Semáforo naranja

Bily López

Han pasado más de ciento cincuenta días de esta infame y rebasada cuarentena. Se trata ya, diríase, de una cientocincuentena. Más lo que se siga sumando. El panorama no es alentador. Después del ajetreo, el espanto y la emergencia, parece que por fin es tiempo de ser pesimistas con argumentos un poco más firmes.

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En primer lugar, está el aspecto médico, biológico, digamos científico. Seguimos sin conocer del todo los efectos del virus, sus interacciones, sus secuelas. La sintomatología de la enfermedad se extiende cada vez más en diferentes direcciones no del todo determinadas, ni mucho menos predecibles. Los estudios siguen pero pocos de ellos son concluyentes. Aunque se anuncian ya diferentes desarrollos de vacunas, la cuestión está lejos de darse por terminada. Numerosos estudios serios sugieren que el fin no está cerca.

En segundo lugar, lo que atañe a la gubernamentalidad. Los efectos biopolíticos más escandalosos y espectaculares, que al mismo tiempo son los más inmediatos e inocuos, han emergido ya. La depresión de algunos sectores de la economía, el confinamiento, la redistribución de las formas y los espacios de trabajo, la explotación de los sectores más vulnerables de la sociedad, el abandono a la muerte de diferentes grupos poblacionales, la distribución estratégica de las medidas sanitarias, el seguimiento de los contagios a partir de diferentes instrumentos, el control masivo de viajes y desplazamientos, las restricciones en la convivencia, la reorganización de las formas educativas, el reforzamiento de la seguridad en los lugares públicos, el cambio en los hábitos de higiene, más un largo etcétera, son todas ellas, medidas que han explicitado el sentido biopolítico de la gubernamentalidad contemporánea. Aunque no es nada nuevo, vale la pena considerarlo por su endurecimiento en estos tiempos; porque el deterioro económico de diferentes sectores sigue sin detenerse, y porque, ante los probables rebrotes en los próximos meses, estas medidas pueden recrudecerse.

En tercero, la inminencia de la muerte. Ahora queda claro que, al menos en México, todas estas medidas no han tenido como finalidad primordial evitar la muerte de las personas, sino sólo prolongar, aletargar, extender el arco en el que acontece, para que el sistema de salud no se vea rebasado. Administración de la vida y la muerte. Algunos gobiernos lo han hecho peor que otros. Cuando menos, esta medida ha ofrecido la esperanza de que cada enfermo tenga la posibilidad de ser hospitalizado, aunque ello no garantice su supervivencia. Asimismo, ha ofrecido la posibilidad de que algunos gobiernos puedan alardear respecto de sus números siempre maquillados. No obstante, la muerte por Covid-19 amenaza a la vuelta de la esquina, y es bien sabido que numerosos hospitales han sido rebasados en sus capacidades. La muerte se ve cada vez más cerca. Ha pasado de ser una noticia lejana sobre desconocidos para colarse en nuestros círculos cercanos. Aunque los números, según datos oficiales, han comenzado a disminuir, la amenaza sigue ahí, en la tienda, en el mercado, en los paquetes que se reciben, en el cambio que se devuelve al pagar lo que se compra.

Finalmente, el pensamiento. La producción teórica en torno a la pandemia en diferentes partes del mundo ha disminuido considerablemente. Durante los primeros meses se produjeron grandes cantidades de perspectivas en torno al acontecimiento, que pasan por la filosofía, la economía, la sociología, los estudios de género, la pedagogía, la biología, la política, la estética, la estadística y un largo etcétera que incluye numerosos entrecruces disciplinares. Con todo y sus claroscuros, la producción fue notable, estimulante. La disminución en la producción, en este sentido, no deja de ser preocupante. Claro que se puede explicar de diferentes formas, ninguna de ellas concluyente, pero la más alarmante de todas sería que dicha disminución se debiera a que incluso los pensadores más perspicaces se estuvieran dejando envolver por lo que en México ha tenido a bien designarse como nueva normalidad.

Tras cinco meses de pandemia —es decir, de angustia, agotamiento, dolor y extenuación total— el peligro se ha multiplicado. El semáforo rojo ha cambiado a naranja sólo para rescatar la economía, tan ligada a la vida en nuestras sociedades capitalísticas y biopolíticas. Ya no se trata sólo del virus ni de la enfermedad que provoca, ni del control ni de la disciplina ni de la permanente cercanía de la muerte —aunque todo ello siga ahí, bien instalado, esperando la combinación oportuna para estallar sin posibilidad de control—, sino que ahora se trata de las condiciones en las que se ha colocado a las sociedades de todo el mundo, de lo que se ha hecho evidente a través de ellas, y de la manera en que les hacemos frente.

