El camino a la nueva normalidad en el mundo globalizado

Félix Santiago Pérez Rodríguez

Los primeros compases del siglo XXI suponen un gran cambio de paradigma respecto a lo vivido hasta el momento. El mileniarismo nos venía a alertar de un gran cataclismo inminente que nunca llegaba, al igual que el efecto dos mil, que sería irreversible y situaba al hombre en medio de un mundo extraño. Por medio de la globalización y la era psicopolítica, el hombre se mueve en la ambivalente paradoja de estar encadenado de pies y manos, mientras de un modo perverso, sostiene el látigo que emplea para someterse a sí mismo en un macabro juego donde las reglas son claras: consumir hasta ser consumido. Pensábamos que éramos imbatibles, que la ciencia era una herramienta totalmente perfeccionada y acabada a nuestro servicio, pero cuando nos habíamos erigido como dioses para las máquinas y robots que nosotros proyectamos a nuestra “imagen y semejanza”, para ser servidos por ellos como los dioses, según la tradición sumeria nos crearon a nosotros para ocuparnos del trabajo, para así disfrutar de su posición privilegiada. Justo en ese momento: de azimut tecnológico donde divisábamos la existencia desde la cima de la civilización de forma orgullosa y por qué no decirlo, sumergidos y disfrutando de la intranscendencia, de lo banal, de lo efímero, en una especie de hedonismo light, y en plena fiebre de la auto ayuda, donde el positivismo tóxico que muchos ven en Coelho, no ayudaba, ya que la vida es alegría pero también sufrimiento. Por lo tanto, esta visión llena de luz artificial en un mundo devenido en oscuridad, solo es una droga que nos aparta de la realidad, nos acerca al desastre, como si dijésemos a la historia, al capitán del Titanic que todo va a ir bien. Pero ese viejo lobo de mar ve más allá de lo que podemos contemplar, sabe que nos acercamos a la catástrofe, mientras nosotros estamos más preocupados de nuestro avatar, de nuestra doblez en las redes sociales, de complacer a otros usuarios que miran nuestro escaparate en vez de satisfacernos a nosotros mismos. En consecuencia, caímos en el ojo del huracán con una sonrisa por voluntad propia. Creíamos que éramos grandes, creíamos que teníamos las riendas de la existencia, pero entonces en medio de perfiles, de me gustas y de solicitudes de amistad, llegó una nueva pandemia global, originada en Wuhan, China, que se extendió rápidamente como datos en Internet a todos los rincones, barrios y países de la aldea global. Esa era de las máquinas perfectas creada por los hombres se ve en entredicho, por este virus que nos pone en nuestro lugar, nos desrobotiza o deshumaniza. Aún están por verse sus efectos en medio de esta encrucijada.

El gran fracaso del sistema capitalista, sin duda, ya que siempre se le achacó a la URSS su insostenibilidad, vivir de las apariencias, aparentar ser una gran potencia económica y militar. Pero si se mira de cerca, se puede comprobar que todo forma parte de un espectáculo, donde nada es lo que parece; todo es apariencia y muy poco es realidad. Bien, resulta que la Covid-19 ha puesto en jaque al sistema capitalista, dejando en vergüenza al sistema que predomina en el mundo, donde el narcisismo y esa “sociedad del espectáculo” de la que nos hablaba Debord queda aquí de manifiesto. Somos payasos tristes en medio de un espectáculo de comedia que se ha transformado en tragedia, pero solo cuando estamos en mitad de la pista del circo, mientras nuestras lágrimas arruinan el maquillaje por el cruel espectáculo del que uno se siente espectador y protagonista, vemos que hay un rostro detrás del maquillaje, que hay algo natural tras la máscara del artificio y que escupe hacia el espejo y al mundo capitalista en crisis. Como Sofía Loren en La caída del imperio romano solo podemos lamentarnos y decir que el imperio de occidente ha vuelto a caer. Sin embargo, ese mundo artificial que habíamos creado, lejos de amortiguar la caída, lo único que ha provocado ha sido un impacto mayor; pensábamos que nada era para tanto, “no te preocupes, todo irá bien”, nos decíamos sonriendo en mitad de la caída libre. En mitad de la bacanal de cables, microchips, datos e inteligencia artificial, quedamos reducidos a la condición de simples humanos, algo que nos aterra profundamente, pero que en el fondo era algo previsible como guerra o catástrofe nuclear de dimensiones apocalípticas. Aunque nunca pensamos que fuera tan agresivo, como para imponer un cambio entre el antes y el después. Intuíamos que pasaría algo que terminaría con nuestra existencia. Jamás pensábamos en una pandemia que hiciera cuestionarnos quiénes somos y de dónde venimos.

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La maldita pandemia omnipresente que nos obligaría a reinventarnos y por la que no podemos ser quienes éramos hasta este momento si queremos seguir viviendo. Todo esto para nosotros es algo aterrador, pues el hombre siempre ha tenido miedo a lo desconocido, y estamos ahora mismo en ese momento donde ese extraño que empezamos a conocer, ya no nos resulta tan ajeno. Como bien señala Francisco José Martínez, nos encontramos en un momento donde ya no tenemos una moral de herederos, como el padre que fallece y deja su patrimonio a un hijo, sino que somos náufragos aturdidos a orillas de la costa tras el hundimiento del barco que representa la modernidad. Tenemos que rehacernos, reconstruirnos con los restos del naufragio. Ya no somos parte de la tripulación de un transatlántico, grande, estable, rotundo, rígido y de certezas, ahora tendremos que hacernos cargo de una balsa hecha con palos rudimentarios, de dudosa estabilidad, débil y flexible que flota a pesar de no disponer de un timón que nos lleve a buen o mal puerto, más bien estamos a merced del viento. Esa incertidumbre, ese miedo que acompañaba a los viejos navegantes que dieron la vuelta al mundo con brújula en mano y astrolabio, ha vuelto a nuestro equipaje como algo de primera necesidad. Estamos obligados a replantear nuestra posición en la historia, al no dar con el tesoro que anhelamos, y para encontrar en una búsqueda directa, tendremos que seguir el método de Jericó: dar vueltas alrededor de la muralla como decía Deleuze.

La globalización es ese altar a Baal, divinidad demoniaca de la antigüedad que devora la carne de los jóvenes en su interior metálico ardiendo entre las llamas, con rostro de sonrisa sardónica por la tortura física, en la cual no se distingue bien si ríen o lloran con desesperación. El palacio de cristal que representa al sistema capitalista, tiene mucho que ver con esas ruinas, porque un palacio que no se sostiene a sí mismo, a duras penas llega al nivel funcional de un establo, es una imagen, una ilusión, es pura exhibición, vacía de contenido y de sentido. Es curioso, una globalización que solo crea terraplanistas frente a un Atlas anciano y enfermo que ya no es capaz de sostener la esfera. Llorad conmigo, llorad por Occidente, llorad por su caída.                  

Puertollano, 08 de agosto de 2020.

Referencias bibliográficas

Debord, Guy, La sociedad del espectáculo, Valencia, Pre-Textos, 2005.                    

Martínez, Francisco José. “La fundamentación ontológica de la práxis”, YouTube, subido por Francisco José Martínez Martínez, 11 de abril de 2020, https://www.youtube.com/watch?v=kWYm-msluqI

Martínez, Francisco José. “La dificultad de crear sentido en la sociedad contemporánea”, YouTube, subido por Francisco José Martínez Martínez, 16 de abril de 2020 https://www.youtube.com/watch?v=cwtiMMbP41o&t=556s

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