De la ciudad del tacto a la ciudad virtual (parte I)

Yahair Gil

  1. La ciudad y la peste[i]

En Florencia, hacia la mitad del siglo XIV, en plena propagación de la llamada Peste Negra, el poeta Francesco Petrarca dirigió a un amigo suyo una carta en la que le escribía: “¡Feliz posteridad, que no experimentará una tribulación tan abismal y contemplará nuestro testimonio como una fábula!”[ii] Petrarca viviría en 1348 el profundo dolor causado por la muerte de su amada esposa a causa de la peste, y moriría sin siquiera imaginar que en la posteridad, para ser exactos en la segunda década de siglo XXI, la humanidad experimentaría su propia “tribulación abismal”, debido también a una epidemia.

Entonces como ahora el distanciamiento social y la cuarentena forman parte de las medidas más efectivas para prevenir, controlar y erradica el virus. Ya en el siglo XIV se tenían creencias sobre la forma en la cual se contagiaba la peste: la teoría de los miasmas explicaba la corrupción del aire por la descomposición de materia orgánica, que al respirarse contagiaba inmediatamente al cuerpo sano. La piel era otra de las formas de contagio, tenían muy claro que el contacto directo con los enfermos significaba un encuentro inminente con la muerte. Además del tacto y el olfato se pensaba que el contagio podía darse mediante la vista. Philip Ziegler documenta en su libro The Black Death la teoría de un médico de Montpellier que planteaba que la peste se contagiaba con la mirada; mirar directamente los ojos a un enfermo era suficiente para contagiarse y morir:

Instantaneous death occurs when the aerial spirit escaping from the eyes of the sick man strikes the eyes of a healthy person standing near and looking at the sick, especially when the latter are in agony; for then the poisonous nature of that member passes from one to the other, killing the other.[iii]

Hoy, como hace siete siglos, evitamos a toda costa el contacto con posibles enfermos, incluso evitamos la cercanía con cualquier persona porque, en teoría, cualquiera podría estar enfermo sin saberlo. Pero ¿qué está pasando con las relaciones sociales y las ciudades con este aislamiento social? ¿Qué ciudades nos esperan cuando la cuarentena termine?

Italo Calvino escribe en Las ciudades invisibles que “Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; las ciudades, dijo, son lugares de trueque, pero trueques no sólo de mercancías, sino también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos”.[iv] Definición evidente pero reveladora, y es que sería imposible para nosotros pensar la ciudad sin una evocación sensible, en la que cada uno de nosotros apele a sus experiencias y sus recuerdos; a sus fantasías y sus deseos de una ciudad vivida y experimentada. Precisamente sugiero partir de esta evocación para pensar lo que significa la ciudad para nosotros en estos momentos de pandemia del COVID-19.

La pandemia ha evidenciado la necesidad de repensar nuestras relaciones humanas, replantear la relación del ser humano con las ciudades y con la naturaleza. Propongo una forma muy clara de comprender la ciudad desde la filosofía. Se trata de pensar la ciudad desde la proximidad, desde el roce cuerpo a cuerpo, el contacto del cuerpo con la ciudad. Una ciudad que el aislamiento social nos está impedido vivir.

2. Ciudad del tacto y la proximidad

El arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa introduce el concepto de la ciudad háptica (del griego háptō  que significa “tocar”), como una reivindicación de la sensibilidad corpórea y su relación con la ciudad. La ciudad es ante todo vivida mediante nuestro cuerpo. Vivimos, desciframos y nos enfrentamos a la ciudad con nuestro propio cuerpo, su corporalidad y su multiplicidad de sentidos, y no solamente mediante el sentido visual:

Por tanto, yo me enfrento a la ciudad con mi cuerpo: mis piernas miden la longitud del soportal y la anchura de la plaza, mi mirada proyecta inconscientemente mi cuerpo sobre la fachada de la catedral, donde vaga entre cornisas y contornos, toqueteando el tamaño de los retranqueos y los saledizos; […]. La ciudad y el cuerpo se complementan y se definen mutuamente.[v]

La insistencia por comprender la ciudad del tacto y la proximidad es en el fondo una reivindicación por el cuerpo y su erotismo. La ciudad misma se vive mediante el cuerpo que se despliega sensiblemente por el espacio abierto, por las calles, las plazas, por el ir y venir del caminante. Se trata de una vivencia de encuentros: del encuentro de mi corporalidad con otras corporalidades. Jean-Luc Nacy decía que “La ciudad es una erotización del cuerpo social”. La ciudad se vive mediante la fricción de todos contra todos, mediante el roce involuntario con desconocidos en el transporte público, la intervención sonora en un café bullicioso donde se encuentran los amigos, o el encuentro pactado de los amantes que se besan y se abrazan a la mirada ruborizada de los transeúntes que transitan por el mismo espacio público. La ciudad es sostén de estas posibilidades y encuentros de cercanía y es al mismo tiempo formada por esas interacciones.

