Habitar en tiempos de Pandemia (XI)

José Antonio Mateos Castro

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incertidumbre; la era de la luz y las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual…”[i] Parce ser que Charles Dickens, desde la distancia, como un envite, nos susurra -aunque en un contexto y razones distintos- sobre la situación que estamos habitando en el mundo. La pandemia, en cierto sentido, nos ha hecho ver -otros seguirán ocultos todavía- el peligro en el cual nos encontramos y también nuestras contradicciones humanas individuales y colectivas; ángeles y demonios; esperanza y desesperación; sentido-sinsentido, a veces ambas cosas.

El desempleo, pobreza, desigualdad, racismo, marginación, muerte e incapacidad política de gobiernos para dar sentido a nuestras vidas son los diferentes rostros y contradicciones que han aparecido en nuestro horizonte, lo cual no quiere decir, que estos no estuvieran ya instalados desde hace mucho entre nosotros. Por supuesto, no estábamos en el mejor de los tiempos, tampoco de la sabiduría, más bien, era la época de la incertidumbre, de la medianoche de nuestras vidas, cada quién eligiendo el camino para ir al cielo o al infierno.

Tristemente, algunas vidas que han conformado nuestro horizonte existencial y vivencial, se han silenciado, ya no están en cierto sentido, “Hoy ha muerto…O tal vez ayer, no sé…Tal vez fue ayer.”[ii] Sea por las causas que fueren, esas son las noticias que muchos hemos recibido de los amigos, familiares y vecinos sobre vidas cercanas, entrañables y/o conocidas. Los rituales y las despedidas se han hecho imposibles, ya sea por tener un cuerpo vulnerable o por la distancia. Lo cierto es que la pandemia ha roto esos vínculos humanos y simbólicos de nuestro mundo de la vida y ha instalado un “impresionante silencio”. Algo nos dice el poeta chileno Raúl Zurita, candidato al Nobel, “Morir conlleva una ilusión, pues, lo que la pandemia nos muestra es una muerte sin ilusión…nos vemos desfilar sin un discurso, sin una palabra final. Sin un último beso”.

Habitando un contexto de noticias falsas, del uso de la pandemia para fines políticos y de nacionalismos exacerbados; problematizar las consecuencias del COVID-19 es algo que no podemos dejar de considerar, ya que nuestro presente nos lo exige, porque en ello se nos va la vida.  Y eso implica hacerlo con y desde el corazón del tiempo, con los otros. Porque si la “nueva normalidad” se trata de volver a lo mismo de siempre, esta será más violenta para una buena parte de la población mundial, aquella que se encuentra en una situación de vulnerabilidad económica, jurídica, política, racial, etc. Y más aún, porque no puede estar confinada, debido a que su subsistencia estaría en riesgo, no hay de otra, hay que salir a trabajar o a exigir justicia o nuestros derechos, paradójicamente, todo ello nos hace más vulnerables.

La llamada “nueva normalidad” lo que trata de hacer es buscar cierto consenso y legitimación de la población para opacar los muchos problemas que se padecen y, para mostrar que no hay posibilidades otras de producir, relacionarse y habitar el mundo. En ese sentido, las políticas neoliberales van en contra de toda la protección de la vida, así lo hicieron manifiesto Trump, Bolsonaro y Boris Jonhson al minimizar a la pandemia. El neoliberalismo es una pandemia en la cual hemos vivido confinados desde hace algunas décadas, pandemia que ha hecho tan desigual a las poblaciones y que ha concentrado una inmensa riqueza en pocas manos.

Sin embargo, lo importante es y será cómo encontrar un lugar en esta vorágine que nos envuelve y cómo hacer de esta crisis algo con sentido para nuestras vidas; esta “cruel pedagogía” (Boaventura de Sousas)[iii] que trágicamente nos dice algo a través del dolor, sufrimiento y la muerte; es la Casandra[iv] de nuestros tiempos que parece no muchos escuchan. Inclusive, si tuviéramos la posibilidad de erradicar el virus, pero habitando el mismo modelo económico, será difícil no pensar en otros virus posibles y seguir manteniendo las pandemias sociales, políticas, económicas que nos habitan, porque lo que hace el neoliberalismo es hacer explotar y esparcir el coronavirus. En el fondo lo que queremos es despertar y que el dinosaurio no se encuentre allí.[v]

Ciudad de Tlaxcala, México, 17 de junio de 2020.


[i] Dickens, Charles. Historia de dos ciudades. Consultado en https://www.biblioteca.org.ar/libros/133460.pdf Hacemos alusión al fragmento de inicio de la novela. En esta obra Dickens narra la vida del siglo XVIII en el contexto de la Revolución francesa. Las dos ciudades a la que se hacen alusión son Londres y París que reflejan el conflicto de dos mundos. Londres, una ciudad de paz, de vida sencilla, ordenada pero conservadora bajo el reinado de Jorge III; París por su parte, agitada, caótica y ensangrentada por la revolución.  

[ii] Camus, Albert. El extranjero. Madrid, Alianza, 2003, p. 9. Lo mismo, son las primeras líneas de El extranjero que hacen alusión a la muerte de la madre de Meursault, a través de un telegrama recibido.

[iii] Cfr. Sousa, Santos Boaventura de. La cruel pedagogía del virus, Madrid, Akal 2020.  

[iv] Su nombre en griego significa “la que enreda a los hombres” y tenía el don de la profecía.  Cuando accedió a los arcanos de la adivinación, ella rechazó el amor del dios Apolo; este, al verse traicionado, le maldijo: seguiría teniendo el don de la adivinación, pero nadie creería jamás en sus pronósticos. Se dice que tiempo después anunció repetidamente la caída de Troya, pero ningún ciudadano creyó sus vaticinios.

[v] Jugamos con el microrrelato de Augusto Monterroso, “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

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