De viri natura

Diego Enrique Vega Castro

Es de las cosas de la naturaleza azotar azarosamente al conquistador. Pobre de ti, hombre contemporáneo, que sufres el primer abandono de los dioses. Aunque ¿qué dioses, si tú no crees en ninguno? ¿A qué podrías tenerle miedo si en atiborrados hospitales y en artificioso aire que llena tus pulmones tienes la indiferente certeza de que algún científico oriental creará mañana el antídoto a tus dolencias? No es esperanza ni deseo, ni ruego ni prosternación ante Dios; es la indiferente certeza que tienes porque todo ha sido conquistado y sabes que la pandemia no será la excepción.

Sin embargo, un miedo te recorre, y es que tus padres de iluminada razón desenmascararon, doblegaron todo miedo, pero no el que aún nos hace humanos: la muerte. Hoy recuerdas que ni los antiguos héroes lograron subyugarla, pero tu tragedia no es trágica, pues no tienes a quién llorar ni a quién exigir justicia. No te cabe siquiera la impasible serenidad: tus protectoras máscaras se paran trémulas ante el mundo y en tus raquíticas manos untas geles cremosos de milagros improbados. Tu nueva máscara dice tanto; disfrazas de nuevo los temores de antaño. Pero no se te puede vituperar ni increpar, tu actitud es tan natural como el virus que detestas; es esperable tu aislamiento y tu asepsia, porque si algo nos enseñaron las plagas antiguas es que nuestra humanidad es tan frágil como las murallas asediadas por miríadas de hombres. Hasta los fabulosos atenienses dejaron de enterrar los cuerpos de sus hermanos en la plaga que imponía castigo divino. No serás el primero ni el último, amigo ilustradamente decepcionado.

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El sabio Lucrecio concibió en versos el final del mundo: la plaga de Atenas. Impávido había que mirar a los ojos del mundo destruido, al horror de cuerpos hinchados y olores nauseabundos. El dolor superaba las religiosas costumbres, dice el poeta. Yo te pregunto, ¿qué superará nuestro dolor? Para ti no es sorpresa que el desastre natural sea cosa de la naturaleza, ni que quizás, un dios indiferente dejó caer el mundo y con él, al hombre en un profundo azar. No te sorprende tampoco que con tu ciencia el azar pueda ser domeñado; pero entonces, de nuevo te pregunto, ¿qué revela tu dolor cuando lo apacigua la certeza de un mundo científicamente ordenado, de magnánimos laboratorios que trabajan sin descanso para combatir al virus con altivas inyecciones? Nadie puede salvarte de la salvación que tú mismo has creado, hombre contemporáneo. Ni siquiera la esperanza de volverte animal, pues en algún sentido ya lo eres. No te preocupa que las terribles plagas obliguen a aventar los cuerpos en fosas ardientes, no te preocupa lo que antaño era una tragedia, pues estás embebido en la ignominia de que unos puedan enterrar los cuerpos familiares mientras otros no; estás embebido en la igualdad social y en un mundo cuyo progreso político pretendes que envainará por fin la espada contra una naturaleza a la que poco le interesa tu igualdad y tu neurótico compromiso social.

Cúbrete pues la boca, no vaya a ser que de ella emane un grito náufrago que al fin sincere tu dolencia, que muestre quizás la vergüenza de tu condición. Porque eres conquistador de tu propia infortuna y sábelo bien que tus infinitos antídotos no curarán en modo alguno el velado terror a esa naturaleza que aún protege la posesión de la muerte. Un nuevo terror llegará mañana y no hay hombre que siga el paso a tan adiestrado jinete. 

Puebla, 25 de julio de 2020.

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