El peligro del tacto

Sarah Zanaz

La epidemia del COVID-19 caracteriza, de manera casi islamista, el fin de la proximidad corporal y carnal entre seres humanos. El virus, como la ley de la Sharia, prohíbe el beso, el abrazo, el contacto de la piel, requiere cubrirse la cara, motivó el cierre de bares y discotecas, confinando a la gente en sus casas. Declara el fin del contacto físico, del contacto franco y a veces invasivo, que tanto define al animal humano, al animal social y político que somos. Apretones de mano, tacto, abrazos, murmullos cercanos, besos: todos son ahora declarados de “peligro público”, vectores de la pandemia. Un peligro para la sociedad, para los demás y para mí.

Para sustituirlos, caemos en un culto de la cuarentena, exaltamos la virtud y el civismo: ser un buen ciudadano es quedarse en casa, es dejar de frecuentar la polis, el fórum. Hacemos el elogio de la soledad, de la “sana distancia”, del saludo de lejos, del teletrabajo. En el transcurso de algunas semanas, las pantallas ganaron una victoria histórica sobre nuestras pieles. La pantalla ha vuelto a ser la herramienta universal del trabajo, de la información, del amor, del encuentro… Las pantallas ganaron una batalla vieja de décadas.

Desde hace diez años, la pantalla es la herramienta ineludible para hacer política, atacar, responder o exponerse, conocer la gloria o divertirse, desnudarse o creer aislarse en la perversión. La pantalla nos derrotó. Nuestra piel: antes campo de amor y de deseos; portadora de nuestras victorias y libertades; de nuestras heridas; cicatrices e historias; está perdiendo su estatus. Hoy tocar es más tocar una tecla que un grano de piel. Amar es estar en las redes sociales, antes de someterse al azar del encuentro. Gobernar es tweetear. El cuerpo-a-cuerpo empieza por un seudónimo, ya no por los ojos, mucho menos por el antiguo arte epistolar.

Para el  reconocimiento afectivo, ya no valen los abrazos, los besos o los apretones de mano: solamente nos queda una sonrisa, casi imposibilitada, escondida detrás de un cubre-bocas. Las medidas sanitarias confunden todo: un ser querido es recibido con las mimas amabilidades distantes que un lejano colega de trabajo o un vago conocido. La proximidad, tan natural, tan fácil, está sufriendo del confinamiento y se criminaliza su uso. Nos recuerdan, por todas partes, que es por la piel y por el aire que se propagan los virus y la muerte. Sin que nos podamos dar cuenta la intimidad volvió a ser el preludio de la muerte. Todo lo que acompaña esta intimidad ―respiración compartida, caricias, orgasmos― se encuentra comprometido, catalogado entre los riesgos.

La piel (khrós para los griegos) entendida como el límite exterior del hombre, como lo que nos mantiene unidos hacia el interior, pero también como lo que nos vincula con los demás, es ahora, ante todo, lo que nos separa de los demás. Ahora, la piel es reducida al asesinato táctil. Nos acordamos que la proximidad, antes apreciada como un valor del sur frente a la frialdad del norte, ya no es virtud sino enfermedad. Antes, acceder a la piel del Otro representaba la culminación del amor, de la ternura, el clímax del deseo o de la relajación (masajes, caricias). Hoy, tocar la piel es morir o matar.

En 2020 la piel mata. Como el tabaco.

Puebla 29 de marzo de 2020.

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