Vivir en pandemia

Jorge Andrés Calvo Chávez

Reflexionar en torno a la pandemia resulta un tanto dantesco en pleno siglo XXI no únicamente por el brío desenfrenado con el cual el Sars-Cov-2 se ha esparcido alrededor del globo terráqueo, tampoco por los más de 800 mil decesos que se han registrado a lo largo de casi un poco más de 6 meses desde que fue reportada su aparición en Wuhan, ni por el sufrimiento o incertidumbre que un diagnóstico positivo supone, sino por la inmediata realización de que los avances tecnológicos, sociales, científicos, etc., que la humanidad ha desarrollado desde que ésta puede ser considerada como tal, no surtieron un efecto decisivo en la prevención de la metástasis del virus. Con todos y cada uno de los vertiginosos adelantos que se han realizado en materia de medicina, movilidad urbana, planeación social, etc., fue imposible evitar la propagación y florecimiento del virus, en otras palabras, el progreso de la humanidad no fue capaz de dislocar o contener el ritmo natural del acontecer de una pandemia. Basta con observar la similitud de las recomendaciones sanitarias que se realizaron cuando la gripe española golpeó el territorio mexicano, las cuales citaré a continuación, con aquellas directivas medicas que se han tomado hoy en día para la contención de la pandemia actual: “Lavarse la cara y las manos al llegar a la casa y cambiar de ropa si fuere posible antes de estar entre los miembros de la familia. El DSP extendió además las recomendaciones de no saludar de mano ni de beso, ventilar las habitaciones y taparse con pañuelo al toser o estornudar.”[1]

De hecho, es posible argumentar que la gran rapidez con la cual el Sars-Cov-2 se extendió por ciertas ciudades del mundo es una consecuencia directa de los avances en el campo de la movilidad humana. Situación que con anterioridad había sido puntualizada por Bill Gates, de forma muy breve, al comentar en el 2018, que la probabilidad de que ocurra una pandemia era alta debido a “[…] la continua emergencia de nuevos patógenos, el creciente riesgo de un ataque bioterrorista, y la manera en la que nuestro mundo está interconectado a través de los viajes aéreos, existe una probabilidad significativa de que ocurra una pandemia grande y letal en nuestros tiempos.”[2] No es gratuita la alusión que se genera entre el avance tecnológico en movilidad y la posibilidad del surgimiento de una pandemia, pues el tiempo de incubación y el periodo de transmisión serán las dos principales variables que determinan la capacidad de propagación de una enfermedad. En la antigüedad, las grandes distancias fungían, en el mejor de los casos, como barreras naturales, y en el peor, como meras medidas retardantes en la propagación del virus, en vista de que un viaje en barco podía demorar semanas para llegar a su destino. Teniendo como resultado, en el caso del brote de una infección, la muerte de todos los pasajeros antes de poder desembarcar o el aislamiento del navío con todos sus ocupantes. La era tecnológica en la que vivimos ha acortado los tiempos de traslado de manera significativa, lo cual también ha supuesto un grado de eficiencia mucho mayor en la transmisión de enfermedades.

Ahora bien, es preciso comentar, para no ser acusado de reduccionista que, si bien el progreso humano no ha logrado contener el devenir natural de la pandemia, sí ha afectado la forma en la que ésta se desarrolla en la vida diaria. Ciertamente, si el Sars-Cov-2 se hubiese hecho presente hace 100 años la cantidad de fallecidos sería similar a la de la gripe española. El avance tecnológico en la infraestructura médica ha logrado salvaguardar a un buen grueso de la población infectada de una muerte prematura. Será entre la coyuntura del aceleramiento de las condiciones de propagación de una pandemia y el del avance en la infraestructura de los servicios de salud en donde se deberá cuestionar el modo en cómo el Sars-Cov-2 alteró y transformó el tejido social. Si las pandemias han aparecido de forma recurrente en la historia de la humanidad, entonces, se debería de tener, por lo menos una aceptación y un consenso en torno a la realidad de éstas, pero si la pandemia del coronavirus ha dejado algo en claro es la inexistencia de tal consenso, o el absoluto rechazo a las medidas más básicas de higiene y prevención. Como el ponerse una mascarilla al salir a la calle. La ignorancia con la cual ciertos sectores de la sociedad mexicana han reaccionado frente a la pandemia puede ser replicada en distintas partes del mundo, así como en Estados Unidos, Alemania, Japón, India, China, etc., esta incredulidad y absoluta indolencia no es un problema en sí, sino un síntoma más del modo en el que la pandemia trastorna el ritmo de la sociedad.

