Ahora y Nunca

Eduardo Ledesma

Tuvo que venir el coronavirus a rasgar el velo de Maia. Estamos ante una nueva clase de soledad, la extraña sensación de irnos sin haber llegado. La extraña novedad de quedarse en el vacío de la falta concreta de lugar. La mismidad del espacio es capaz de generar tal confusión. Cuando concebimos al tiempo de la misma forma, generamos una inútil constante. Una matriz del aburrimiento y la nostalgia, basados en el cansancio de lo igual que caracteriza a la repetición sin sentido, cualidad de lo mecánico.

¿Cómo pensar en los estadios de una habitación sin tránsito aparente? Una especie de no-lugar que caracteriza a cierta clase de sitio. La normalizada virtualidad se manifiesta como paisaje y territorio estéril. Sin embargo, ¿qué somos nosotros sino vida? Somos vida en tanto que habitantes del mundo, vinculado con nosotros a través del portal del cuerpo. Es hora de soñar e inventar. Quizá sea momento de intentar salir de la caverna a través de nosotros mismos.

Pensemos en la posibilidad de un primer paso, asumir que, quizá, no vamos a dejar de estar encerrados. Solo tenemos lábiles garantías de tiempo, lapsos indefinibles. Estamos a merced de la magnitud geométrica de lo posible, lo inconmensurable. Siempre ha sido así, hoy su evidencia es contundente. Absurdo es solicitar la determinación del fin de lo que jamás ha dejado de moverse, ¿por qué debería sorprendernos el rebrote? La magnitud sublime nos eclipsa ante nuestra finitud, escinde nuestra consciencia. El virus sigue afuera (sin que ello excluya que pueda estar adentro), el mundo es su dominio. Pleno, vivo y vibrante, territorializa nuestros estadios porque siempre han sido suyos, desde que la naturaleza se despliega a través de la concretud de la materia, estadios visibles e invisibles. Hoy es más evidente el germen de nuestra muerte, presencia manifiesta a través de lo invisible, siempre ha sido posible la finitud de nuestros procesos individuales de existencia, ahora son particularmente probables. Este es el principio cruel que significa la enfermedad para nosotros.

Por más duro que suene, quizá sea mejor asumir la pesadilla y actuar en consecuencia. Hacer a un lado placeres crápulas de inmediato; compromiso con nuestra dependencia. Privilegiar lo importante, reinventar la manera de estar cerca, de acercarnos. Volver a conocernos para, quizá, volver a amarnos.

Me siento en la misión más importante de mi vida. Una tarea personal, una labor de amor. Jamás creí estar en situación semejante. El problemático refugio de la negación e indiferencia es más efectivo de lo que pensaba. Lo evidencio en la postergación de una profundización de mi conciencia. Mi sensación ya hablaba a través del miedo, la tristeza y la decepción. Sin embargo, todo ello era parte de un paisaje todavía distante, aparentemente extraño, una lejanía aparente. Hoy me queda claro que nada es ajeno, bien dice Terencio. No es un capricho, no es algo que podamos decidir, tal dato constituye nuestra libertad como principio de nuestra liberación.

Es tiempo de dejar de vivir como si fuera capaz de calcular lo inevitable. Quizá nadie lo entienda, en el mejor de los casos, unos cuantos. La diferencia es que, si son más quienes se resisten (como siempre ha ocurrido) seremos todos los que hayamos fracasado.

Es la primera vez en mi vida que me siento sin opción. Lo que se opone al dolor de tal consciencia es mi deseo de vivir. Quiero seguir viviendo, a pesar del acecho a mi querencia. Ante lo crudo y devastado de este mundo asfixiado por su propio halo radiactivo, no queda más que la potencia atómica de aprender a amar nuevamente. No hay fracaso en su intento.

