Consciencia espacial: La ciudad como problema de salud pública

Giovanni Perea Tinajero

Iba a titular este pequeño escrito como La ciudad contra la pandemia, pero con la intención de dejar de lado un discurso acostumbrado al lenguaje bélico, me pregunté ¿contra qué se enfrenta o contra qué ataca una ciudad en esta situación? Ahora, pienso que más bien hace falta una ciudad que esté lista para recibir una pandemia a una que la trata como un enemigo de guerra. Así como en su momento la ciudad y sus métodos de construcción se previenen para asimilar un terremoto, un tsunami, un huracán, etcétera, la ciudad también cambia su fisonomía habitual cuando sus habitantes enferman, mueren o se contagian de manera masiva. De ahí que tratemos de hacer una ciudad más resistente a los embates de la naturaleza. Quizá nunca sea suficiente, pero al menos existe la conciencia de prevención ante el azaroso porvenir y sus impredecibles, aunque probables, malestares que la cuidad pueda sufrir.

Sin embargo, no hay ciudades preparadas para recibir una pandemia. Unas con mejor calidad de vida que otras, pero en esencia vivir juntos, que es el principio espacial de toda ciudad, es lo que le viene bien a la propagación de un contagio. En otras palabras, las grandes ciudades son el escenario perfecto para la proliferación de una epidemia y en el peor de los casos para el desarrollo letal de la enfermedad. Desde el siglo XIX, el crecimiento de las grandes ciudades industriales trajo consigo una serie de problemas, como constantes enfermedades, mala administración de los desechos, infecciones y epidemias. Sin embargo, con el precedente de la peste bubónica a finales de la Edad Media, no es hasta con el barón de Haussman, Georg-Eugène (urbanista y político de Napoleón III)[i] en París, cuando hay especial atención por la forma en que se construyen las grandes ciudades y su relación con la vida de sus habitantes. En atención particular a la salud hasta 1867 en España, cuando Ildefons Cerdá,[ii] impulsador del urbanismo como disciplina teórica, comienza con la planeación estratégica de su ciudad: Barcelona. Con vistas a mejorar no sólo las condiciones políticas de la ciudad sino también las condiciones sociales y de sanidad. Dejando ver que la construcción y habitación de una urbe es meramente un problema de salud pública. Si bien los resultados son polémicos, la intención de mejorar la calidad de vida y equilibro entre las clases sociales quedó materializada en el trazo de urbano de la ciudad.

Con el tiempo, hay que notar que el urbanismo ha cambiado nuestra manera de habitar y viceversa: nuestra manera de habitar también va cambiando la fisonomía de nuestras ciudades. Es complicado decir ¿cuál es la manera propicia de habitar? Por lo tanto, también ¿cuál o en función de qué están nuestras construcciones urbanas? ¿de la vida, la producción de capital, el cuidado ambiental?, ¿para quién es la ciudad? Hay pensadores como Heidegger que plantean la relación Construir Habitar Pensar[iii] como un solo concepto, es decir, tres elementos que para el lenguaje parecen separados, pero en estricto sentido son uno solo acto: habitar. Aquí lo decimos genéricamente porque implica estar en relación con el mundo y con las cosas que lo componen. Es decir, nuestro habitar es también nuestra manera de construir; cuando habitamos construimos. Pero la pregunta sigue abierta ¿cómo construimos un mundo más habitable?

La pandemia del coronavirus COVID-19 no sólo trajo muerte y sufrimiento, también hizo notar aún más una intemperie inhóspita con la que nos vemos cotidianamente. Al mismo tiempo reveló que nuestros esfuerzos urbanos no siempre son suficientes. Es decir, la pandemia demostró las deficiencias, falta de empatía e interdependencia urbana que no se llegaron a materializar en la construcción de una ciudad más habitable. Aquí algunas puntualizaciones.

