Tiempos de furia en tiempos de pandemia: Breve disertación para pensar la muerte sin miedo (Narrativas en tiempos de furia II)

Fernando Solis Luna

Para Araceli Ramírez

La muerte es la viva imagen de la ternura /vestida siempre de negro entre su blancura / la muerte con sus encantos bien decidida / me quiere arrancar el alma y beber la vida.

Alejandro Pico

Nos encontramos en tiempos de furia; tiempos que nos exigen sentir sensaciones variopintas que nos permitan re-escribirnos el rostro cuantas veces sea necesario; sensaciones que de alguna forma hemos sepultado en el mar de nuestra memoria por el hecho de pensarnos fuera de toda escala de lo finito. En su lugar, experimentamos un deseo que se desborda constantemente hacia una realización interminable de nosotros mismos. Pero ¿qué hemos olvidado en ese movimiento?, ¿qué sensación hemos dejado de atestiguar en estos tiempos de enfermedad y crisis? Con cierto recelo diré que hemos olvidado sentir, aunque siempre vivimos con temor, las exquisitas, pero molestas pulsaciones del miedo, las cuales, sin embargo, han conducido a las personas a lo largo del tiempo por caminos que hacen posible soportar las presiones de la tempestad misma.   

Aunque no es grato aceptarlo de esa forma, debemos decir que hemos aprendido a vivir con miedo. Tememos salir del hogar y no volver; tememos que nuestras madres, hermanas, parejas y esposas no regresen a casa por culpa de una violencia necrótica ejercida al cuerpo femenino sólo por el hecho de vivir en un sistema patriarcal. Existen, por otra parte, miedos que frenan nuestra potencia; miedos que se encuentran vinculados con la económica, pues quedarse sin trabajo, para algunos, es pavoroso.

Nos toca enfrentar cotidianamente escenarios donde la estética de la muerte se vuelve espectacular y donde ciertas prácticas de violencia sólo tienen el objetivo de incitar el pánico. Muy pocos de nosotros, por ejemplo, no entenderíamos la forma en que se hacen visibles los mensajes entre las células del crimen organizado; mensajes que se enuncian por medio de cuerpos desaparecidos, lacerados, mutilados, desgarrados; vomitados en sangre y en orines. Detrás de esos cuerpos siempre existen historias desgarradoras que pueden no contarse con palabras, pero que sí se presenta con potencia en imágenes. Esa forma de hacer aparecer el cuerpo tiene la posibilidad de hacer vivaz la reflexión más pura y la experiencia de los temores más profundos.

Mientras los riesgos que puedan lastimarnos estén fuera pero también dentro de nosotros, el miedo estará presente. El miedo como angustia, pero también el miedo como condición categorial de acción. Tiene mucho sentido pensarlo de esa forma, pues quien teme ante un peligro, corre, grita, pelea o, en el peor de los casos, se queda totalmente enmudecido, paralizado. Así, esta peculiar sensación que se encuentra vinculada con la angustia puede ser completamente inconveniente cuando no se conocen las verdaderas causas por las que se actúa, por las que se tiene miedo.

Al escuchar las trompetas de los jinetes del apocalipsis los hijos de Dios temerán por las vibraciones producidas, pero en realidad aunque el sonido sea estrepitoso y terrorífico, no es el sonido en sí lo que despertará la angustia, sino las implicaciones de lo acontecido ¿qué significan las trompetas y el desgarrador sonido que emiten? Quien en verdad conozca el trasfondo de ello en un primer momento tendrá miedo, pero en un segundo momento podrá tener mesura, podrá actuar para ponerse a salvo.

Cuando el monstruo de Frankenstein gritó su primer soplo de vida, su creador sufrió el tormento de lo que implicaba una creación tan impía que no sólo se oponía al determinismo del hombre a morir sino también a las leyes de la naturaleza misma de la creación. Agobiado por el resultado de su trabajo devino miedo, pero al comprender las causas del mismo tuvo las fuerzas suficientes para huir, más tarde el monstruo lo alcanzaría, a pesar de los esfuerzos realizados por el doctor Frankenstein para ocultarse. No hay duda, el miedo nos conduce a actuar.