¿Será este reto semejante al de los habitantes de Prípiat, después de que Chernóbil quedara convertida en derretidos girones de metal? Esqueletos minerales formando el paisaje terrible de lo humano, ciudad en llamas. Parece que necesitamos la catástrofe, a pesar de ser incapaces de aprender algo de nosotros mismos a través de ella. Creemos que todo el mundo debe sufrir para que nuestra vida adquiera sentido.

Sin embargo, hay quien se pregunta por este último. Se hace evidente el peligro de su cierre. ¿Nuevamente acudiremos a las fuentes del pasado –narrado a la sombra de mezquinos intereses– para comprender y arrepentirnos? ¿Volveremos a extraviarnos en el inhóspito futuro? El viaje imaginario de una consciencia, tendiente a la peligrosa perversión de asumir supuestas garantías de su deseo. Imágenes alienantes de paisajes, más que inhabitables, imposibles.

El aparente no movimiento que puede implicar la relación con las pantallas del dispositivo se acompaña con nuestro hastío. Es la inercia de lo mismo. Tenemos nuestra imagen reflejada en el espejo negro que se traga nuestra vida. Una estrella muerta que activamos, no por nuestro uso del recurso tecnológico, sino por nuestro propio abandono. ¿Por qué no hacer de nosotros un prójimo, un semejante, aquél que vemos ante dicha frágil superficie de cristal? Tenemos la difícil misión de aprender a ser nuestra compañía, incluyendo las diversas capas de tal posibilidad de nuestros cuerpos, con todo y sus diversas superficies y profundidades. Todavía tenemos tal diversidad visible e invisible, accesible al ser explorada. Con ella podemos entrar en contacto, palpar nuestro dolor, nuestra necesidad, a través de nuestro cuerpo. Por ello, no podemos ser abruptos, serlo es tan peligroso como el abandono, eso también es negligencia. Nuestro dolor puede ser capaz de poseernos. Duerme latente, hay que atenderlo con amor, despertarlo con la paciencia del amante hacia su amado. Es tiempo de caminar viendo flores por el cocito que nos habita, una oportunidad de exploración que nos da el encierro a través de los diversos tactos, la mirada atenta, la respiración fluyendo a través de nosotros, la saliva, las lágrimas, el semen y la orina saliendo y depositándose fuera y dentro de nuestro cuerpo. Contemplar lo que nos pasa, vivir lo que sentimos, sin la prisa del juicio, con la paciencia del amante.

Por lo pronto, en el caso de muchos de nosotros, nuestra presencia solo es para uno. Aparentemente, habitamos el ahora indefinido de la vida, la incertidumbre que la constituye. Tan comprometidos estamos con negarla que la olvidamos. Nos olvidamos de nosotros mismos. Abandonamos las potencias de nuestra proxemia. Hacemos de lo externo el principio de relación para resolver nuestra soledad, en lugar de comprometernos con la vida a través de nosotros mismos. Peligrosa inercia, irresponsable e infantil sujeción a lo demás en contra de nosotros mismos. Así de grave es el problema de nuestra especie para el mundo. No podemos seguir viviendo de esta forma sin sentido, así hemos llegado hasta aquí y, a pesar de todo, nos resistimos a encontrarnos.

Los demás tienen nuestra imagen diferida por medio de señal y dato. Registro de lo poco que sabemos de nosotros. Tan solo eso hemos logrado y, sin embargo, a pesar de lo poco que parece, es muchísimo, el extravío necesario para volver a la indefinición de nuestra incertidumbre, aunque nos cueste la vida. Hoy, quizá, aunque solo sean algunos, hay quien puede emprender camino a Delfos.

Creíamos que la certeza era parte de nosotros, hasta que la catástrofe salió a nuestro encuentro. Nos recordamos en la indeterminación latente, toda incertidumbre: la ocasión del latido, el espacio del aliento, en el que la habitación de su vacío (la interrupción) por parte del cuerpo que lo habita, nos recuerda la angustia que jamás dejará de padecer aquello que está vivo.

Ciudad de México, 9 de julio de 2020

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