El filósofo francés Henri Lefebvre constataba que la ciudad  es el espacio que se engendra simultáneamente a partir de la acción social. Con ello quería decir que la ciudad es el espacio que propicia las acciones sociales y las acciones sociales propician y producen el espacio de la ciudad. Así, la ciudad no sólo es un escenario donde transcurre la vida humana con sus acontecimientos, antes bien la ciudad coexiste y se produce de modo sincrónico a los acontecimientos sociales. Partía de la idea general de que el cuerpo, nuestro cuerpo, en su andar y vivir, hace espacio. De ahí que este filósofo teorizara sobre las prácticas espaciales: se trata de la multiplicidad de formas de apropiación que el cuerpo hace del espacio urbano (la ciudad). Es la espontaneidad con la que el cuerpo reivindica y vive cada rincón de la ciudad: al caminar, al correr, al jugar en la calle, al grafitear una pared, al dormir en una banqueta o un parque, al protestar frente a un monumento emblemático de la ciudad…

¿Qué me dicen de la práctica espacial de andar en bicicleta por la ciudad? Vivir la ciudad sobre una bicicleta es uno de los actos más espontáneos y subversivos del cuerpo, al respecto el antropólogo Marc Augé aseguraba que “Los jóvenes que montan una bicicleta viven la experiencia conquistadora de su cuerpo”.[vi] Pero ya el simple hecho de caminar es una forma de apropiarse del espacio, de vivirlo. Con el cuerpo se intervine y se construye el espacio de la ciudad, porque caminar por la calle implica una relación con el entorno y sus habitantes, implica encontrarse con otros transeúntes, implica tener una experiencia de la ciudad, una relación de afecto no sólo armónica sino también conflictiva.

Pero en las circunstancias mundiales actuales en las que un virus nos impide salir a la calle (y a cualquier espacio que implique el encuentro con los demás, tanto en el espacio público como privado), la proximidad pasa a un segundo plano, al plano de la prohibición: y “A medida que la ciudad pierde la intimidad táctil, el secreto y la seducción, también pierde la sensualidad, su carga erótica”.[vii] Las relaciones sociales, los nexos afectivos y la capacidad afectiva del cuerpo con el espacio corren el riesgo de esfumarse o llevarse a cabo por otros medios.

Puebla, 18 de mayo de 2020


[i] Texto previamente publicado en Platón o Plomo el 20 de mayo. Ver https://platonoplomo.wordpress.com/2020/05/20/yahair-gil-de-la-ciudad-del-tacto-a-la-ciudad-virtual-parte-i/

[ii] Ole J. Benedictow, La Peste Negra, 1346-1353. La historia completa, Madrid, Akal, 2011, p. 17.

[iii] Philip Ziegler, The Black Death, recuperado de https://books.google.com.mx/books?id=tbUTAAAAQBAJ&pg=PT16&lpg=PT16&dq=Philip+Ziegler+The+Black+Death+montpellier&source=bl&ots=QkyR8cwK1W&sig=ACfU3U3NEmPQ_8Yh5z2wCsYbBqbKcpxzuQ&hl=es-419&sa=X&ved=2ahUKEwijys2RlrzpAhVBUKwKHdOrBuAQ6AEwAnoECAoQAQ#v=onepage&q=Philip%20Ziegler%20The%20Black%20Death%20montpellier&f=false

[iv] Italo Calvino, Ciudades invisibles, Buenos Aires, Crisalida Crasis Ediciones, 2017, p. 26.

[v] Juhani Pallasmaa, Habitar, Gustavo Gili, Barcelona, 2016, pp. 50-51.

[vi]  Marc Augé, El elogio de la bicicleta, Barcelona, Gedisa, 2019, p. 41.

[vii] J. Pallasmaa, op. cit., pp. 48-49.

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