Movilidad: consideramos que es necesario implementar nuevas maneras de transitar, movernos, relacionarnos, justamente porque el virus y su temor al contagio merma nuestras relaciones. El auto, gran protagonista de la ciudad moderna, que repleta las calles, es seguro, pero contamina, congestiona y segrega a quién no lo tiene. El metro desbordado, el autobús a reventar, no ayudan tampoco para respirar un aire puro y contener los contagios. Además, falta trabajo por hacer en relación con las personas con movilidad reducida (los ancianos, quienes usan sillas de ruedas, muletas, ciegos o débiles visuales, etcétera). La movilidad tendría que ser más accesible comenzando por los más vulnerables.

Empleo: la historia del trabajo podría ser en principio la historia de la domesticación. De la casa, animales, cultivos, alimentos, pero también, últimamente del empleo en general. El trabajo de casa ahora es también el trabajo de oficia, educativo, administrativo, trabajo de las grandes urbes gestoras y financieras, etcétera. La pandemia dejó en claro que ya antes teníamos la posibilidad de gestionarnos desde casa, de domesticar el trabajo. Ahora es más necesario que posible. No obstante, el problema es cómo conciliar la casa con la oficina, el salón de clases o el despacho sin reducir el uno al otro. Y, por otro lado, si el trabajo está, en la medida de lo posible, en la casa y no en la ciudad, ¿cuál será el rostro del porvenir urbano y su fisonomía?

Lo afectivo y social: había sido mediado en los últimos años por el internet y las interfaces electrónicas. La comunicación y expresión era interpersonal en la medida en que estaba mediada por la pantalla, afortunadamente conservaba su sentido afectivo en el lenguaje. No es necesario vernos, pero lo deseamos, pues a veces las palabras, sonidos e imágenes con las que mediamos nuestras reuniones en streaming no son suficientes. Mientras eso no sucede la ciudad ahora aparece interconectada por la fibra óptica por encima de una red de bulevares y carreteras.

Infraestructura: hay distintas formas de construir una ciudad, unas más planeadas y otras más vernáculas y aleatorias. De cualquier modo, una ciudad es cuerpo de equilibrios inestables por ser el espacio común que sostiene nuestras relaciones dinámicas. Quizá sea el punto más importante pero también el más complicado. ¿Cómo construir una ciudad más habitable que responda y resista al cambio temporal que suponen las dinámicas de vida de sus habitantes ante una situación emergente como la actual pandemia? Tendríamos que cambiar la ciudad de las personas por encima de la ciudad de los autos; parece que el momento de cambio de paradigma se acerca. Pero también será necesario generar espacios más agradables para la gente, áreas verdes, parques y sitios de recreación. Pues seguimos habitando inmuebles que no tenían prevista la distancia social que exige la epidemia.

A estas alturas de un momento inaudito, hemos entendido que no basta vivir bien en el fraccionamiento, pueblo o apartamento, aislados de los problemas de la intemperie urbana. Es necesario desarrollar y promover una conciencia espacial, para que, lejos de respirar el mismo virus, compartamos un aire más sano, un área más limpia, un ritmo más accesible y generoso para todos. Se tiene que cuidar la casa y la ciudad como se cuidan los cuerpos que las habitan. Tener conciencia espacial, entonces, implica también pensar que habitamos gracias al espacio y con los habitantes que visibilizamos y procuramos. En ese sentido, cuidarnos implica también cuidar el espacio de nuestra ciudad: nuestro habitad. La frase tan sonada en estos meses “quédate en casa: si te cuidas tú, nos cuidas a todos” podría, en clave espacial, entenderse como: cuidar nuestro espacio propicia que el espacio también nos cuide.

Ciudad de Tlaxcala, 29 de junio 2020.


[i] Veáse a detalle esta referencia en Richard Sennett, Construir y habitar: Ética para la ciudad. Barcelona, Anagrama, 2019.

[ii] Ildefons Cerdà, Teoría general de la urbanización (1859), Barcelona, Ajuntament de Barcelona, 1991.

[iii] Martin Heidegger, (2018 [1951]), “Construir, habitar, pensar”, Geoacademia. Disponible en http://www.geoacademia.cl/docente/mats/construir-habitar-pensar.pdf.

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