Habitar en tiempos de Pandemia (X)

José Antonio Mateos Castro

Desde hace tres meses habitamos nuestro confinamiento, al inicio, la perplejidad y el kháos nos invadió, la tarea era dar orden y sentido al comienzo de una pandemia que nos tomó por sorpresa. En este tiempo, nuestra breve y frágil vida se ha ocupado de múltiples aspectos; algunos olvidados o menospreciados por simples; otros en pausa y, unos más urgentes como el tratar de terminar el semestre evaluando a nuestros estudiantes desde la distancia: elaborado audios, video-clases y conversatorios virtuales.

Créditos: EFE/EPA/Angelo Carconi

            También nos hemos dado el tiempo para recuperar las fotos de los recuerdos y tener cerca a los nuestros, a los que están y a los que se han ido; realizamos actividades que nunca hubiéramos pensado hacer como el de entrar a la cocina y preparar algún platillo o postre, reparar o construir algunos muebles; llamar a alguien que hace mucho no escuchábamos, estar-con-la-familia; encontrarnos a  nosotros mismos, pelearnos con nuestros demonios y, tal vez, darnos cuenta que nuestra vida adolecía de esas “simples cosas” que la vorágine de la normalidad nos había quitado de nuestro horizonte existencial y vivencial.

            Pasan los días, y en algunos momentos ya no sabemos qué hacer con el tiempo que tenemos libre, hemos agotado inclusive las series de Netflix, Claro video y Amazon. Se echa de menos el trabajo, sobre todo, ese mundo de la vida que hemos construido desde hace muchos años, nuestra comunidad. A la par, el “muertómetro” no deja de moverse, las cifras de fallecidos aumentan y el aislamiento parece ser todavía algo que tendremos que mantener. Lo cierto es que, desde el inicio de la pandemia, “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos” (Pablo Neruda).

En ese contexto, nuestras relaciones sociales, de convivencia y organización se han transparentado mostrándose injustas y desiguales, pareciera que el COVID-19 tuvo que alcanzarnos para darnos cuenta de las contradicciones sociales, económicas, políticas, jurídicas, en suma, humanas que habitamos hoy. Es algo así como el negativo de una fotografía que pide ser positivado para que se vea y se entienda mejor nuestra situación. En ese sentido, el semiólogo e historiador español Ignacio Ramonet afirmó que “el coronavirus ha sido como el luminol, que se usa en las escenas del crimen para develar las manchas de sangre que han sido borradas.”  

El asesinato de George Floyd, un afroamericano, ocurrido el 25 de mayo por un agente de la policía de Minneapolis de los Estados Unidos de América, país de la “libertad” y la “prosperidad”, del sueño americano; refleja ahora un “instante de peligro”, de muerte, crisis y ruptura, pero también de lucha y resistencia contra los poderes fácticos, rompiendo el continuum de la historia (Walter Benjamin) y poniendo el freno de emergencia a la historia. El racismo ha estado permanentemente -y muchas otras contradicciones- en nuestra historia, en nuestro horizonte, sólo que en el contexto de la pandemia se ha hecho más visible; es un acontecimiento que ha puesto en tela de juicio el establishment, que rememora y abre expedientes del pasado para mantener vivas las injusticias y desigualdades, poniendo sobre la mesa, “a la luz del día, la perversión…” (Reyes Mate).

En nuestro país, el racismo es una cuestión histórica ejercida y sufrida a diario y de la que nadie escapa; por ejemplo, el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en el año de 1994, puso en tela de juicio la facticidad de lo real, el racismo y la marginalidad de Chiapas y de diversos rostros y sujetos colectivos de México y América. Un reclamo de más de cinco siglos que se opuso a la comprensión monoétnica del Estado mexicano y a la simbólica política-cultural del Estado neoliberal. No es gratuita la afirmación hecha por el EZLN: “Nunca más un México sin nosotros”. En ese sentido, no hay que mirar tan lejos para darnos cuenta que nosotros también padecemos la misma pandemia que los países del Norte: la discriminación racial.

Eduardo Galeano en “curso básico de machismo y de racismo”[i] nos dice, “El racismo se justifica, como el machismo, por la herencia genética: los pobres no están jodidos por culpa de la historia, sino por obra de la biología. En la sangre llevan su destino y, para peor, los cromosomas de la inferioridad suelen mezclarse con las malas semillas del crimen. Cuando se acerca un pobre de piel oscura el peligrosímetro enciende la luz roja y suena la alarma.” Seamos pues, bienvenidos a la “nueva normalidad”.

Ciudad de Tlaxcala, México, 10 de junio de 2020.


[i] Cfr. Galeano, Eduardo. Patas arriba: la escuela del mundo al revés. México, siglo XXI, 2015.

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