Sin embargo, cuando éste llega turbulentamente al alma, termina inhibiendo la capacidad de acción de cualquier persona. Todos pueden ser víctimas de esa sensación y así preferir la muerte sobre la vida: “Moriré –dijo –, tengo que morir de esta deplorable locura. Así, así y no de otro modo me perderé. Temo los sucesos del futuro, no por sí mismos, sino por sus resultados. Me estremezco pensando en cualquier incidente, aun el más trivial, que pueda actuar sobre esta intolerable agitación. No aborrezco el peligro, como no sea por su efecto absoluto: el terror. En este desaliento, en esta lamentable condición, siento que tarde o temprano llegará el periodo en que deba abandonar vida y razón a un tiempo, en alguna lucha con el torvo fantasma: el miedo”.[i]

Y a pesar de la fuerza con que se presente, es posible que el conocimiento adecuado de lo que esté produciendo tarde o temprano pueda conducirnos fuera de él. Cada que un miedo cercene una monada de nuestra consciencia, de guardar serenidad, sabremos que proviene de algo exterior; y si eso exterior se presenta con tanta demencia y fuerza, de no resistir su embate, nuestro deseo por la vida podría disminuir.

Cada que identificamos que algo externo a nosotros nos produce cierto terror, ya sea un discurso, una imagen, una persona, una máquina, un animal, una enfermedad, etcétera, tenemos la posibilidad de blindarnos ante ello. Sólo basta con renunciar a la relación que en este caso nos está produciendo el temor. Sólo así podemos continuar con la vida. Tal proceder exige, sin duda, virtud: “cuanto más se esfuerza cada cual en buscar lo que le es útil, esto es, conservar su ser, y puede conservarlo, tanto más dotado de virtud está; y, por el contrario, en cuanto cada cual descuida conservar lo que es útil, esto es su ser, es impotente”.[ii]

Ahora bien, si una enfermedad nos produce turbación en tiempos de furia ¿cómo renunciar a la relación persona-enfermedad si la enfermedad misma puede llevarnos a la muerte? En efecto, cuando un cuerpo enferma se debilita, pero tratará de alcanzar la salud de una forma o de otra; el sistema inmune reaccionará y nosotros mismos cuidaremos del cuerpo enfermo mediante un buen comer u otras acciones. Cuando ello sucede, la relación a la que tenemos que renunciar es al vínculo que tejemos entre la enfermedad y la negación de la muerte, porque es la idea de la negación de la muerte y sus distintas afecciones, las que nos  pueden conducir a la impotencia. En ese sentido debemos aceptar que enfermar y morir es una posibilidad.

Entonces ¿qué sensaciones son las que nos exigen sentir estos tiempos de furia? Lo que nos han de exigir estos tiempos es experienciar las alegrías que se producen al intimar con la valentía. Debemos sentir, pues, las pulsaciones del miedo que nos conducen a ser valientes o en otras palabras, que nos conducen a conocer las causas por las que tenemos miedo. Al hacerlo debemos aceptar que la muerte es inevitable, pero no por ello nuestro deseo por la vida debe desaparecer.

No debemos olvidar que la muerte siempre viene de fuera, es exterior, causada por un sinfín de sucesos y acontecimientos que vinculan cuerpos con otros cuerpos, cuerpos con ideas e ideas con afectos. En algunos otros casos la muerte está vinculada con la corrosión del devenir temporal, es decir, está vinculada a leyes generales que implican la duración del tiempo, bajo el cual todas las partes que forman un cuerpo permanecen en su constitución como vida. En efecto, siempre estamos abiertos al campo de la corrosión lograda por el paso del tiempo y aunque tengamos un deseo desbordante por la vida, la fuerza intrínseca del cambio nos conducirá, inevitablemente, a la descomposición, al no ser. Por lo dicho anteriormente, podemos decir que la muerte es accidental en el sentido en el que no nos pertenece como deseo de vivir.

Sí, no debemos temer a nuestra finitud. Morir es inevitable y mientras el exterior sea más robusto y violento, como lo es actualmente por los estragos que ha provocado la pandemia, tenemos que pensar la muerte como condición de finitud de toda persona. Valientes seremos si atestiguamos ello en tiempos de furia; valientes seremos si a pesar de hacerlo sentimos el ánimo para seguir pensando, escribiendo, creando, poetizando, actuando.  

Ciudad de México, 5 de julio de 2020.


[i] Poe, Edgar, La caída de la casa Usher, traducción de Julio Cortázar, pp. 8-9 tomado de http://joveneslectores.sems.gob.mx/biblio_sems/libros/La-caida-de-la-casa-Usher_Poe.pdf

[ii] Spinoza, Baruch, Ética demostrada según el orden geométrico, Gredos, Madrid, 2014, pp. 195-196.

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