Pensar bajo presión: Reflexión en tiempos de pandemia y monstruos (Narrativas en tiempos de furia I)

Fernando Solis Luna

En estos días de confinamiento es posible que muchos hayamos encontrado elementos diversos para impedir que la incertidumbre y el miedo encadene todas nuestras posibilidades de acción. Así que nos pusimos a leer, a escribir, a realizar crítica, a jugar y charlar con la familia. En fin, realizamos una gran diversidad de actividades para enfrentar las tribulaciones del alma. Los días han pasado y parece que todo continúa igual, pero no es así. Las cosas y la situación social provocada por la pandemia se han transformado. Parece que el hartazgo del encierro ha superado el deseo por vivir, porque algo muy particular comienza a fugarse al exterior. ¿Será que nuestro deseo de vida está vinculado directamente con el espacio público?, ¿será qué no podemos vivir enclaustrados? No lo creo, todos deseamos extender nuestro tiempo de vida, todos deseamos perseverar en nuestro ser el mayor tiempo posible.

Entonces ¿por qué los flujos de gente aumentan aceleradamente en las calles de la ciudad? Si deseamos la vida más que la muerte ¿por qué empezamos, nuevamente, a recorrer la ciudad si la epidemia sigue enfermando a los cuerpos?, ¿por qué deseamos salir de nuestra propiedad privada, cuando ésta se ha convertido en sinónimo de seguridad?, ¿qué tipo de vida es la que estamos refrendando? Todo parece conducirnos al límite de una sociedad que basa sus deseos y su esperanza en la reapertura del mercado, en la reapertura de la economía.  

En efecto, algunos para existir tenemos que aceptar que mientras nuestro cuerpo permita la producción de trabajo, podemos y debemos trabajar. Mientras la enfermedad no paralice por completo nuestro cuerpo, podremos existir como máquinas de producción. Esa es la vida que se trata de defender y afirmar en medio del torbellino pandémico; se confronta al virus para poder vivir. En pocas palabras si no se tiene trabajo, no se tiene vida, no se existe, no se puede existir. Hay, pues, un deseo de perseverar en la vida, a partir de la fuerza productiva, independientemente de la crisis sanitaria (homo economicus) que estamos enfrentando.  Así es, ha llegado el momento de salir nuevamente a las calles en aras del trabajo.

Es curioso, pero durante la inmovilidad lograda por el confinamiento, las grandes masas siguieron generando capital, pues existió y sigue existiendo, un ritmo de consumo y venta de artículos que se hacen ver como elementos que podrían potenciar posibles alegrías frente a la tragedia. Y si existe demanda y producción, tiene que existir trabajo. El trabajo siempre ha estado presente en la pandemia, incluso durante el encierro mismo. Ante ello, es evidente que no se ha querido detener la producción económica, sino la movilidad de la población, lo que implicó e implica, cambiar el estilo de vida. Pero ¿a qué costó?; ¿será posible ese cambio?; ¿será posible mantener el cambio, ahora, durante el desconfinamiento?

Por lo menos los elementos más básicos de la vida sí han sufrido un reacomodo. El contacto físico con el otro se ha convertido en peligro de muerte. El hecho de que las personas deseen salir a trabajar no significa que no teman al virus. En ese sentido el espacio público se ha convertido en espacio de miedo, aunque es difícil de percibirlo en el rostro de los transeúntes, pues éstos han cubierto sus rostros con mascarilla y gafas.  Temerle al virus es temerle al otro; a su cuerpo, a sus caricias, a sus fluidos. Ese ha sido el resultado de la cuarentena. Por todas partes, a donde miremos, vemos y veremos monstruos durante un tiempo indeterminado. El monstruo estará ahí.

Solemos vincular ciertas figuras monstruosas con la literatura. En ese sentido, cuando oímos hablar del monstruo pensamos en un ente quimérico cuya hábitat se encuentra en los confines de la ficción, sin embargo, el monstruo no es sólo un producto inerte de la sinrazón, ya que aparece como discurso que funciona cual fábula y ficción de una epocalidad. En efecto, la fábula “[…] está hecha por elementos colocados en cierto orden; es el régimen del relato, es una postura de valor frente a lo que acontece […] La ficción es la trama de las relaciones establecidas a través del discurso mismo”.[i] Por tal motivo, el monstruo es la representación ficcional, moral, ética y política del sujeto atado a un presente inmediato.

En este caso, en nuestros tiempos de pandemia, el monstruo-enfermo es la representación arquetípica de lo que debe ser negado, a saber, la posibilidad de la muerte y la posibilidad de enfermar. En ese sentido, la OMS ha fundado un paradigma de control sanitario cuya finalidad es proteger la economía y la vida de aquellos que son susceptibles al ente patógeno. Con ese objetivo, se firmó en el año 2005 el Reglamento Sanitario Internacional (RSI).[ii]

En dicho reglamento se habla del portador de la enfermedad, el equivalente a Nosferatu, a un nosophoros (νοσοφόρος) que significa portador de la plaga. Al respecto, el RSI decreta que los afectados deben definirse de la siguiente manera: afectados “[…] significa personas […] que [están] infectad[a]s o contaminad[a]s, o que son portadores de fuentes de infección o contaminación, de modo tal que constituyen un riesgo para la salud pública”.[iii] Lo que dicta el RSI no es metafórico: Monstruo es aquel cuya enfermedad paraliza la vida cotidiana lacerando las condiciones para un buen comercio, para una buena economía. Siendo ello así, el reto ahora es salir a las calles sin convertirnos en monstruos.

La situación actual no es muy alentadora; las personas siguen muriendo a causa de la enfermedad por Covid-19 y las estrategias para mitigar la propagación del virus lastiman cada vez más a profundidad nuestros espacios de aparición y de relación con los otros. Aunado a ello, tendremos que salir a trabajar evitando las muy grandes posibilidades de convertirnos en nuestros propios monstruos y morir en esa transformación.

 No hay duda alguna, somos nosotros y nuestras circunstancias y si no las salvamos a ellas, no nos salvamos a nosotros. Nuestra circunstancia presente nos condena a buscar resistencias, sublevaciones, incluso, aunque sea muy utópico y tenga un sinfín de problemas teóricos plantearlo de esa forma, estamos condenados a pensar en una revolución si no deseamos vivir y morir más por el trabajo. En suma, estamos condenados a pensar en alternativas si no deseamos morir en un lento y trágico marasmo justificado por una época de peste:  

El hombre ha creado un mundo que es hostil al hombre –
Apenas queda espacio para el amor… sustituto de la satisfacción.
Auto-realización a cualquier precio – en lugar de auto-reflexión,
La codicia en la noche y la falta de comida… ¡necesita una revolución!

Sólo levántate […]
No me quedaré más en silencio.
¡La revolución es ahora y un hombre enfermo está cayendo!
Sólo levántate… ya no mira hacia otro lado.
No me quedaré más en silencio.
¡La revolución es ahora, y un hombre enfermo está cayendo!                    

                        Lacrimosa

Ciudad de México, 5 de julio de 2020.


[i] Foucault, Michel, Entre Filosofía y Literatura, Paidós, Barcelona, 2010.

[ii] Organización Mundial de la Salud, Reglamento Sanitario Internacional, Biblioteca de la OMS, Ginebra, 2005. p. vii.

[iii] Ibídem, p. 5.

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