Abrazar el contagio Covid-19, estado de emergencia y contagio III

Eduardo García

Una de los análisis más auténticos dentro de la vorágine de textos que se volcaron para reflexionar sobre la pandemia por Covid-19 es el de María Galindo, quien sugiere abrazar al contagio. No en el sentido de desobediencia directa a la cuarentena, pues es innegable que una de las medidas de contención eficiente en todo el mundo ha sido el confinamiento doméstico. Sin embargo, esta proclama nos invita a comprender que este contagio en la dinámica de los virus continuará pasando a pesar de que en una fecha próxima volvamos a nuestras ocupaciones habituales. Dependiendo de la respuesta como sociedad esto se convertirá en algo habitual, así como lo han hecho los demás contagios por virus que se vuelven estacionales y que en su tiempo causaron un panorama similar y generaron catástrofes sobre las vidas.

  Se plantea, con grados de certeza, que el SARS-COV-2 se volverá endémico o estacional, por lo que se volverá parte de nuestra próxima “nueva normalidad”. Pasando la cuarentena seguiremos siendo vulnerables, y el virus ha llegado para quedarse. Muchas variables cambian y es cierto que, ante el número excesivo de contagios, el aislamiento ayuda, pero el peligro del contagio seguirá siendo latente.

Así como hemos lidiado con otros riesgos, deberemos aprender a hacer una vida a costa de la presencia de un virus. Más aún, si consideramos que este “enemigo” no es externo, sino que se aloja en nosotros, nuestro esquema para pensar y hacer frente a las amenazas debe cambiar. En una guerra el enemigo se abate o se contiene, pero en este caso, el “enemigo” formará parte de nuestro ser. Como sabemos, la forma de atención y prevención epidémica ante un virus es a partir de las vacunas, que no son más que la inserción de pequeñas cantidades del mismo virus (poco desarrollado, alterado, cercenado o en pequeñas cantidades) para que el organismo mismo sea quien genere los anticuerpos necesarios que contrarrestaran los efectos y reducirán las posibilidades de enfermarse, por eso, podemos pensar en abrazar el contagio porque una vez que volvamos a estar juntos el virus seguirá ahí.

Si bien, una de las cosas positivas de esta travesía será quizá la adopción de una mejor cultura de la higiene personal que ayude a prevenir sucesos como éstos o que al menos los ataje con menos daños, debemos estar en mejor posición para reconocer la complejidad de la vida y que un evento similar, aunque acontezca de manera emergente, no ocasione un miedo o un desconocimiento que nos lleve a renunciar a nuestras libertades sin rechistar ni un poco. 

Los efectos sobre nuestra forma de comprender y aprehender los cuerpos (el propio y el de los otros) quedará muy marcado por este panorama de pánico que nos embarga a todos en este momento. Si contemplamos al virus como un enemigo que vino de fuera continuaremos con la repulsión a lo distinto, a lo extranjero, siendo que el control de la situación de contagio respondería más a una lógica del cuidado propio y de los otros, y de la comprensión de que todo contagio es inherente a nuestra persona.

Puede ser que las ideas sobre la salud, el cuerpo, el cuidado y la vida en sociedad se diluyan en un nuevo panorama, eso depende de muchos elementos, culturales y políticos; sin embargo, es peligroso no prever que las ideas se vuelven cuerpo, que se afianzan en imágenes y en sujetos particulares que se vuelven blanco de nuestros miedos y repulsiones. Como señala Sergio Villanueva Baselga al respecto de la epidemia de VIH de los años 90, muchos estigmas partieron de la ignorancia y relegaron a sujetos que tenían ciertas características. Se trató siempre de desinformación que se tradujo en estereotipos, los cuales podrían ser solo ideas erróneas al respecto de la salud y el contagio, pero como menciona el autor, en el caso del VIH, las metáforas mataron mucha gente.

Retomando el análisis de Galindo, el Coronavirus llegó como un paréntesis que suspendió la dinámica social de demandas estructurales y nos enfocamos en la petición de soluciones inmediatas a lo más urgente, que es hacerle frente al COVID-19 y la adopción de medidas adecuadas, dejando en suspenso la manera activa que habían alcanzado ciertas manifestaciones, como las de movimientos feministas a lo largo del mundo.

Tener un enfoque más complejo que dé cuenta de que todas las incertidumbres que son parte de nuestra naturaleza nos ayudará a pensar otras formas de acción social y sobre todo de acciones personales ante futuras emergencias. No deberíamos suspender de manera absoluta nuestras dinámicas, podríamos prevenir circunstancias, y mantener, la organización, la fuerza y la solidaridad sabiendo que nos enfrentaremos a una nueva normalidad, aparentemente igual a la previa a la emergencia, pero con cubrebocas, caretas de plástico, repulsión y desconfianza hacia los demás.

La cuarentena en México estaba planteada para terminar el 30 de mayo, luego de varios aplazamientos y ahora no se sabe si continuará un mes más, o dos. Queda una sensación de que no hay garantías para que la fecha del fin de la cuarentena sea inamovible, pues se trata de medidas de atención ante una pandemia que dependen de las predicciones que se hacen de acuerdo al comportamiento de la curva de contagio; pero si las condiciones cambian, el confinamiento podría extenderse o volver en un futuro no tan lejano. Todo esto parece comprensible ante el cuidado de la ciudadanía, como si  fuera una sola cosa homogénea, pero ¿qué pasa con nosotros, los ciudadanos, ante tal situación? ¿hasta qué punto podemos seguir adaptándonos y emplazando nuestra condición de sujetos activos? ¿podríamos (y deberíamos) resistir más en confinamiento? ¿deberíamos señalar y culpar a quienes decidan hacer uso de su agencia sobre sus propios cuerpos para salir a las calles, pese a todo, para vivir la vida?

La vida se nos puede ir en un estado de emergencia tras otro, perdiéndola mientras guardamos las mediadas indicadas. Las condiciones socioeconómicas permearán en nuestros grados de resistencia y tolerancia al confinamiento y la postura ante un posible contagio, por lo que no todo lo podemos dejar a la voluntad de acatar una medida de administración poblacional. No seamos insensatos de desafiar sólo por desafiar, pero contemplemos que la mejor herramienta es el mayor conocimiento y la mayor reflexión sobre la situación actual que nos servirán ante cualquier tipo de contingencia, y, sobre todo, tengamos en cuenta que la emergencia, la incertidumbre y el error (mucho de lo que el discurso de la ciencia moderna predominante había dejado fuera del conocimiento) son inherentes a la vida y de alguna manera debemos aprender a vivir con ello.

Para hacer frente a posibles futuras emergencias, sabiendo que terminarán llevándonos a un estado denueva normalidad”, quizá habría que tener una actitud crítica ante toda medida que como administración nos someta, y para plantear, aunque sea una alternativa a la simple pasividad, retomaría las palabras de la pensadora boliviana, quien se vuelve enfática al sugerir que podríamos “cultivar el contagio, exponernos al contagio y desobedecer para sobrevivir.

Ciudad de México, 28 de junio 2020.

Referencias

Villanueva Baselga, Sergio (6 abril 2020), “Infecciones y estigmas: lecciones de la pandemia del VIH para el mañana de la COVID-19”. The Conversation. Recuperado de: https://theconversation.com/infecciones-y-estigmas-lecciones-de-la-pandemia-del-vih-para-el-manana-de-la-covid-19-135522

Galindo, María (26 marzo 2020), “Desobediencia, por tu culpa voy a sobrevivir”. Radio Deseo. Recuperado de: https://lavoragine.net/desobediencia-por-tu-culpa-voy-a-sobrevivir/

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