Habitar en tiempos de Pandemia (VIII)

José Antonio Mateos Castro

En la situación de excepcionalidad en la que nos encontramos, confinados relativamente en nuestros espacios privados luchando contra nuestros propios demonios; establecemos relaciones distintas con nosotros y los nuestros (familia), laboramos a distancia y realizamos otras múltiples actividades. Dependemos de todos los medios digitales posibles para no desconectarnos del mundo porque hoy todo lo on-line es lo avant gard. En ese drama que habitamos, a pesar de ciertas voces triunfalistas, la epidemia todavía se alargará en el mundo, tendremos que aprehender a convivir con ella, a vivir en un estado de emergencia permanente. A pesar de ello, en algunos lugares se ha roto la cuarentena en un momento crítico, por cuanto a contagios y fallecimientos.

La homogeneización del espacio y el tiempo (tiempo real) nos está enseñando a habitar la crisis, nuestros cuerpos y los espacios públicos y privados de forma distinta; transformando la manera en que trabajamos, pensamos, educamos, actuamos, amamos y vivimos, por decir lo menos y ser optimistas. Nuestras vidas están atravesadas por un entramado de cable coaxial, imágenes y signos que modifican nuestra comprensión del mundo y de nuestro entorno. Es un cambio de escala, intensidad, velocidad y realidad que nos somete a requisitos abstractos: a modernizarnos, conectarnos, liberalizarnos; cambiar hábitos y prácticas en este mundo de gratificaciones y fantasmagorías que, al mismo tiempo que nos seducen, visibilizan las contradicciones sociales, políticas y económicas de nuestra realidades concretas (injusticia y desigualdad educativa). Nos dice Guy Debord en La sociedad del espectáculo[i], “Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación.” Y en ese contexto, el capitalismo siempre sale ganando en las crisis; la compra de materiales de sanidad para combatir el COVID-19, las plataformas de comunicación privadas (Zoom, facebook, WhatsApp y Google Classroom), la circulación de información, etc. Todo es especulación, como el Rey Midas, lo que toca el capital lo transforma en ganancia. 

La educación no es la excepción, por vez primera y de manera prolongada se han implementando prácticas pedagógicas emergentes llevadas a cabo desde el hogar; conectados y sentados frente a un ordenador interactuamos a través de la pantalla, chats y mails, situación que supone un acceso igualitario a las tecnologías de la información y la formación de los profesores para la enseñanza en las plataformas digitales. La cuestión es si nuestras instituciones educativas del ámbito público cuentan con toda la infraestructura y con la formación de sus agentes. Nos peguntamos, ¿qué políticas públicas vendrán o tendremos que implementar después de esta experiencia de confinamiento social? ¿Qué hemos perdido y o hemos ganado? Por el momento con el aislamiento social -nos dice Ángel Díaz Barriga[ii]– hemos perdido la escuela y el aula y, por supuesto, el intercambio y la convivencia rostro a rostro con el otro para enriquecer nuestro mundo de la vida.

Sin embargo, tenemos la oportunidad de aprovechar la enseñanza del virus; considerar que las plataformas digitales son medios en un momento de emergencia siempre y cuando se tengan las condiciones materiales y lo que se pretende con ellas, porque como profesores no sólo somos signos, abstracciones, conocimientos también somos un cuerpo, un rostro y emociones que no pueden ser sustituidos por una pedagogía on-line, que más de las veces es una educación anónima, monoétnica, autoritaria y privada. Tendremos que generar las condiciones materiales, la formación docente y crear plataformas públicas digitales en nuestro sistema educativo para una educación y una soberanía pedagógica y que el mercado no se apropie de este espacio. De esta forma, “el futuro puede comenzar” (Boaventura de Sousa) con una participación activa que permita plantear el tipo de escuela queremos tener y el país que queremos construir, en un momento en donde el ritmo de las maquiladores (producción y progreso) se impone en el ámbito educativo.

Esperemos que el regreso a la normalidad no sea hacer lo mismo de siempre; ir al supermercado, tener los mismos hábitos alimenticios, consumir y consumir y, hacer lo mismo que haciamos como profesores y estudiantes antes de que la pandemia nos alcanzara. Sin duda, tendrá que ser una normalidad creativa, no sólo obedecer al confinamiento social sino a posibilitar acciones colectivas que rompan con una estructura sedimentada de nuestro sistema educativo desde hace mucho tiempo, a saber; jerárquico, centralizado y articulado con las finalidades del mercado neoliberal. De esa manera, tendremos que pensar a la educación y a la escuela y los saberes que cultivamos engarzados con nuestra realidad, en nuestro presente suspendido lleno de contradicciones.

Ciudad de Tlaxcala, México, 20 de mayo de 2020.


[i] La sociedad del espectáculo. Bs. As, la marca editora, 2013.

[ii] Cfr. Díaz-Barriga Ángel “La escuela ausente, la necesidad de replantear su significado”, en AA. VV., Educación y pandemia. Una visión académica, México, iisue-UNAM, 2020.

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