Resistencias de la periferia

Agata Bąk

There is a crack, a crack in everything
That´s how the light gets in
(Leonard Cohen, The Anthem)

Desde el estallido de la pandemia observo cómo mis canales de comunicación, más o menos virtuales, se llenan de testimonios que pudiera agrupar en dos grandes líneas. Por un lado, los que viven en carne propia el dramático cambio de estilo de vida, que con la consecuente disminución de las libertades, expresan su temor y reflexionan acerca de cómo ha cambiado su vida. Por el otro, una creciente exposición de la vulnerabilidad resumida de forma precisa en las palabras de Isaura Leonardo: “la campaña «Quédate en casa» es un llamado genérico, a quienes tienen casa y que, por supuesto, personas en otras adversidades (migrantes, desplazadas, gente en situación de calle) deben acudir a los programas sociales…”[i] Parecen dos visiones totalmente distintas de un mismo evento. El de la pérdida de normalidad, y el doloroso recuerdo de una situación anormal permanente.

Así, en una escena, aparece una madre desesperada por el hijo con ataques de pánico por no poder salir de casa. En otra, un feroz (¡feroz!) comentario de una paciente, con una dolencia poco frecuente, que hace unos años fue intervenida de urgencia: “Ahora ya sabéis cómo me sentía cuando no podía ni salir de la habitación con mi sistema inmunológico destrozado y me aconsejabais aguantar por mi propio bien”. En otro escenario, alguien que se quedó atrapado en el extranjero; un mundo ajeno, saboreando de repente el desgarro de la lejanía, la ausencia de sus seres queridos. En otro, el sentimiento del migrante de toda o media vida que siente constantemente la lejanía en su intimidad. Este escribe en sus redes mensajes de apoyo, revindicando dulcemente esta forma de contacto, el virtual, que para otros es una forma de comunicación inauténtica, mermada, fallida. Por un lado, los que repentinamente temen no ser atendidos ante la avalancha de horror que colapsa el sistema sanitario. Por el otro, pacientes con enfermedades raras, para los que a menudo no hay ni diagnóstico[ii] y viven en un perpetuo “esto es lo que toca, lo siento. No hay nada que pueda hacer por ti”.

Debe quedar claro que no soy la que va a ponderar la dignidad, propiedad o adecuación de estos reclamos. No seré la que mida el dolor y lo califique en un triaje. De lo que sí quiero llamar la atención, es sobre la dualidad de las experiencias que afloran delante de mí en esta crisis sin precedentes.

Una crisis no es un momento de derrumbamiento y muerte, aunque pueda desgraciadamente, desembocar en ello. Una crisis es, en primer lugar, un momento agónico de existencia, el momento de prueba, el del criterio, en la que se tambalean los cimientos. Sin embargo, una sacudida tiene algo de positivo, pues es cuando se pone a prueba el sostén de la casa, de nuestro habitad. Se pueden interrogar y cuestionar sus cimientos. Y creo que eso es lo que estoy viviendo. El momento de sacudida.

En los ejemplos que he puesto anteriormente se ha manifestado una dualidad. Una dualidad que es, sin duda, una diferencia entre privilegios en un mundo que nos ha enseñado a tratar a todos genéricamente y que se articula en ejes claros: poder salir/no poder salir; tener que salir/no tener que salir; tener casa/no tener casa; tener gente/no tener gente; tener esperanza de ser curado/no tener esperanza de ser curado. Pero más allá del duelo de los privilegios, se dibuja también una tensión propia de la experiencia humana. Allí es donde voy.

