Habitar en tiempos de pandemia (XV)

José Antonio Mateos Castro

Sin duda alguna, la pandemia que habitamos y que sigue siendo mortal, ha puesto de relieve múltiples problemas y contradicciones de la realidad, como el trabajo, la educación, la libertad, la salud, la muerte, etc., que en tiempos normales no habríamos visto claramente, aunque los padeciéramos de manera cotidiana. Las diferentes ciencias han entrado en escena y, en este caso la filosofía, para dar alguna respuesta, sentido o problematizar el suelo que pisamos en situaciones excepcionales; una crisis sanitaria global que ha puesto en jaque a la mayoría de las naciones y a sus políticas públicas. Por el momento, la filosofía nos interpele a hacernos conscientes de que somos finitos, efímeros y que, queramos o no, tendremos que aprender a vivir o morir –desafortunadamente- en un estado permanente de excepción. En ese sentido, tendremos que replantearnos nuestra forma de vivir individual y en comunidad, ejercicio que no podemos dejar de hacer. 

Deseamos que termine esta media noche de oscuridad, que la vacuna aparezca, que haya una “cura”, cosa que conlleva a otros problemas; pero lo más importante será curar las almas y no sólo los cuerpos, es decir, aprender a convivir con el virus, tratar de prevenirlo, establecer los medios idóneos para hacerlo y, si bien Achille Mbembe afirmaba que “todos tenemos el poder de matar” potencialmente, lo cierto es que los otros también son nuestros semejantes y tendremos que ser solidarios; los otros también forman parte de nuestra vida, de nuestro vivir en comunidad. La cuestión será si el confinamiento –arraigo domiciliario voluntario- nos permitirá ver lo vulnerables que somos, de que siempre necesitaremos de los otros y de que no tendría que haber diferencias de ninguna clase (raza, sexo, etnia, etc.), situación que se ha hecho más visible. Es curioso que el homo sapiens –mono sapiens-, no haya previsto esta pandemia, que no haya estado preparado, pues la historia ha mostrado que estas siempre aparecen en momentos distintos, por razones y circunstancias distintas.

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Todo ello, ha puesto patas arriba nuestro horizonte individual y colectivo; desencuentros entre la economía y la vida, entre la libertad y el control del estado (dispositivo de vigilancia), entre defender nuestro derecho de manifestación por las injusticias sufridas y el tratar de que el virus no se expanda; entre dar prioridad a “la lógica estatal o a la colaboración internacional”, etc. ¿Cómo salir de la crisis? ¿Cómo aclarar nuestro sentido e idea de nación, de mundo, de humanidad? Tendremos que replantearnos el tipo de estado, de mundo de la vida y de ser humano queremos construir, porque inclusive las ciencias o la filosofía son insuficientes para darnos respuestas últimas y acabadas sobre el tipo de ser humano, democracia, sociedad y de mundo que queremos habitar. 

Nos hemos convertido en una especie de “laboratorio útil” que permite medir nuestras prácticas humanas y sociales dentro de un modelo de desarrollo neoliberal que muestra ya su desgaste en los ámbitos de la salud, educación, justicia, economía, etc. Al mismo tiempo, se imponen silencios en otros aspectos de la realidad; pienso en el feminicidio, la violencia doméstica de género e infantil, en las fosas clandestinas, en los desparecidos, en la trata de personas, en deterioro ambiental, etc. En suma, el enemigo no es el coronavirus, somos nosotros mismos. No es gratuito que Giorgio Agamben en una posición menos radical afirme, “…no podemos simplemente empezar a hacer todo de nuevo como antes, no podemos, como lo hemos hecho hasta ahora, pretender no ver la situación extrema a la que nos ha llevado la religión del dinero y la ceguera de los administradores. Si la experiencia por la que hemos pasado ha servido de algo, tendremos que aprender muchas cosas que hemos olvidado.” [1] ¿Qué hemos olvidado y qué tenemos que aprender? Aprender a habitar nuestros cuerpos, los espacios que compartimos con nuestros seres cercanos y amados, los lugares en donde vivimos y, a esperar a los que se han ido, sabiendo, en el fondo, que jamás regresarán sino es a través de nuestras narraciones. “Porque hemos perdido la capacidad de habitar” (Agamben), la capacidad de amar abiertamente, de gritar, de tenernos el uno al otro y a los otros, en suma, de ser auténticamente. Lo dicho, no es un asunto ni de derecha ni de izquierda, ni de oposiciones ni de clases sociales, es una cuestión de humana humanidad, porque en ello, se nos va la vida toda. 

Ciudad de Tlaxcala, México, 4 de agosto de 2020.

  1.  Consultado en https://artilleriainmanente.noblogs.org/?p=1800

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