Los temblores del alma (Les tremblements de l’âme).

Daniel Aragón

Il y a des situations où les institutions sautent – où on ne sait plus « où est le roi » – Vide total – (aucune force extérieure) Tremblement Réarmement de l’Allem <gne> Appel á soi.

Emmanuel Levinas[i]

Este breve texto nace a partir de las pláticas con el profesor Gérard Bensussan[ii] en la Rue des Vosges de Estrasburgo. Antes de viajar a Francia, donde estuve durante los pasados febrero y marzo, antes también de que nos llegara la pandemia. Estaba en la querella de saber en qué consistía verdaderamente la ética de Emmanuel Levinas, cómo se vivía “la cotidianidad” siguiendo sus preceptos. Era mi estancia de investigación doctoral. Con esto llegué a la puerta del profesor Bensussan. Lo primero que recuerdo de él fue su mirada aguileña y su vocación para la enseñanza.

De inmediato creamos empatía y entramos al tema con la pregunta ¿cuál es el sentido de la ética del pensador judío? Precisó que la ética de Levinas era una ética de la conmoción, prevista para hacer frente a las exaltaciones que sobrepasan la cotidianidad. Cuando de manera inesperada el terror se apodera de la vida, como ocurrió en los atentados terroristas de París. Momentos en los que el orden social se rompe, ya sea por algún alarido en la calle o por un fuerte estímulo que desestructura nuestro tranquilo estar en casa. El hogar del profesor es de estilo clásico y eso sirvió para que ejemplificara lo que decía Rousseau; que frente a los disturbios de la calle los filósofos solo cierran las ventanas.

Emmanuel Levinas

Como mexicano y originario de Oaxaca tengo registro en cuerpo y alma de los fuertes sismos de los últimos años. Cuando los sismos arriban sin previo aviso el movimiento humano se suspende. Los resultados del terrorismo y de los sismos son una catástrofe. Cuando la cotidianidad sucumbe, entre la agitación de la tierra y la del atentado, entonces, sufrimos “Los temblores del alma” (Les tremblements de l’âme) – Me dijo el profesor, aprovechando el fluido de la plática de aquel día.

A los pocos días, después de nuestro último encuentro, el 16 de marzo, nos sorprendió el ascenso de la pandemia y comenzó un confinamiento estricto bajo un discurso de guerra en el territorio francés. La realidad se rompió para todos, la normalidad de la cotidianidad dio un giro al estado de exaltación. Para entonces, estábamos en medio de un tiempo de conmoción.  

En esta catástrofe se vive un modo de exaltación constante. Donde uno queda desorbitado entre la nostalgia de la exterioridad y el espacio interno de nuestros pensamientos, como refugio seguro frente al miedo que supone la ahora vírica intemperie. Miedo a lo invisible. La percepción en estos días se satura de información, los sentidos se desorganizan frente a la pantalla, no hay gritos en la calle. Por el contrario, lo que hay es un silencio sombrío en las ciudades. En sus obras Levinas habló del “silencio de los espacios infinitos”, del espacio pleno de la existencia. Hoy, en medio del confinamiento, este silencio nos abruma y expone, muy en el fondo, nuestra separación, nuestra pandemia de soledad.

Es una ironía que en nuestro confinamiento busquemos desesperadamente una salida al mundo exterior más allá de la casa. Un retorno a la exterioridad tantas veces negada, una vuelta a los sitios que alguna vez fueron nuestra alienación cotidiana: caminar entre los tumultos anónimos, disfrutar el encuentro impersonal en los parques, el murmullo de la muchedumbre en los subterráneos. Pero no queda más que un retorno voluntario a sí mismo, un regreso a nuestras moradas olvidadas. Vivir en este, un estoicismo desventurado.

En estas moradas uno se reconoce como huésped extraño, rehén de sí mismo. Además, esta nueva forma de alienación, la de vivir con uno mismo, es potencializada por las políticas de sanidad y se vuelve un asunto forzosamente cotidiano. Una nueva forma de melancolía brota; el pesar de la pasividad.

El anonimato cambia de sentido, tratándose ahora de un anonimato que solo tiene por testigo al espejo, contrario al anonimato hallado en el rostro de los otros. Nos queda escuchar nuestra propia voz, reconocer el lugar donde habitamos, más allá de su aspecto material, en su forma espiritual. Nos queda estar atentos a nuevos florecimientos éticos y formas de habitar en medio de la exaltación, en medio de los ataques de ansiedad, en medio de los temblores del alma.

Oaxaca, 27 de mayo de 2020.


[i] Hay situaciones en las que las instituciones saltan, en las que ya no se sabe “dónde está el rey”. Vacío total (ninguna fuerza externa): Temblor. Cf. Levinas, E. Œuvres 2. Parole et silence et autres conférences inédites. Éditions Grasset et Fasquelle, IMEC Editeur. Angoulême, 2011, p. 256.

[ii] Gérard Bensussan es profesor emérito de filosofía de la Universidad de Estrasburgo, Francia.

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