Habitar en el interior y en el exterior: Virtualidades pandémicas. (Narrativas en tiempos de furia IV)

Fernando Solis Luna

Es importante no ver sólo la COVID. Es COVID en una población con carencias, con enormes desigualdades sociales. 

Hugo López-Gatell

Con la proliferación de las redes sociales en los últimos años, han surgido nuevos territorios donde cotidianamente fugamos nuestros deseos más íntimos e incluso, los más perversos; a éstos los llamo espacios de aparición. Esto a su vez ha implicado la aparición de nuevas problemáticas cuyas consecuencias son visibles en el régimen de la vida fuera de la virtualidad. De hecho, es tan difusa la forma en que se presenta el adentro cibernético en contraposición con el afuera que parece que los espacios exteriores son innecesarios o en el mejor de los casos resultan ser un corolario amargo de la situación real de cada usuario dentro de la Red. Sin embargo, el afuera, entendido como el acontecer, es parte fundamental de la virtualidad misma.

Los problemas reales, en ese sentido, se vuelven problemas digitales y los problemas digitales se vuelven problemas reales. Es por ello que la pandemia ha tomado un espectro variopinto entre ambos conductos de luz que le hacen aparecer de una forma casi espectacular. La circulación de información vinculada con el acontecer pandémico ha posibilitado, bajo un registro muy particular, la aparición de elementos de entretenimiento, debate y reflexión para aquellos que son susceptibles a padecer los estragos de la situación extrema, donde, sin duda alguna, las vidas se encuentran cara a cara con la muerte.

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La pandemia como acontecer de lo real ha configurado, entonces, un paisaje de algoritmos que han vuelto a la crisis misma la situación sostenible de todos aquellos que bajo el riesgo de algo no definido como el virus, transformaron su vida. Es decir, la pandemia como acontecimiento ha posibilitado, virtualmente, la constitución de múltiples elementos que hacen posible determinar órdenes y formas para la práctica de la libertad en un estado de peste prolongado. Así, ha sido posible que después de realizar la lectura de una nota periodística por internet hayamos devenido en discusión, en crítica o en miedo. Nace en la debelación de la nota un elemento que no sólo informa, sino que también posibilita habitar pese a la tragedia exterior. Nace, en otras palabras, una concepción de libertad que nos permite decir y mostrar cuál habidos somos para actuar en línea ante un acontecer que es afirmado como real en virtud de lo virtual.

La pandemia como fenómeno que lacera y enferma cuerpos también descodifica prácticas de vinculación con los otros. Lo anterior ha exigido cambiar de tono para hablar y atestiguar las prácticas de la libertad que solíamos tener en los espacios físicos. Lo que escuchamos y vemos por medio de los monitores cosifica nuestros deseos más anhelados que sólo pueden objetivarse en los exteriores. La realidad virtual gana terreno y termina marcando pauta para la acción en el afuera. El afuera se vuelve una mercancía sobre valorada y muy amada porque se presenta desde la virtualidad como lo que fue en un tiempo pretérito el territorio del juego, del habla, de la confrontación, del erotismo. Sin embargo, las visibilidades virtuales también nos muestran la matriz de lo que se ha denominado “Nueva Normalidad”. ¡Y cómo no ser nueva normalidad! El exterior se ha hecho visible como el territorio de la guerra.

Virtualidades y enunciaciones de lo acontecido se funden para permitir múltiples horizontes de aparición en medio de un estado de aparente inmovilidad. Ahora bien, el deseo más anhelado en este nicho es la seguridad. En esta red de virtualidades y enunciaciones el individuo es el amo de su propia seguridad. Es el responsable de sí mismo y de su virtualidad. Es amo y esclavo de los múltiples universos que se puede agenciar para que su subjetividad pueda ser realizable, enunciable y visible en un estado pandémico.

La situación sanitaria que vivenciamos ha cerrado los territorios exteriores, pero ha posibilitado la anchura de los territorios internos de la virtualidad que se matizan a partir de un acontecer doliente que ha dejado miles de muertos y millones anhelando la normalidad insuperada. Devenir seguridad en estos nuevos espacios exige no estar fuera del foco de las visibilidades posibilitadas por la pandemia. Así, las imágenes, los post, los likes, los vídeos en vivo y todo lo que configura el dominio Web de la pandemia nos someten al compromiso de la vida activa y libre en la interior de la Red de virtualidades imperantes. Somos libres, por ejemplo, de criticar una “falsa noticia”, pero ello nos exige que nuestras apariciones futuras online, e incluso offline, tengan congruencia con otras prácticas fomentadas en la Web.

