Accidentes normales y espacios ¿seguros? (Covid-19, estado de emergencia y contagio II)

Eduardo García

Los virus son entidades raras y hasta la fecha se mantiene un intenso debate acerca de si son seres vivos o solo son parásitos sin vida. Están presentes desde los primeros pasos de la vida y al mismo tiempo le constituyen, pues en el genoma se registran mayor cantidad de huellas de virus y sus respuestas, que de los genes que nos componen como seres vivos.

Lo que sabemos del Covid-19 es que su origen no se debe a la manipulación de un virus por el ingenio humano ni a una fuga accidental de laboratorio. Tampoco se ha podido sostener la hipótesis de que su origen se deba a la ingesta de murciélago en un mercado de Wuhan. Sin embargo, se ha respaldado la hipótesis de que sí provino de esta especie, pero con intermediación del pangolín. Se sabe que la causante de la introducción de dicho virus en la especie humana es la llamada promiscuidad de la vida (o herencia horizontal interespecie), causada por zoonosis.     Los daños causados por el virus, hasta donde sabemos, no son tan violentos en su intensidad, pero sí en su gran capacidad de contagio, y al no contar con experiencias previas similares en las cuales apoyarse, los casos de positivos se incrementan en la población, colapsando los sistemas de salud poco preparados para un evento como este.

El contagio, como lo han señalado los expertos, se da sobre todo por la absorción del virus por vías respiratorias de manera directa, pues las gotículas en donde se transporta no son particularmente volátiles. Con la llamada sana distancia se mantiene el mínimo de longitud necesaria para reducir riesgos de propagación. Sin embargo, es preferible el confinamiento doméstico como medida efectiva para reducir la curva de contagio, aunque esto no forme parte de ninguna cura, ni revierta la situación.

Lo que nos aterra de esta situación es la incapacidad de respuesta por la falta de conocimiento de un nuevo virus que emerge en nuestra cotidianeidad, sobre todo por su alto grado de contagio más que de mortalidad. Ante este problema, que atenta contra el orden social, los gobiernos han optado por atender la situación mediante estrategias que responden más a una lógica de administración poblacional que a la salud.

 La pandemia decretada por el SARS-COV-2 nos remite a la noción de accidentes normales que enuncia Favia Costa para referirse a que ciertas situaciones que, si bien irrumpen de manera emergente, en realidad son eventos que se esperaban, si analizamos las condiciones de donde vino. En nuestro caso, era de esperarse que un virus de este tipo nos embistiera de tal manera, con gran capacidad de propagación para convertirse en pandemia. Pues los malos hábitos de higiene personal y pública, los deficientes sistemas de salud y las costumbres de ingesta de animales, eran situaciones que mantenían en constante latencia un accidente de este tipo.

Los accidentes son accidentes en tanto que desconocemos su forma, su procedencia y la manera de atenderlos. Sin embargo, una vez que conocemos al menos algunas características de aquello que irrumpe, y cómo opera, podemos reducir grados de incertidumbre y amortiguar la estresante urgencia. Los virus no son ningún alien (aunque provengan del exterior); estos nos terminan habitando y siendo parte de nosotros. La información que nos dejan se hereda para formarnos incluso como especie.

Conocer mejor aquello que nos acontece hoy como humanidad puede reducir el pánico que nos lleva a tomar acciones poco meditadas y arrebatadas, así como la aceptación de medidas sociales urgentes, por encima de nuestros intereses personales.

Espacio privado (¿seguro?) y espacio público

Una de las respuestas más comunes ante una emergencia es buscar un lugar seguro mientras todo pasa, un lugar que genere menos ruido y que nos permita tener, aunque sea, el control de las condiciones mínimas que ayuden a estar en la mínima seguridad. Buscar el lugar menos riesgoso parece ser nuestra respuesta natural ante las contingencias. Pero dado que una pandemia nos convoca más allá de lo individual, ¿de qué manera respondemos como sociedad?

Pensando en la acción social-colectiva ante esta situación, podemos encontrar un parangón que se contrasta con la actual respuesta de confinamiento voluntario preventivo (al menos en el caso mexicano), me refiero al estado de emergencia producido por el terremoto de 7.1 grados Richter que azotó la Ciudad de México el 19 de septiembre del 2017.

El terremoto del 19S nos tomó por sorpresa -casi como burla- solo dos horas después del simulacro con el que se conmemoraba el peor sismo en la historia moderna de México ocurrido 32 años antes, el mismo día. Seguido de esto se estableció un estado de emergencia en el que se generaron respuestas un tanto previsibles, pero sorprendentemente agradables en la solidaridad de la sociedad mexicana, para apoyarnos en una urgencia como esta. Este estadio se mantuvo ante posibles réplicas y para atender los daños provocados. Una de las medidas indicadas en ese momento fue la de buscar un lugar seguro, que por supuesto, no era regularmente el interior de las viviendas. A pesar de la valoración de daños, un ambiente de angustia y miedo nos arribó a todos, pues el lugar seguro parecía ser la calle, o cualquier sitio alejado de la zona sísmica. No obstante, la opción de dejar la vivienda para ir a un lugar seguro no era una opción para todos. En casos así, hay quienes deben seguir habitando a pesar del desastre.

El periodo de incertidumbre postsísmica se fue diluyendo, primero cuando tomamos las medidas mínimas necesarias para que, ante una posible futura contingencia, nos ayudara a aminorar los daños (localizar las rutas de salida, obedecer a la alarma sísmica, hasta dormir con vestimenta adecuada por si es necesario salir repentinamente); y después de semanas en que transcurrió la vida volvimos a un estado de normalidad, otra vez.

En contraste con este evento, en el actual estado de emergencia por Covid-19 la relación entre en la calle como espacio público y la casa como espacio privado, a partir de la seguridad, se invierte. En este caso la medida más plausible es el confinamiento preventivo, lo cual genera imaginarios que repercutirán aún pasada la pandemia declarada. El contacto con los demás en un ambiente exterior puede quedar vetado por un buen rato, llevándonos a desear volver a casa para sentirnos seguros.

Tomemos en cuenta que resguardarnos en nuestros hogares es una medida adecuada en este momento, pero no lo será siempre. No existe en esencia un lugar seguro ante las emergencias en el ámbito social, siempre son contextuales y dependen de condiciones muy específicas. Si alguna de estas variables cambia, la esencia del lugar seguro puede diluirse. Lo más importante es que, los ahora resguardados no permaneceremos siendo los mismos todo el tiempo que dure el confinamiento. El lugar seguro depende de muchas cosas, y la relación entre lo público y lo privado no es unidireccional. Estamos ante las consecuencias de un accidente normal que podría haber estado ya en las calles y no tendríamos empacho en entrar y salir sin el pánico que ahora nos embarga.

Ciudad de México, 9 de junio de 2020.

Referencias

Pereto, Juli (20 abril 2020), “La COVID-19 y el lado oscuro de la promiscuidad de la vida”. Métode. Recuperado de:  https://metode.es/revistas-metode/opinio-revistes/la-covid-19-y-el-lado-oscuro-de-la-promiscuidad-de-la-vida.html

Villanueva Baselga, Sergio (6 abril 2020), “Infecciones y estigmas: lecciones de la pandemia del VIH para el mañana de la COVID-19”. The Conversation. Recuperado de: https://theconversation.com/infecciones-y-estigmas-lecciones-de-la-pandemia-del-vih-para-el-manana-de-la-covid-19-135522

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