Tenemos que pensar que a menudo nuestros conceptos acerca de la normalidad están sesgados, y en situaciones críticas tenemos la oportunidad de deconstruirlos.[iii] A modo introductorio tan solo cabe una observación: la de abstenernos de juzgar como inauténtico, viciado, vacío, atípico, anecdótico o anómalo (elija de la lista)un determinado tipo de experiencia. El que tiene la suerte de tener a sus seres queridos cerca, vivirá con horror la tensión de tenerlos conectados, y solo conectados, la mayor parte del tiempo. Pero se sentirá así porque desconoce las resistencias íntimas de los que cohabitan a distancia, de los que se acuestan sin el cuerpo del amado, pero de alguna forma, verdaderamente con él. De las madres que acunan por WhatsApp a sus hijos, a miles de kilómetros de distancia. Juzgará esta situación como anormal; como pervertida respecto del sentido auténtico de la comunicación. Pensando así, no verá justo que la comunicación es un fenómeno que exhibe un fuerte componente virtual, tanto en la persona con la que hablamos, como en el propio cuerpo vivido. Lo real y lo virtual serían dos caras de Jano de la expresión misma. Y sin embargo, allí está lo virtual que se resiste a su inclusión en la reflexión cotidiana sobre la comunicación.

Así que, antes de decretar la inautenticidad de ciertos fenómenos, con Sáez Rueda prefiero renunciar al lenguaje de los conceptos bien destripados entre normalidades y anormalidades claras. Por el contrario, quiero reflexionar sobre estos. El método sería este: en un doble movimiento tenemos que ver a la vez la diferencia –respecto de la experiencia cotidiana, predominante, conocida y consagrada– y la positividad de lo anómalo, en su densidad ontológica, sin reducirlo ni despreciarlo. Tenemos que asumir el acierto, quijotesco y loco, tal vez inherente a estas experiencias:

El caballero de la Mancha, que tiene en su haber más desastres y vapuleos que aciertos y que es consciente de ello, echa en falta en la recriminación de su escudero, la visión iluminadora capaz de captar el serandante mismo como valor sin condiciones.[iv]

Estar fuera de la experiencia normal es una andadura que encarna una diferencia, que a veces casi roza la locura, pero también es un valor, un acierto:

Hay una lúgubre locura en la errancia que comprende Heidegger. Pero hay errancia clarividente en la lúcida locura del hidalgo manchego. Su errar no es un error; es el acierto; su destino en la inhospitalidad es la hospitalidad del azar y del estar en ninguna parte.[v]

Seamos quijotescos a la hora de analizar los conceptos y valores que la pandemia pone en cuestión. Mi estrategia de pensarla será entonces la siguiente. Partiré de las grietas y fisuras que contemplamos en la sociedad pandémica para indagar en los sentidos opuestos que afloran desde allí: lo público y lo privado, lo sano y lo enfermo, lo real y lo virtual, etcétera. Es una fisura de carácter político, ciertamente, y no me olvidaré de ello, pero también es una fisura en la ontología oronda. Dejemos que hable la periferia personal, política, observemos las narrativas discordes. Pues en la reflexión desde lo periférico podremos, tal vez, encontrar resquicios sorprendentes de la resistencia, conceptos que no se dejan anular sin más, conceptos y personas que resisten. Permitamos que nos pongan en cuestión a nosotros mismos haciendo que entremos en una crisis sana: la de la crítica permanente de los propios presupuestos; el gesto inaugural de la filosofía.

Salud.

Madrid, 21 de mayo de 2020.


[i] Isaura Leonardo “La marcha de los desechables”. En https://discapacidades.nexos.com.mx/?p=1476

[ii] Según los datos de FEDER, el tiempo medio de diagnóstico de una enfermedad rara (con prevalencia inferior a 1:2000 en la población determinada) es de 5 años. Si tenemos en cuenta que muchas de estas enfermedades poco frecuentes se criban ya en el nacimiento, sabremos que hay una población numerosa (20%) entre estos pacientes, donde el tiempo de diagnóstico es superior a 10 años. En este tiempo, más de 40% no recibe ningún tratamiento. Algunos no reciben diagnóstico jamás. En el grupo de enfermedades raras tenemos un hueco para enfermedades sin diagnóstico, pero desconocemos su número. Fuente: https://enfermedades-raras.org/index.php/enfermedades-raras/enfermedades-raras-en-cifras

[iii] Si bien suena a Derrida, la des-construcción [Abbau] es un concepto husserliano, fenomenológico.

[iv] Sáez Rueda, L., Ser Errático, Madrid, Trotta, 2009, p. 86.

[v] Idem.

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