La desolación de la Nueva Atlántida: La enfermedad y el discurso

Fernando Solis Luna

Ante la emergencia sanitaria que ha provocado la aparición del Sars-Cov-2 han sido múltiples los discursos que han visibilizado a la pandemia. En ese sentido, algunos han tratado de explicar desde su esencialidad, preguntado por las causas originarías de la enfermedad provocada por el nuevo coronavirus. De hecho, ese ha sido el modo en que la ciencia positiva ha procedido. Sin embrago, también hay otros discursos que le han tratado de proporcionar un significado social; discursos que han diagnosticado a la pandemia como condición de una crisis mundo que parece insoportable pero superable, destacando, en ese rubro, el trabajo realizado por la filosofía y las ciencias sociales. Ambos discursos tendrán sus propias implicaciones en el vivir de las personas.   

Entonces, se han escuchado preguntas como las siguientes: ¿qué es la enfermedad Covid-19? ¿Cuál es su origen? ¿Cuál es su medio de propagación? ¿Habrá una cura para ello? ¿Qué tipo de estrategias podemos utilizar, en términos de política social, para contener la propagación del virus? En su mayoría las preguntas anteriores se mueven en el registro de la acción inmediata, por lo que están vinculadas directamente con un paradigma que suele enfocar sus miras a la esencialidad y utilidad de las cosas.

Pensar en el origen de un ente infeccioso en términos de su esencia exige dislocar la enfermedad misma de todo un sistema de redes discursivas que vinculan la potencia de la enfermedad sólo con un talante de la humana condición de las personas. En ese sentido el nuevo coronavirus se ha enunciado desde las condiciones biológicas del enfermo. Las aristas que se trastocan en esa lectura son las de cuerpo-especie vinculadas a las leyes de la naturaleza. La enfermedad, pues, tiene un origen y también consecuencias que en el peor de los casos pueden inducir la muerte. ¿Y si el origen puede ser conocido? Las consecuencias de la enfermedad podrían evitarse.

Si ello es así, sería incrédulo suponer que la enfermedad está presente por designo divino o, incluso, sería quimérico suponer que la contingencia ha sido el factor de aparición del ente infeccioso, porque la ciencia, dese la consolidación del positivismo como método y como condición de posibilidad para axiomatizar los fenómenos naturales de manera clara y distinta, ha exigido que todo suceso natural debe tener una explicación racional; una explicación cuantificable que debe ser apropiada y adecuada a la contorsión del control mismo. El sujeto moderno consideró posible comprender el todo para controlar el todo.  

En 1624, casi al final de su vida Bacon escribe la Nueva Atlántida,una utopía que tenía la intención de preparar las acciones del hombre en aras de construir la mejor de las sociedades. En este caso pensaba en una tecnocracia representada por lo que él llamó la Casa de Salomón, la casa del conocimiento. Era una sociedad científica que atendía los asuntos de las comunidades a partir de un criterio cientificista. El máximo órgano de gobierno sería el instituto de sabios quienes actuando desde la inducción y la empírea construirían una organización político-científica en servicio del hombre para el hombre. Para lograr ello, era necesario “el conocimiento de las causas y del movimiento secreto de las cosas”. Engrandeciendo los límites “del impero humano para efectuar todas las cosas posibles”.[i]  

Ese paradigma fue perseguido a lo largo del tiempo y el logos como ratio fue ganando poco a poco  el campo del saber. El conocimiento científico y sus redes de saber consolidaron al método como esa condición posible para efectuar todo lo imaginado por el hombre: todo es posible mientras que la ciencia axiomatice lo contrario.

La ciencia positiva es probabilística, sin embargo, la sujeción y la fuerza con la que continuamente nos presenta sus resultados le ha encauzado como el criterio de verdad que hace posible lo real. Por ello, el conocimiento que codifica la ciencia ha permitido la existencia individual de las personas, ha hecho posible la vida y ha permitido un medio de supervivencia donde lo que impera es la certidumbre.

Embriagados de certidumbre muchas veces pasamos por alto que existen diferentes narrativas en el registro de la ciencia positiva que hacen posibles mundos como representación: un mundo como representación de lo biológico y, a su vez, tenemos un mundo matematizado; hay también, sin reparo, un mundo físico, un mundo cuántico, mundos posibles. La secularización de la consciencia y el divorcio de las distintas esferas del conocimiento como lo indicará Max Weber, han hecho posible no sólo el mejor de los mundos habitables, sino una gama variopinta de estos.

En relación a la pandemia y bajo la lógica descrita, matemáticamente, se dice, era muy probable la aparición de un virus mortífero para el cual la estructura social de gran parte de las naciones no estría preparada. Biológicamente podemos encontrar enunciados muy parecidos, pues, siendo el sujeto parte del ciclo de naturaleza y al violentar el ecosistema-natura llevándolo al límite, tarde o temprano el hombre interactuaría con otras especies y no sólo compartiría el espacio físico sino también las enfermedades. A estas alturas de la pandemia seguimos pensando que podemos controlar la fuerza de la naturaleza y si no lo hicimos fue porque nos hizo falta más osadía y más consciencia.

Ahora bien, aunque las narrativas del saber positivo están divorciadas hay todo un mecanismo que trata de coordinar a cada una de ellas hacía un mismo fin. La máquina capitalista. Al tomar la ciencia positiva sólo una arista del hombre: hombre-especie, ha posibilitado la instrumentalización del conocimiento, lo que, sin duda, ha sido aprovechado por la maquinaria económica. En plena pandemia, el capitalismo vomita sus viejas estructuras de poder que han disciplinado y controlado tanto a los cuerpos individuales como a los cuerpos colectivos en tiempos pretéritos por medio del conocimiento científico.

El capitalismo ha logrado socializar el cuerpo en función a la fuerza y las acciones que permiten trabajo y cuando la ciencia positiva arrojó luz sobre la esencia biológica del hombre la matriz del dragón de hierro no hizo más que blindarse. Por ello “el control social sobre los individuos no se [opera] simplemente a través de la conciencia o de la ideología, sino que se [ejerce] sobre el cuerpo, y con el cuerpo. Para la sociedad capitalista lo más importante [es] lo biopolítico, lo somático, lo corporal. El cuerpo es una realidad biopolítica; la medicina es una estrategia biopolítica”.[ii] En el momento en que el nuevo coronavirus se presentó por diversas narrativas como agente patógeno, el cuerpo como realidad biopolítica y el juego de la medicina en ese mismo registro hicieron de la pandemia una condición categorial que dicta la acción y la transformación del comportamiento de las poblaciones, ello, en aras de garantizar la seguridad en términos biológicos, pero también en términos económicos. Tener una lectura de la humana condición desde la ciencia positiva hace del biopoder una alternativa muy viable, no sólo para diagnosticar las circunstancias actuales de la pandemia, sino también para transformar lo real a través de la disciplina y el control. En este escenario sólo se puede padecer la pandemia, no hay manera de resistirla.


[i] Bacon, Francis, La Nueva Atlántida, Editorial Aguilar, México, 1964, p. 447.

[ii] Foucault, Michel, “Nacimiento de la medicina social” en Obras esenciales, Paidós, Barcelona, 2010, p. 665.

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