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Si las pandemias han mostrado algo de forma recurrente será que éstas no golpean a todas las ciudades con la misma fuerza. El factor de movilidad humana no dicta por sí sólo las condiciones mediante las que la pandemia se desenvolverá, expresado en otras palabras, la movilidad únicamente es responsable de la importación de casos, pero no se pronuncia en lo absoluto respecto al modo en el que la pandemia se desarrollará en dichas ciudades. “Intuitivamente, uno esperaría que el movimiento de individuos infectados e infecciosos a una región consistente únicamente de individuos susceptibles incrementaría el número de casos finales en la pandemia. Sin embargo, si los individuos infectados se mueven a una región que posea mejores condiciones sanitarias, un aumento en el número de infecciones secundarias en una Comunidad de Bajo Riesgo puede compensarse con una reducción de infecciones secundarias en una Comunidad de Alto Riesgo.”[3] Si el factor decisivo del manejo de la pandemia estriba en las propias capacidades de la infraestructura de salud de un país y no de forma exclusiva en el mera capacidad infecciosa del virus, entonces resulta poco fructífero el considerar al Sars-Cov-2 como una amenaza tangible para el sistema capitalista actual. El acontecer de dicha enfermedad no pone en peligro mortal a las sociedades capitalistas que se encuentran establecidas y formalizadas. Esto no quiere decir que la pandemia del coronavirus no afecte al sector capitalista, sino que el embate de ésta se materializará de forma distinta en cada sector y cada país.

Reflexionar en torno a la vida en una época de pandemia tiene que trascender forzosamente la inmediata fascinación que un cambio abrupto supone. Inclusive, cuando la peste negra puso fin al sistema feudal no se llegó de forma intempestiva a dicho desenlace. Fue necesario una hecatombe de víctimas y una ola constante de aparición de casos de peste negra durante 10 años a lo largo de Eurasia para la consolidación de dicho colapso. Si la pandemia no representa este peligro inmediato y latente para la sociedad, entonces ¿qué es? Es un virus que carece de voluntad. Contrario a la retórica que abunda hoy en día el Sars-Cov-2 no es un conflicto que pueda medirse como si se tratará de una lucha; no hay enemigo a quien derrotar. Se trata de un virus que únicamente persiste al replicarse en el cuerpo de su huésped. No busca el fin de la civilización, tampoco tiene interés alguno en el sufrimiento que ha causado ni posee un motivo ulterior.

El acontecer de una pandemia tiene por consecuencia lógica la suspensión de las condiciones normales de la vida pública como la asistencia a clases, la vida nocturna y el trabajo presencial. A la par de la perdida de estos aspectos se han ganado unos cuantos nuevos; el confinamiento se ha vuelto la norma, así como la sana distancia y el uso de cubrebocas, pero a pesar de este notorio cambio hay ciertas dinámicas que no se han encontrado afectadas de forma significativa por la aparición de ésta. El Sars-Cov-2 ha puesto en evidencia ciertas cuestiones sociales que algunas veces subyacen y otras tantas llegan a dominar la vida política y social. El advenimiento de la pandemia disloca el discurrir de la vida pública y pone en evidencia la premura de estas coyunturas sociales. Tal como es el caso de la violencia desmedida con la que el narcotráfico se hace presente, las tensiones raciales en Estados Unidos, el coche bomba en Rasulayn, la continua escalación en el conflicto de la franja de Gaza, el atentado en Kabul, la ejecución de 18 personas en el norte de Camerún a manos de Boko Haram, etc. Por el otro lado, hay ciertas dinámicas que han surgido a raíz de la pandemia y que le han restado protagonismo en los noticieros, tal como la politización del uso de mascaras en Estados Unidos, así como el sistemático abandono de la población indígena de Brasil a manos del gobierno de Jair Bolsonaro y el creciente fanatismo religioso en Corea del Sur. La actual pandemia no es una bala de plata que ponga fin al sistema actual, es un escalpelo y una mesa de quirófano que pone al descubierto el cumulo de cismas medulares de una sociedad.

Ciudad de Puebla, 24 de agosto de 2020.


[1] https://www.milenio.com/cultura/gripe-espanola-pandemia-1918-mato-miles-mexico consultado el 21 de agosto de 2020.

[2] Gates, Bill. https://www.gatesnotes.com/health/shattuck-lecture consultado el 21 de agosto de 2020

[3] Espinoza, Baltazar, et. al. Mobility restrictions for the control of epidemics: When do they work? En SSRN, 2019, p, 3. https://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=3496928

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