Respira

Eduardo Ledesma

En los más recientes días del mundo me he dado cuenta de las insignificancias que llegaron a consumir mi vida. En mi caso, filósofo pequeñoburgués (quizá más orgánico que intelectual), me confronto con las cosas estimables que ahora me resultan lejanas. Aspectos de la vida que, aparentemente, estaban lejos del placer y el privilegio. Cuestiones tan “fáciles” sin las cuales la vida sería más difícil, y que a penas consideramos relevantes.

Últimamente he pensado mucho en qué es caminar. Pienso en la gente que, por diversas razones, jamás lo ha hecho. Frente a la casa en la cual crecí, todavía viven una madre y su hijo discapacitado. Además de una discapacidad motriz, mi vecino tiene una discapacidad intelectual. Ambas le fueron detectadas pocos días después de haber nacido. Mi vecino nació pocos días después de mí, éramos los bebés de la cuadra. Su padre, dentista, atendía a mi tía Marie. Antes de saber las condiciones de su hijo, manifestaba su alegría por haber tenido a su bebé. Meses después de que aquel chico nació nadie volvió a ver a aquel hombre, no supimos nada más de él, ni su familia ni sus vecinos.

No me atrevo a juzgar el dolor de alguien que pasa por tan amargo trago de la vida. Generalmente creemos que lo extraordinario jamás llegará a sucedernos y, sin embargo, nos pasa. Algo tan doloroso como la muerte propia o de nuestros seres queridos nos aguarda. Difícil no permitirnos la abstracción de su aparente lejanía, por la sublime magnitud de su experiencia que, inevitable e irremediablemente, ya está aquí y nos acompaña desde siempre. Su carácter ordinario y cotidiano es tal que lo ignoramos como a la vida que poseemos. Ambas, en realidad, son lo mismo de manera distinta. Encuentro de contrarios, siempre en milimétrico contacto con la materia lábil y vibrante que constituye nuestro cuerpo.

La angustia de aquel hombre debió ser semejante a la de mi padre cuando tomó una decisión semejante, a pesar de que su hijo tuvo la fortuna de haber nacido sano. Siempre he tenido buena salud y la plenitud de todas mis facultades. En esa época era un bebé rollizo y vivaracho que manifestaba la plenitud de su animalidad. Más que fisiología, según me cuentan, era rebosante fisis habitando el “Sí” que es la vida, como es el caso de todo pequeño ser humano.

Sin embargo, eso es lo que muchos tenemos la fortuna de ser. Qué difícil que los demás lo aprecien cuando nos es tan fácil olvidarnos de nosotros mismos.

 Ante los hechos recientes, me pregunto, ¿qué tan heridos debemos estar como para optar por la indolencia y la rigidez? Ser capaces de sólo pensar en ese deseo que gira alrededor de las apariencias.Una voluntad que nos confina en la torpe máscara de un modo de vida. Una manera de consumo de la vida condenada a su desgaste, muchas veces, sin sentido. He ahí las tiendas de Zara en París, abarrotadas por gente que se ha olvidado de sí misma. Gente tan herida que está confinada en su egoísmo, el verdadero virus, el auténtico peligro. ¿Qué tan desatendidos estamos que ya no oímos la voz de nuestra sensación? El aliento de un cuerpo sensible dotado de emotividad, capaz de decirnos “aquí estoy y hay más como yo a tu alrededor”. ¿Qué tanto hemos ignorado la atención a nuestro dolor como para ceder al egoísmo de la más básica petición de solidaridad?

De manera semejante, no apreciamos la vida que nos rodea, lugares y espacios en los que hemos conocido la alegría, sin ser capaces de darnos cuenta de ello. Hoy no puedo salir de casa y sólo camino para lo estrictamente necesario. Extraño correr, por ejemplo, todas esas cosas que habitualmente cualquiera puede o podría hacer y que, por ser tan cotidianas, hacemos a un lado. Varias veces cedí a la inercia de la pereza, evitaba levantarme temprano o, de plano, no salía a correr pudiendo hacerlo, ahora no puedo.

Sin embargo, he permitido reencontrarme con la sensación del aire atravesando el rostro o la del sol quemando la piel, aquellas manifestaciones de la vida que, aunque sea de manera parcial, todavía son accesibles en mi confinamiento. Un paisaje capaz de nutrirnos, el que produce nuestra sensación y por el cual vaga la imaginación. Un mundo nos habita y, muchas veces, no somos capaces de apreciar sus acontecimientos. Momentos de la intensidad de la vida que nos invitan a habitarlos. ¿No hay ahí un profundo significado? En ellas está el placer del desplazamiento, aunque ello sea en la imaginación, el pensamiento o, mejor aún, la sensación. El placer de elegir, como acto de liberación y no de mera libertad. La invitación a seguir una trayectoria, habitar el único espacio que siempre tendremos mientras haya vida, nuestra sensación. La proxemia de un cuerpo vibrante, la plenitud de su atomicidad que nos dice “todavía tienes tiempo en esta frágil existencia”. Tiempo para disfruta la vida manifiesta en el ser más cercano de todos, uno mismo amando lo que lo rodea, lo que vivimos, la posibilidad de otros cuerpos que ahora necesitan de nuestra lejanía, para seguir siendo parte del vínculo a través del cual habitamos al mundo para habitarnos, y que, a pesar de lo aparente de su ausencia, están vivos en todo aquello que podemos sentir, aunque sea algo tan “insignificante” como el tacto mismo de la propia mano, el tacto de su propia piel al cerrarse, para abrazar la vida que se quiere.

Además, ¿qué hay del tacto del cuerpo sutil del pensamiento o la palabra?, (“Te quiero”, “Te quiero mucho”, “Te amo”). Todavía hay tiempo porque todavía podemos lo que un cuerpo puede. No ha llegado la enfermedad o la muerte.

Yo puedo caminar y me siento privilegiado por ello. Mi sistema digestivo es generoso. Puedo respirar sin ningún problema. Puedo degustar los alimentos y duermo bastante bien. Es duro sentir la necesidad de un abrazo, un beso, una caricia y, sin embargo, me invento la manera, ¿por qué? porque todavía mi cuerpo puede. Todo aquello sigue siendo posible cualquier día de nuestra vida, ¿necesitamos más?

Todo cambiará, muy probablemente las cosas van a ser diferentes de ahora en adelante. Las cosas cambian, pasan, emergen, es la contingencia, es el devenir llamado vida. Sin embargo, todavía tenemos aliento y lágrimas, aquello que otros cuerpos han dejado de poder. Tenemos el sabor en la boca de su presencia, la combustión manifiesta en el calor atómico de nuestra piel, lo que todavía no nos quita la enfermedad y la muerte.

Ciudad de México, 26 de mayo de 2020.

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