbito neoliberal. En fin, muchos problemas se han visibilizado con mayor fuerza en nuestra actual crisis sanitaria.

Dicha cartografía de problemas se robustece con otros acontecimientos dolientes que han tomado una estructura compleja sobre los cuales se ha teorizado muy recientemente en los espacios que teje el pensamiento crítico universitario. Problemas que por su importancia ya no son ignorados por la comunidad académica. El tema de los feminicidios tan sólo en México, en los últimos 10 años, ha sufrido una codificación morfológica en el campo de la situación de género. El feminismo logró incorporar tal acontecer en las profundas capas de la reflexión filosófica, política y sociológica; el feminicidio, pues, se convirtió en asunto serio de reflexión. El problema adquirió otras dimensiones que se observaron en la mega marcha feminista realizada el 8 de marzo del año en curso, donde una de las consignas exigía, en efecto, frenar los feminicidios.

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Sin embargo, la fuerza de la pandemia, que bien podemos relacionar con la fuerza del discurso con el que se ha visibilizado y enunciado, ha creado una ilusión casi teológica en torno a los problemas que enfrentamos en la actualidad. En aras de codificar una situación menos hostil de nuestro presente, parece que los discursos que han dado sentido a la pandemia no dan cabida a la red socio-teórica de la transversalidad para entender y diagnosticar nuestra actual crisis. En ese sentido, el problema a resolver es el problema sanitario que engloba problemas económicos, políticos y sociales sin tomar en cuenta el mapa completo de nuestra actual situación doliente; situación en la que no sólo duelen los fallecidos debido a la COVID-19, sino también duelen las muertes de nuestras compañeras de viaje; de nuestras camaradas de vida. Entonces, ¿es posible entender el todo sólo mirando y diagnosticando las partes?

Ahora bien, si algo nos ha enseñado la historia, es que los acontecimientos no se manifiestan en silencio. Existe toda una estructura de verdades que manifiestan su grado de verosimilitud, sin los cuales ningún presente tendría sentido, es decir, existe todo un conjunto de discursividades que hacen que un acontecimiento tenga un grado de sentido verdadero. En consecuencia, hay que entender a la verdad como “un conjunto de procedimientos reglados por la producción, ley, la repartición, la puesta en circulación y el funcionamiento de los enunciados.”[1] Y, precisamente, en ese juego de formaciones y estructuras de lo discursivo se manifiesta la vida entendida en su constitución de relaciones con la verdad; relaciones de vidas que se enuncian como las vidas dignas o indignas; como las vidas precarias o fornidas; ahí se manifiestan el discurso y el poder  en una tentativa que nos posiciona muy cerca del determinismo histórico. Siendo ello así, no cabe duda que nos enfrentamos a los discursos cuando ellos dictan y visibilizan un acontecer, una verdad. En ese sentido, no olvidemos que la verdad que ha agotado la pandemia, es la relación que hay entre vida y muerte; entre el cuidado y la no libertad.  En otras palabras, nos han dictado cómo experienciar la vida y las prácticas de la libertad frente al acontecimiento pandemia. De ese modo, toda reflexión debe estar ligada a ella. El resto de reflexiones son baladí. ¿Qué riesgo corremos ante esta posibilidad dictada por los discursos? ¿Qué riegos corremos si visibilizamos y enunciamos nuestra actual situación sólo desde la fuerza discursiva de la pandemia?

Sin duda alguna, la intempestividad del discurso pandemia es fuerte y potente en muchas dimensiones, porque es imposible ignorar su peso específico dentro de la estratificación histórica presente que dice y visibiliza a la enfermedad COVID-19 como elemento de muerte; como elemento que, en consecuencia, niega la vida y difumina la libertad. En esa relación que se presenta entre el discurso y el poder se codifican las condiciones que hacen posible el nacimiento de subjetividades cuyo anhelo es refrendar la vida en todas sus dimensiones; vida que es puesta en tela de juicio si enferma. Así, surge la impronta del enfermo y de la enfermedad como elementos de reflexión crítica y profunda. El que ame la libertad y la vida no puede distraer sus intenciones de la realidad pandémica. Pensar desde y con la pandemia, claro que es importante, porque dicho acontecimiento nos impulsa a sentir, a crear, a pensar; pero también a llorar, a vomitar a tener nauseas desde lo más visceral. Sin embargo, la fuerza del discurso pandemia nos puede divorciar de otros panoramas y ello resulta peligroso. 

El problema que se manifiesta con el ensimismamiento de los discursos pandémicos y con su proliferación teórica y metodológica, es que su fuerza puede ser tal, que paulatinamente difumine otros elementos problemáticos que forman parte de nuestra actualidad; de nuestro presente que duele, que hace llorar y que por ello mismo no podemos dejar sin voz. Ahora, si ello sucede, nos enfrentamos al poder de la palabra en su dimensión más concreta y real en un sentido disciplinar, pues como se ha dicho, el discurso y el poder forman todo un conjunto de redes que dictan cómo comportarse, qué pensar y cómo actuar ante lo que se hace visible y enunciable en un momento dado. En esa lógica, muchos actores, muchas subjetividades van haciéndose invisibles; su voz se acalla y en el peor de los casos, puede desaparecer, No obstante, todo lo que ha tenido vida, todo lo que en algún momento se enunció y se visibilizó con cualquier tipo de impronta deja vestigios; algunos de ellos tan potentes como violentos que nunca pueden olvidarse.

Si deseamos refrendar nuestra potencia creativa, si deseamos resistir y enfrentar los discursos imperantes de la pandemia y ante la pandemia, no es válido divorciarnos del resto de problemas; debemos entonces preguntarnos por los Otros que siguen desaparecidos, por las muchas que han sido asesinadas; por los pequeños que son separados de sus familias para formar parte del crimen organizado; debemos acompañar los canticos de protesta de nuestras hermanas feministas. La impunidad y los crímenes de Estado también deben develarse. En fin, hay que hacer de todo acontecimiento doliente una experiencia del pensamiento, es decir, hay que hacer de nuestra cotidianidad un bloque de acontecimientos válidos y fidedignos para la filosofía, el arte y la literatura. Hay que enfrentarnos con lo que debe pensarse y visibilizarse en nuestra actual situación, así como si estuviéramos escribiendo, una literatura menor: “La literatura menor es completamente diferente: Su espacio reducido hace que cada problema individual se conecte de inmediato con la política. El problema individual se vuelve entonces tanto más necesario, indispensable, agrandado en el microscopio, cuanto que es un problema muy distinto en el que se remueve en su interior.”[2] 

Ciudad de México, 24 de agosto de 2020


[1] Foucault, Michel, “Verdad y poder” en Obras esenciales, Barcelona, Paidós, 2010. p. 390.

[2] Deleuze, Gilles y Guattari, Félix, Kafka: por una literatura menor, México, Ediciones Era, 1990, p. 29.

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