En ese sentido, si posteamos un análisis minucioso y profundo sobre el uso de cubre bocas y su efectividad ante el contagio, nos vemos en la obligación de mantener una actitud crítica en contra de todo vestigio que diga lo contrario. Y, claro, al salir de casa tendremos que incluir en nuestra indumentaria al cubre boca mismo. Aunque también en este universo extensivo de lo virtual cabe la posibilidad de mentir. La seguridad en este escenario deviene en el momento en que las visibilidades y enunciaciones de la situación virtual nos hacen aparecer ante los demás. En ese momento somos parte de la comunidad. Pertenecemos a un domino de algoritmos que se alimentan constantemente con lo que sucede en el exterior para finalmente configurar ficciones virtuales que nos proporcionan una grata seguridad.

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Estamos, en consecuencia, confinados, pero más libres que nunca. Podemos mostrarnos ante los otros mediante una subjetividad que se escapa a las leyes de la naturaleza. En algún sentido, y es cosa que festejamos con cierto regocijo, dentro de los territorios de la Web el virus Sars-Cov-2 no puede enfermarnos. Parece que estamos, ante la situación pandémica, en el lugar más seguro en el sentido en el que somos visibles y, por ello, sanos en los confines de la Web.

Sin embargo, dentro de la vida en la red lo que hacemos visible, lo que posteamos y compartimos no es autónomo. Eso quiere decir que la libertad está anclada a las posibilidades que permite el acontecimiento exterior. Por lo que es posible atestiguar las aristas de una virtualidad pandémica y sólo ella. Las virtualidades se apropian de la pandemia para que todo se relacione profundamente o periféricamente con la enfermedad y sus implicaciones. Por lo que es casi una regla general visualizarnos como algo que en virtud de encontrar seguridad debe pensar y actuar desde y con el espectro de la enfermedad. La virtualidad hace aparecer a la pandemia como acontecimiento autónoma y univoco que nos constituye en muchos sentidos.

Mostrarnos y opinar desde lo virtual nos exige reproducir los discursos que nos llegan a nosotros desde ellos, siendo el exterior la principal referencia de creación. En este caso cuando hablamos de ellos hacemos referencia a una multitud pre-organizada con el algoritmo pandemia. Éste nos muestra y nos hace ver bajo ciertas formas de luz y sonoridad lo que se ha dicho y lo que es importante decir. Nos muestra de manera simultánea lo que se ha hecho ver y lo que se tiene que ver. El algoritmo nos posiciona en grupos que se mueven en un diagrama donde la aceptación siempre nos lleva a la aceptación y la negación a la negación de lo que debe ser.

Sin embargo, entre las virtualidades y las enunciaciones que han tomado a la pandemia como condición imperativa para dirigir la acción de las personas, podemos encontrar flujos cuya dirección es contraria a la dirección imperante. Es complicado divisarlos porque, así como aparecen desparecen sin dejar rastros visibles a la inmediatez. Los vestigios de otras condiciones exteriores que se presentan en lo virtual, en este caso, son precisamente esos contra flujos de la virtualidad pandémica que le proporcionan contexto y verisimilitud a ella misma.

Tenemos en los informes virtuales de gabinete las estadísticas de defunción provocadas por el nuevo coronavirus. Ahí impera la virtualidad pandemia vinculada con la muerte, pero en el fondo podemos hallar sus contraflujos. En efecto, los muertos visibilizan algo que va más allá del virus mismo, a saber, la desigualdad social. Debemos señalar y tener consciencia de que no todos los que han fallecido por cusas de la COVID-19 han accedido al servicio médico sólo por el hecho de ignorar los protocolos a seguir para reaccionar ante una enfermedad grave. La falta de información, en este caso, muchas veces está relacionada con la pobreza porque quien es pobre no tiene los medios digitales y técnicos para informarse de manera adecuada e instantánea. La pandemia también muestra otros contraflujos relacionados con la mortandad del virus. En el caso de México la situación sanitaria escupe entre sus virtualidades y sus enunciaciones otras epidemias relacionadas con una mala alimentación, resultado de una marcada desigualdad económica que impera en México. Entonces tenemos las epidemias de diabetes, de hipertensión y de obesidad como los flujos que se oponen a la virtualidad imperante, en otras palabras, flujos que le dan sentido a la pandemia como acontecer de muerte.

Poder habitar un territorio de manera casi hiper-humana, en tiempos de pandemia, nos posibilita pensar a fondo las muchas posibles fugas que podemos encontrar en el interior de la Web misma para habitar en el exterior. Quizá estos nuevos espacios podrían funcionar como plataformas de ensayo para diseñar rutas que nos permitan rescatar la vivencia del acontecer exterior en su dimensión sintiente y compleja. Así que más vale prepáranos para encontrar las virtualidades y los discursos que nos permitan estar dentro y fuera de la pandemia y de esa forma no olvidar que los diferentes acontecimientos que se presentan en nuestro exterior forman redes discursivas que no pueden entenderse si las desarticulamos a mansalva unas de otras.

Ciudad de México, 19 de julio de 2020

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