La metamorfosis. El proceso (Narrativas en tiempos de furia III

Fernando Solis Luna

[…] Comprendió que la falta de toda relación humana directa, unida a la monotonía de su nueva vida, debía haber trastornado su mente en aquellos dos meses […]  

Franz Kafka

Una mañana después de un sueño intranquilo despertamos convertidos en algo que no éramos nosotros. Miramos nuestro cuerpo y descubrimos vestigios que por simples, habíamos ignorado durante mucho tiempo. Nuestra memoria como recuerdo crecía y crecía como una carcasa, que pronto, se quedaría sin límites. Levantamos la cabeza y nos percatamos que todos esos recuerdos estaban a punto de caer al suelo.

-“¿Qué nos ha ocurrido?” -Nos preguntamos con cierto sentimiento de angustia.

No estábamos soñando, pero algo se había transformado como en un sueño. Aunque nuestro dormitorio tenía el aspecto de siempre las cosas en el exterior estaban cambiando y dentro de nosotros también. Sobre la mesa de nuestra habitación yacía lo de costumbre: libretas, plumas, lápices, libros y un sinfín de artículos que son gratos y necesarios para nuestras actividades. Los libros en los liberaros estaban como siempre, el baño, claro, en el mismo lugar; las escaleras, también parecían ser las mismas. Pero algo no era ya normal.

Miramos por las ventanas el exterior y observamos un paisaje nebuloso, aunque el Sol resplandecía en lo más alto del firmamento. Fue inevitable no sentir  melancolía.

“Bueno -pensamos algunos-; ¿Y si siguiéramos dormidos un rato y nos olvidáramos de nuestro estado actual?” Pero ya no era posible, porque nuestra costumbre se había convertido en pensar casi en todo; olvidar o ignorar los sucesos de nuestro presente ya no era opción. Aceptamos nuestra actual situación y nos esforzamos en reconocer que sería pasajera. Así que comenzamos a pensar en y desde la pandemia.

Pasaron los días y pronto, algunos, nos dimos cuenta que la empresa que habíamos elegido era en verdad cansada. Viajamos por los ríos discursivos que enunciaban a la enfermedad; tocamos sus aristas y la vomitamos. Así, caminamos hacia el exterior y hacia el interior de nosotros en un vaivén de ideas múltiples. Y lo hicimos con el objeto de encontrar respuestas, pero en lugar de ello hayamos muchos problemas que ya estaban ahí y que por nuestra falta de visón habían pasado desapercibidos. Fue entonces cuando surgieron las preocupaciones.  

Las preocupaciones son mayores cuando el pensar mismo aviva nuestras necesidades más inmediatas y nuestros miedos más salvajes y, ello, nos ha pasado factura. Algunos, al pensar en la pandemia, sólo hemos vivificado y hecho visibles nuestros miedos más profundos. Con el pasar de los días empezamos a enunciar que la enfermedad tenía notorias implicaciones políticas, también, notorias implicaciones sociales que romperían las muy distintas prácticas de relación que habíamos tejido con los Otros y con los espacios. En suma, los diagnósticos que empezamos a codificar no eran del todo alentadores.

Hemos pensado y diagnosticado de muy diversas formas las implicaciones del virus Sars-Cov-2 en la vida del enfermo y en la vida del sano. Y en El proceso nos hemos percatado que, también, los espacios públicos han entrado en cuarenta. La ciudad ha enfermado, el espacio público se ha convertido en espacio de miedo y muerte. Al hogar, por su parte, lo hemos tratado de codificar como lugar de seguridad, libertad y, sobre todo, como lugar de trabajo. Nuestra realidad ha sufrido La metamorfosis.  

No voy a negar que particularmente he tenido miedo, porque es obvio que el pensar la pandemia me ha conducido a considerarme como un algo singular sin ningún privilegio en la vida que tendrá tarde o temprano que enfrentar a la muerte. No obstante, y El proceso de pensar la pandemia me lo ha permitido de esa forma, no he dejado de rumiar en las opciones que tengo para afrontar la finitud de tal forma que mi deseo por la vida no disminuya.

Desde aquella primera mañana en que despertamos y ya no éramos lo que solíamos ser, nuestra habitación se convirtió en madriguera: en lugar de ocultamiento, de visibilidad y de seguridad. No hay duda, me convertí, al mismo tiempo, en un espantoso insecto que piensa, que desea y que por sobre todo aún mantiene el anhelo de pensar la posibilidad de construir parrhesia[1] con el Otro.

Pese a todo, pese a que han hecho visible que el contacto con los Otros es significativamente peligroso, pese a que ese despliegue de contacto con el cuerpo ajeno ha comenzado a disolverse por la disciplina y el control de la medicina social; pese a que la piel se ha convertido en factor de muerte, es en el Otro en el que encuentro alivio. Es la posibilidad que tengo con los otros de codificar relaciones de afecto por medio del habla, la escritura y sobre todo por medio de la mirada, lo que me hace pensar en el devenir de ciertas condiciones para una vida [post pandemia] sostenida en la parrhesia.

Habitar el cuerpo, sentir el cuerpo y pensar el cuerpo no se limita sólo al contacto físico de  unos con otros. En ese sentido, si Gregorio Samsa al convertirse en una cucaracha no hubiese perdido las manos, el habla y la mirada seguramente hubiese encontrado la manera de hilar su condición miserable en una condición de comprensión de su propio presente. Entonces y sólo entonces, hubiera resistido su situación doliente.

Ciudad de México, 30 de junio de 2020     


[1] Principio crítico de la palabra, de la relación verbal con el otro, es decir, es una actitud de valentía al hablar sin miedo que implica, a su vez, una apertura del corazón y del pensamiento.

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