Con respecto a lo primero, la situación es clara. El virus y la enfermedad han colocado a los gobiernos en una situación de control y vigilancia sobre los ciudadanos mayor que la usual, extrapolando con ello las facultades que de por sí ya se tenían arrogadas. Casi se le puede dar la razón a las preocupaciones que Agamben expresó en sus primeros artículos. No obstante, el verdadero peligro no está ahí. Uno de los olvidos más frecuentes cuando se recurre a la analítica del poder en Foucault es que el pensador francés advierte en numerosas ocasiones que hablar de el poder es una estrategia analítica poco afortunada, pues eso que se entiende como poder no es una entidad única y abstracta que posea un individuo o un grupo de ellos, sino que se trata, fundamentalmente, de ejercicios singulares de procedencias y efectos múltiples cuyos sentidos no siempre es fácil determinar. Todo poder genera sus resistencias, es decir, nuevos poderes que le hacen frente a ejercicios específicos. En este sentido, los ejercicios de poder se expanden a modo de redes o mallas que entretejen diferentes nodos o líneas de fuerza a partir de los cuales se pueden explicar situaciones determinadas. Y si bien es posible advertir circunstancias de dominio, ellas nunca operan en abstracto ni en soledad, sin otros poderes o resistencias que lo hagan posible. Ese es el verdadero problema en la actualidad. Si bien los gobiernos han extendido sus disposiciones y dominios, sus efectos no se pueden explicar sin las formas en que la población ha reaccionado frente a ellos. El encierro, el miedo, el aislamiento y la precariedad tienen su máximo peligro ante la ausencia de prácticas y discursos que les hagan frente de maneras efectivas, más allá del miedo paralizante o la desobediencia irresponsable y carente de empatía.

Lo que se ha hecho evidente en esta situación son una serie de divisiones fácticas en el orden de lo social que, si la situación empeora un poco, resultarán en radicalizaciones de no poca monta. Se vio desde el inicio de lo que entonces se pensaba como cuarentena. Acaparamiento de productos médicos e higiénicos, compras de pánico, falta de sensibilidad frente a las necesidades de los otros. Se sigue viendo a lo largo del aislamiento; mientras que un sector de la población ha procurado respetar el confinamiento y otro no ha tenido más opción que continuar con sus labores por considerárseles esenciales; otros sectores se han dedicado a negar la existencia del virus, a salir a la calle sin marcarilla o cubrebocas, a hacer fiestas y reuniones sin el más mínimo dejo de responsabilidad o empatía, o bien, a agredir al personal de salud de diferentes e innombrables maneras. Lo que se ha dejado ver en todo este tiempo, entre muchas otras cosas, es la falta generalizada de comunidad; el egoísmo recalcitrante y desmedido, la falta de solidaridad, empatía y sentido común. Ello ha dejado asomar ciertas polarizaciones que, si la situación empeora o se mantiene así durante más meses, traerán consigo el florecimiento del odio y los deseos de castigo.

Se tienen, pues, razones para el pesimismo. Imposible darles la espalda. No obstante, necesitamos —como quería Nietzsche— un pesimismo de la fortaleza que no se pierda en el miedo, el rencor ni el resentimiento. Necesitamos, quizá más que nunca, fuerza, alegría, afirmación de la vida. La situación no lo hace fácil. Quizá lo que tendría que ocupar toda nuestra atención en estos momentos no es cómo continuar con nuestras vidas en la nueva normalidad, cómo mantenernos vivos y productivos, sino cómo le haremos frente en el futuro inmediato, qué estrategias inventaremos para no hundirnos en la soledad, la tristeza, el odio, el abandono y el resentimiento. Diferentes foros académicos han comenzado a insistir en ello. De hecho, una buena parte del impulso que nos ha llevado a los docentes a continuar con las labores académicas en línea tiene más que ver con la empatía, el acompañamiento y el cuidado de los afectos de nuestros estudiantes, que con el cumplimiento de los programas académicos. Paulina Rivero, por ejemplo, no ha parado de ofrecer pautas desde la ética en su columna en Milenio, hablando sobre la soledad, la muerte, el cuidado, el dolor del otro, la injusticia y la desigualdad de cara a la pandemia. Helena Chávez Mac Gregor ha hecho lo propio desde el cruce de estética y política en una serie de conversaciones que se pueden consultar en el canal de YouTube SOMA Summer y, recientemente, en otro programa de conversaciones llamadas Cuidado y distanciamiento. Una serie de pláticas en el encierro, apoyado por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. En este proyecto, pensarlapandemia.com, también se han desarrollado diferentes ideas en el sentido del cuidado. Hay que insistir en ello.

El cuidado. El cuidado de sí y de los otros. La empatía, el acompañamiento. Es necesario entender que todos, en diferentes grados, estamos padeciendo la situación, y que necesitamos no sólo sobrevivir al virus, sino a lo que ha desatado en nosotros y en los otros. Hay que encontrar la manera de producir afectos alegres, activos, fuertes, que nos permitan reorganizarnos, reencontrarnos y reconstruirnos frente a la situación de pandemia, pero también más allá de ella. Es hora de reinventar nuestras formas de amor y cuidado. Quizá más que nunca la micropolítica se ha vuelto una necesidad. Habrá que revisarla cuidadosamente.

Ciudad de México, 20 de agosto de 2020.

Referencias:

MiércolesDeSoma, YouTube, subido por Chávez Mac Gregor, Helena, junio de 2020, https://bit.ly/2EoFTcx

Chávez Mac Gregor, Helena, “Cuidado y distanciamiento. Una serie de pláticas en el encierro”, Instituto de Investigaciones Estéticas UNAM, 19 de agosto de 2020, https://bit.ly/2COl6iq

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