Habitar en tiempos de Pandemia (XII)

José Antonio Mateos Castro

A Isabella, cuya compañía cultiva mi corazón todos los días.

El coronavirus tardó tres meses en expandirse en todo el mundo, en este momento, después de un poco más de tres meses de arraigo domiciliario voluntario como medida de seguridad y de seis meses[i] que la Organización Mundial de la Salud (OMS) recibiera por vez primera informes de casos de neumonía en China de origen desconocido; las luces del semáforo empiezan a cambiar de color, de rojo a amarillo y de amarillo a rojo según se mire la situación sanitaria en cada lugar concreto. En este periodo, la “intensa pedagogía del virus” -afirma Boaventura de Sousa- nos intenta decir algo, mucho, diríamos nosotros, parafraseando a Marx: todo lo que suponíamos sólido se está desvaneciendo en el aire.  

Las actividades denominadas esenciales, las de vital importancia para que una nación pueda seguir funcionando durante una pandemia, así, algunas dejaron de moverse en su totalidad, hoy están regresando éstas y otras no consideradas esenciales de manera gradual para darle movilidad social y económica a las poblaciones. Son las llamadas actividades necesarias que se mantuvieron durante la emergencia sanitaria, tales como la rama médica pública o privada; seguridad pública y protección ciudadana -dentro de ella- la defensa de la soberanía nacional, la actividad legislativa federal y estatal; así como todos aquellos sectores que contribuyen al funcionamiento de la economía.[ii] Aunque el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, considera que “Esto ni siquiera está cerca de terminar”, reconoce que se ha progresado, pero la pandemia se está acelerando.[iii] Sin embargo, afirma que se ha perdido mucho pero lo que no se puede perder es la esperanza.

Pero más allá de las actividades consideradas esenciales, por ejemplo, Nikolas Bachler (Director de ópera y actor de teatro) nos dice que “Si se trata de mantener elevados el espíritu y la moral, es necesario contar con la cultura y con el arte”. Porque ella no es un lujo, como seres humanos nos hace falta, es un bien de primera necesidad. “No solo debe valernos la economía, sino también nuestro paisaje cultural…” En ese mismo tenor, nos dice el crítico e historiador del arte Hans Ulrich Obrist que “el arte es la forma más alta de esperanza… Es clave para avanzar y ayudar a la sociedad”. Inclusive, el arte hace visible lo que parece ser invisible para nosotros. Y no es gratuito que Antoine Saint-Exupéry en El principito nos diga que “solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”.[iv]

En ese sentido, consideramos que la pandemia -siendo optimistas- ha hecho visible y transparente a las pequeñas cosas, las que no vemos, las que pasan desapercibidas y que reflejan lo esencial en nuestras vidas; lo cual implica devolverles su dignidad, su esencialidad para dislocar los convencionalismos que habitamos y nos encarcelan. Si revisamos el libro V de la Metafísica de Aristóteles[v], al respecto de lo “necesario” nos dice, “aquello sin lo cual, por ser concausa, no se puede vivir.” Nosotros recuperamos eso que nos dice Exupéry, lo que hemos olvidado y con lo que no se podría vivir, “crear lazos,” -entre otras muchas cosas que no vemos- porque “Los hombres ya no tienen tiempo para conocer nada; compran las cosas ya hechas a los comerciantes; pero como no existe un comerciante de amigos, los hombres ya no tienen amigos.” De ahí ese secreto tan simple que lo esencial no se ve con los ojos sino con el corazón. Esto es precisamente lo que la pandemia y nuestro confinamiento nos tendría que permitir recuperar en nuestra vidas individuales y colectivas, “lo necesario en el sentido primero y fundamental de la palabra es lo simple.”[vi]

Lo que se viene no será una postpandemia, sino una pandemia intermitente, se vendrán más virus mutados bajo las formas de organización social, política y económica que habitamos. La incertidumbre entrará en nuestra normalidad; una normalidad que ya de por sí era contradictoria sobre todo en los países del Sur. Habitamos un mundo semicerrado y lo cierto es que no deseamos la normalidad que habitábamos. En ese contexto ¿Qué será lo esencial? ¿Qué debemos resguardar? ¿Qué es aquello que no debemos permitirnos perder?

Ciudad de Tlaxcala, México, 29 de junio de 2020.


[i] 10 millones de casos y 500.000 muertes en el mundo según cifras oficiales.

[ii] El sector financiero, la recaudación tributaria (SAT), servicio de luz y agua potable, alimentos, energéticos, servicio de `transporte y de carga, producción agrícola, pesquera y pecuaria, industria química, mensajería, telecomunicaciones y medios de información, servicios funerarios y de inhumación, etc.

[iii] Conferencia de prensa en Ginebra. Lunes 29 de junio de 2020.

[iv] Saint-Exupery Antoine de, El principito. pp. 77-85.  Consultado en https://nuevoescrito.com/wp-content/uploads/2018/10/ElPrincipito.pdf

[v] Cfr. Aristóteles, Metafísica. Madrid, Gredos, 2007. pp. 181–182. Aunque Aristóteles hace alusión en esta acepción de lo “necesario” sobre las concausas del vivir (la respiración y la alimentación). También nos dice que lo “necesario” son “aquellas cosas sin las cuales el bien no puede existir o producirse, o el mal no puede suprimirse o desaparecer”. (concausas de lo bueno)

[vi] Metafísica, p. 182.

Un comentario

  1. Primero, mis felicitaciones al autor: Dr. Antonio Mateos Castro. Consideró que es una reflexión muy oportuna para estos tiempos de pandemia. Con un estilo propio, permite a sus lectores comprender lo que es esencial y, hasta ahora nos vamos dando cuenta que antes del COVID-19, vivíamos en una sociedad de consumo, de aquello inesencial y que al final del día nos enfrentaba al vacio propio del neoliberalismo. Tal vez, para algunas y algunos, esta experiencia nos lleve a una nueva normalidad que necesita ir acompañada de una plena conciencia de lo que representa lo esencial. Un abrazo doctor y que su pluma filosófica siga contribuyendo a la transformación de nuestra mexicana existencia.

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