La pandemia y el futuro de nuestras identidades

Juan Carlos Ayala Barrón

Pasar el umbral de la pandemia es la esperanza de todos. Un anhelo al que no dejamos de seguir, pues vemos la experiencia de la muerte tan cercana a través de nuestros amigos, familiares y vecinos y desde ahí se nos prende de la mente la posibilidad de que nos acontezca. En sus muertes se representa la posibilidad de la mía, en ellas resuelvo o problematizo mi muerte, para la cual no estoy preparado… nunca estaré preparado.

Lo que debiera ser un suceso de lo más normal, la muerte, se vuelve temeroso por la intensidad, quizá también por los síntomas dolorosos con que ocurre en el modo de la pandemia; quizá también por lo alarmante da las noticias y sus cifras estadísticas.

La diferencia entre una muerte normal, natural digamos, y la ocasionada por el Covid es la particularidad de ésta al no tener un patrón exacto de mortandad o sobrevivencia; así también su desarrollo doloroso en el cuerpo humano. Por lo demás, es una novedosa enfermedad para la que no estábamos preparados en pleno siglo XXI. Y es que, en la vida diaria, la muerte de nuestros cercanos se va presentando, una a una, con personajes cercanos, mientras nosotros esperamos tranquilamente a que nos llegue… Sin embargo en una pandemia nos pasma saber que nos puede acontecer en cualquier momento de manera dolorosa e intempestiva, mata a un gran número en poco tiempo. Un tiempo aparentemente caótico, nos llega de sorpresa; nos hace vivir el desasosiego en la zozobra, pues vemos con temor cómo se van muriendo sucesivamente nuestros amigos, conocidos y familiares.

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En esta circunstancia, la experiencia nosótrica (como diría Lenkersdorf) de la muerte se desvanece, pues lo que antes se experimentaba en la muerte normal era ese sentido solidario de no dejarte morir solo. En cambio, en esta experiencia pandémica el acompañamiento es impensable, como impensable se ha vuelto la vida comunitaria en solidaridad. Lo intenso en esta experiencia de confinamiento es que ese ritual de solidaridad se evita tanto en las reglas de la convivencia actual, así como en el momento de despedida mortal. Hoy, lo que menos quiero (y lo que menos quieren mis instituciones) es el acercamiento que nos contagie, nos enferme y quizá nos mate.

Sabemos que la experiencia de la muerte le acontece a cada quien, pero cuando es múltiple nuestra conciencia parece entrar en un callejón sin salida, pues esa experiencia nos es ya cercana.

Dice Jankelevitch que

Desgraciadamente aquel que va a morir muere solo, afronta solo esa muerte personal que cada cual debe morir por su propia cuenta, da el paso solitario que nadie puede dar por nosotros y que cada cual, llegado el momento, tendrá que dar por sí mismo. Y nadie tampoco nos espera en la otra orilla. Nadie vendrá a darnos la bienvenida a las puertas de la noche.[1]

Moriremos solos, pues tampoco nadie vendrá a darnos la despedida…

La amenaza de la muerte inmediata pone al sujeto en situaciones límite diversas, más aún, si esta amenaza se trata de una enfermedad pandémica de la cual todo mundo huye.

Para retomar el concepto de Jaspers, Estas situaciones límite de la existencia tienen que ver con prácticas emergentes convertidas en prácticas normales para toda la humanidad necesarias para la sobrevivencia, como es el caso del confinamiento, la sana distancia el uso de dispositivos sanitizantes de protección, etc.

Como consecuencia, la libertad, la seguridad ontológica de nuestra existencia, la confianza, la solidaridad, la hospitalidad, la cercanía, la experiencia del ocio necesario para la vida reflexiva, se ven trastocados, vulnerados por la pandemia que nos obliga al confinamiento ante el cual nada de lo anterior tiene vigencia.

El ocio, por ejemplo, vital para el ejercicio del pensamiento o el desarrollo de nuestra interioridad se convierte en tedio, estrés y ansiedad, coartando la posibilidad de libertad interna y librepensamiento. Después de seis meses de confinamiento no hay lugar para el ocio creativo, una pérdida que apunta a convertirse en caos psicológico del individuo y de la sociedad.

Por otro lado, el elemento que confiere un sentido ético a nuestras vidas, es decir, la seguridad ontológica de la existencia se trastoca, pues la inmediatez de la muerte invasiva de esta pandemia somete al ser humano a una inmanente incertidumbre. Podríamos decir que esa seguridad ontológica no se adquiere de manera individual sino en colectivo, pues se trata no del individuo atomizado, como lo describe Ch. Taylor, sino del sujeto plenamente consciente de su ser en colectivo; de otro modo el sentido ético de su vida pierde toda claridad y certidumbre.

El sabernos potenciales sujetos de esta enfermedad nos somete (o debe someternos) a una valoración constante de la relación humana de proximidad. Estamos obligados a interrumpir la cercanía que media en la relación cara a cara tan necesaria en la instauración y permanencia de nuestras identidades.

¿Cómo podrá instaurarse una identidad sobre la base de vidas confinadas? ¿Será posible la solidez de una cultura desde el confinamiento? ¿Cómo crear y recrear la cultura en el aislamiento obligado de esta pandemia?

En este sentido, habría que analizar cuáles sean aquellos constructos identitarios que empezarán a debilitarse y aquellos que empezarán a construirse. La transformación de las identidades en esta época caracterizada por la pandemia será un tema de nuevas miras para quienes se ocupan del tema y también para quienes han asumido una postura polémica en el sentido de negar su existencia.

Estamos en vías de una generación que va desarrollando nuevas relaciones mediante el uso de tecnologías de vanguardias en la comunicación capaces de construir una compleja red de interacciones, desde las cuales afianzan identidades personales, mas no sabemos cómo definirán sus identidades colectivas ni cómo han de construir su cultura.

Esto nos mete en la dinámica de reflexionar el modo en que se perfila una nueva forma de identidad a la cual podemos llamar virtual y a la cual también habremos de encontrar sus líneas vertebrales que la definan. Hoy por hoy, parecen difusas.

Benedict Anderson desarrolló la idea de comunidades imaginadas creadas a partir de la confluencia de los individuos en referentes comunes como los medios de comunicación, los símbolos culturales de una comunidad, entre otros, sólo que estas se mediaban por dinámicas relacionales o presenciales, es decir, cara a cara. Una identidad virtual como la pergeñada anteriormente, configurada en tiempos de confinamiento carece de este tipo de dinámicas de concordancia, las cuales son el nodo de todo tipo de identidades, dificultando aún más su caracterización.

A lo largo de la época moderna hemos visto cómo se han construido identidades cuya norma implica elementos de una vida en comunidad como los mencionados anteriormente: la libertad, la seguridad ontológica de la existencia, la confianza, la cercanía, la hospitalidad, entre otros aspectos; sin éstos, la sociedad moderna no habría desarrollado identidades capaces de generar cultura.

Sin embargo, en esta emergencia estamos ante la posibilidad de una identidad virtual, hoy por hoy aparentemente difusa, pues estos tiempos de pandemia exigen una interacción humana diferente, capaz de crear sus propios constructos ya no de la manera tradicional sino mediante una sofisticada tecnología transformadora tanto de la vida íntima como de la colectiva, una experiencia totalmente novedosa y acelerada por las necesidades surgidas ante el confinamiento.

 Culiacán, Sinaloa, 22 de agosto.


[1] Jankelevitch, Vladimir, La muerte, Valencia, Pretextos, 2009. Pág. 37.

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