Furia e incertidumbre en una ciudad atribulada

Rafael Ángel Gómez Choreño

Hemos llegado a un punto en el que el ansiado final de la pandemia se ha desvanecido como un espejismo o una ilusión. Pero no queda claro si el espejismo consistía realmente en vislumbrar el tan deseado final de la epidemia en la ciudad fuera de tiempo, o si de hecho el permitirnos este tipo de imaginaciones es la verdadera pandemia, porque nos permite generar este tipo de ilusiones, en lugar de ser realistas, hasta quedar atrapados en la fantasía de nuestros más caros deseos.

Pero, ¿qué está pasando con el espejismo de nuestras ilusiones? ¿Será que nos sentimos simplemente decepcionados ante el abrupto e irremediable desvanecimiento de las imágenes con que nosotros mismos hemos estado alimentando nuestras ilusiones durante meses? ¿Será que nos han estado engañado a todos descaradamente y con toda mala fe o mala voluntad? ¿Será cierto que nos han sumergido en una gran mentira global? ¿O será simplemente que el verdadero problema es que de pronto nos vimos obligados a reconocer que una pandemia no puede terminarse por decreto como sí puede suceder con una cuarentena?

El asunto es muy simple. Muchas personas creyeron que en cuanto la epidemia en su ciudad llegara a su acmé todo sería cuestión de esperar unos días para ver que el contagio por fin se detendría y que los lamentables decesos empezarían a disminuir —hasta cesar por completo—, y que entonces podríamos salir de nuestro encierro sanitario porque el gobierno por fin declararía el fin de la cuarentena y todos podríamos regresar a la normalidad de nuestras vidas. Lo cual es perfectamente comprensible. Mas nunca nos esperamos que la cuarentena y la pandemia terminarían separándose y que el tan añorado regreso a la normalidad terminaría siendo canjeado por un complejo e inconsistente regreso escalonado a una “nueva normalidad” en la que la enfermedad y la muerte parecen estar más vivas que nunca y más cerca de todos nosotros.

A final de cuentas, la ilusión está rota y el espejismo se ha desvanecido por completo, mientras la ciudad empieza a arder por todos lados entre la furia y la incertidumbre cada vez mayor de sus habitantes. Unos ya salen a las calles con total indisciplina en señal de protesta y rebeldía; otros se mantienen encerrados en sus casas, pero con un miedo mayor y mucho más incontrolable, muy cerca en realidad de la desenfrenada desesperación de quienes intuyen que muy pronto serán lanzados al precipicio como carne de sacrificio.

Lo único que a todas luces sí parece muy positivo con todo esto es que por fin se empieza a entender que la “estrategia sanitaria” del gobierno de México —al igual que la del gobierno local de la Ciudad de México, desde donde escribo estas líneas— nunca tuvo nada que ver con disminuir la cantidad de personas contagiadas ni la cantidad de muertos, sino con la protección del sistema de salud. Es bueno saber con claridad que el gobierno, en todos sus niveles, solamente ha estado procurando que la atención hospitalaria no colapse —y hay que reconocer que lo han logrado de acuerdo a sus criterios, aunque no lo comprendamos. Pero del mismo modo que también resulta bueno, para cualquier persona en estas circunstancias, el tener claro que la enfermedad y la muerte siguen estando ahí, en algún lado, acechando todo el tiempo nuestra frágil tranquilidad y nuestro endeble equilibrio político y mental, así como también amenazan todo el tiempo las vidas que más apreciamos y que nos aterroriza perder —con todo y lo útil que hayan sido su “sana distancia” y el “quédate en casa”—, pues ahora el reto que nos han impuesto sin ninguna consideración es: regresa a trabajar, pero ten el mayor cuidado posible con el bicho porque aún te puede matar.

Es por eso por lo que la sociedad está furiosa como nunca se había visto. Todo se ha convertido en una enorme y peligrosa bomba de tiempo. Pero no se trata de una bomba que vaya a estallar en un futuro incierto. Ahí no es donde recae ahora mismo la fuerza de la incertidumbre. Por el contrario, sí es producto o efecto en cadena de la cruel incertidumbre en la que la situación de la pandemia nos ha colocado, pero no es un problema incierto. Se trata de una bomba que ha estado estallando por aquí y por allá —en realidad por todos lados—, cuyos estragos son imposibles de calcular porque ni siquiera terminamos de comprenderlos.

Estamos en un punto en donde no hay manera de evitar ni la crisis de nuestro tiempo ni sus consecuencias. Tenemos como único camino el seguir adelante con nuestras vidas y aprender a andar los senderos que se bifurcan todo el tiempo sin necesitar certidumbres innecesarias ni apegos superfluos. En lugar de darle tanto espacio imaginario a las falsas ilusiones, ya sea por ser inviables o de plano por ser  irrealizables, se ha vuelto necesario el ocuparnos de aprender a imaginar de un modo adecuado lo dado, lo sentido, lo vivido; a construir memorias y olvidos realmente pertinentes para el presente, para la vida presente, para seguir vivos ahora mismo; para fantasear, desear, soñar o ensoñar modos de vivir con alguna alegría o entusiasmo en estos tiempos tan oscuros y tristes en una ciudad atribulada que hoy se cae a pedazos.

Ciudad de México, 30 de junio de 2020.

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